Voy a empezar por algo que va a sonar mal y lo voy a decir igual: haciendo eco a lo que dijo alguna vez Snoop Dogg, quiero agradecerme a mí mismo. En serio. He creído en mí mismo muchas veces y esta no fue la excepción. Me atreví a escribirle a gente totalmente desconocida, en puestos de poder; a profesores de universidades, a emprendedores y emprendedoras, en otros idiomas, a gente famosa, para conversar desde mi pura curiosidad. Yo, sin nada que ofrecer; ellos y ellas, con mucho tiempo que perder. Y aceptaron. (Todavía no sé bien por qué aceptaron, y capaz que mejor no averiguarlo.)
De ahí se desprende el segundo agradecimiento, que es el que de verdad importa: a todos y todas los entrevistados. Por haberse dado el tiempo de, genuinamente, conversar. De abrirse al mundo de posibilidades que ese simple acto facilita. No me dieron una entrevista; me dieron un rato de su vida que no me debían.
Este proyecto me tuvo “ocupado” un par de años y fue muy entretenido. Me permitió cumplir el sueño medio infantil de estar más cerca de la radio y tener un programa de entrevistas. Podrán juzgar que lo hice mal, bien, o más o menos. Filo. El contenido está ahí.
Desde que soy papá tengo esta sensación de que el tiempo avanza más rápido de lo que quisiera, y que tarde o temprano ya no voy a estar acá. No lo digo con drama; lo digo como un dato que se me instaló en la guata y no se fue más. Hoy, con la IA, con internet, con todos los medios que existen, siento que puedo dejarle algo a mi hija para cuando ya no esté. Algo que le permita conocer cómo pienso, cómo escribo y cómo siento. Para que, si alguna vez lo necesita, no tenga que solo recordarme, sino que pueda leer la versión honesta, híbrida y humana de su papá.
Y acá viene la parte incómoda, la que me da un poco de pudor pero que sería deshonesto saltarme. Es inexorable el paso del tiempo y la hibridación con la tecnología. Sé que la singularidad tecnológica para algunos es ciencia ficción. No obstante, para mí, hoy, es una realidad. Todo este escrito, salvo estas palabras de agradecimiento, fue escrito por un comando de Claude Code (Opus 4.7) entrenado en mi estilo y habiendo analizado todas y cada una de las transcripciones de las entrevistas. Esto, hace un tiempo, me hubiese tomado un año de trabajo. Hoy, solo 24 horas. Veinticuatro horas de reloj, pero con dos años de conversaciones detrás. La máquina comprimió el tiempo. El material es mío.
Lo que nos vuelve humanos no es lo que decimos, ni cómo lo decimos. Tampoco lo que escribimos. Es aquello que vas a sentir cuando leas estas últimas palabras y lo contrastes con lo que no pudiste sentir en las páginas anteriores. Ahí está el valor de lo humano. En lo inexplicable, en las preguntas y no en las respuestas; más bien, en la mágica “coincidencia”. Lo humano radica en no saber.
Lo que nadie te dice cuando empiezas un podcast es que, en algún momento, vas a tener que hacerte cargo de lo que aprendiste. Y bueno, estas dos páginas son ese aprendizaje. (O al menos el primer paso para empezar a entenderlo, que capaz es lo único que uno puede pedirle a un libro.)