La ciencia, arte y tecnología detrás de un podcast
Cap. 04 · 11 min de lectura

La clase inútil ya tiene rostro

Hanna Back tiró el número con una calma que yo no tuve. En 2017 un estudio de Oxford había estimado la automatización en torno al 68%; ella, con la tecnología de hoy, lo sube al 75%. No el 30%, que ya sería para asustarse. No el 50%, que ya te obliga a repensar el modelo entero. El 75%. Tres de cada cuatro pegas que existen hoy las podría hacer un sistema que ya existe o que está casi listo. Y lo dijo con esa serenidad de quien lleva años conviviendo con la cifra y ya no se inmuta. Yo me inmuté. La verdad es que lo sigo procesando mientras escribo esto.

Yuval Harari acuñó lo de la “clase inútil” hace ya varios años, para nombrar lo que podría pasar cuando la automatización deje a franjas enteras de la población sin función económica que importe. Lo criticaron, con razón, por lo deshumanizante del término. Nadie es inútil. La utilidad económica no es la dignidad humana. Todo eso es cierto y hay que decirlo. Pero la palabra, incómoda como es, apunta a algo real que dejó de ser proyección para ser presente que se puede ver. La clase inútil ya no es un experimento mental. Tiene rostro. Tiene demografía. Tiene geografía. La propia Hanna, que de generalista pasó a dedicarse de lleno al futuro del trabajo, no tuvo problema en decirlo: los que hablan de una useless class tienen razón.

Con Hernán Sandoval nos metimos en el retail. Zippedi, un robot que nació en la Universidad Católica y que de noche pasea por los supermercados escaneando góndolas con inteligencia artificial —cruza lo que ve contra lo que debería haber y reparte las tareas del día siguiente—; etiquetas electrónicas que actualizan precios en tiempo real sin que nadie mueva un dedo; algoritmos que manejan el inventario con una precisión que ningún equipo de personas iguala en costo. Hernán lo contó con cierto orgullo medio incrédulo: ese robot chileno ya opera en varios países y hasta cerró un acuerdo para entrar a Japón. Nosotros, exportando robots a Japón. Y en algún momento, casi de pasada, soltó el dato que me descolocó: en Unimarc se dieron cuenta de que los clientes que pasaban por sus tiendas eran prácticamente el 80% de la población de Chile. No el 80% de sus clientes. Del país. Un censo de comportamiento de compra, desde Arica hasta Punta Arenas, en manos de un actor privado. Es una de esas cosas que dichas en voz alta suenan a exageración y sin embargo son, simplemente, así.

Lo que eso significa para el que trabaja en el retail no es abstracto, es concreto: las cajas las reemplaza la auto-atención, los reponedores de precio los reemplaza una pantalla, los analistas de inventario los reemplaza un sistema que hace en milisegundos lo que antes tardaba semanas. Esas pegas no son una metáfora. Son la plata con que come gente específica, mucha de ella sin el cartón formal para saltar a otro sector. Hernán, que viene del lado de adentro, no lo negó: la automatización va a desplazar gente, dijo, y el desafío es reconvertir esas funciones antes de que el desplazamiento ocurra. El detalle que me incomoda es este: el debate sobre automatización casi siempre es un debate entre gente que no va a ser automatizada hablando sobre gente que sí. Esa asimetría me parece éticamente cargada y políticamente explosiva. Yo, evidentemente, escribo desde el lado cómodo de esa asimetría. No obstante, reculo, porque mañana el lado cómodo se corre un casillero y nadie te avisa.

Mauricio Chiong llegó por otro pasillo, el de una startup de IA generativa para publicidad que está armando mientras estudia en Yale, pero lo que me quedó fue su diagnóstico sobre la movilidad social en Chile. Él se auto-analizó en voz alta: salió de un colegio público de excelencia al que entró por selección, le fue bien por mérito, entró a una buena universidad por mérito, y de ahí para arriba. Lo que vio de niño, dijo, era que había un camino. Pasos claros: A, B y C, y lo lograbas. Hoy ese camino no está. La escalera que dejó subir a generaciones anteriores entre clases —vía educación y esfuerzo— está, según él, rota. No inclinada, no más lenta: rota. Y la plata vieja gana. “La plata en Chile es una plata muy antigua, es plata industrial”, me dijo; los millonarios siguen siendo los de siempre, hay muy pocos nuevos. En ese escenario, ¿qué le decís a un cabro de clase media o media baja cuya única palanca histórica, estudiar y esforzarse, ya no le garantiza el ascenso? Chiong fue brutal: o se mete a delinquir, o se mete a la política, porque casi no quedan caminos claros en el medio. (Pregunta que dejo botada a propósito, porque no tengo la respuesta y desconfío de cualquiera que la diga muy rápido.)

Chile envejece. Para 2030, según los mismos números que manejaba Hanna, cerca del 50% de la población tendrá más de 55 años. Eso se cruza con todo lo anterior de una forma que casi nunca aparece en el mismo análisis. Un país que envejece tiene una fuerza laboral que envejece. Y la fuerza laboral que más cuesta re-entrenar, la que más le pena adaptarse a un cambio tecnológico veloz, suele ser la más grande. No porque los mayores sean incapaces. Sino porque llevan más años operando bajo los supuestos de un modelo que se está moviendo bajo sus pies, y cambiar un supuesto que tienes internalizado hasta los huesos es harto más difícil que aprender una herramienta nueva. Lo digo yo, que a los cuarenta y algo ya me cuesta el doble que a los veinte aprender lo que sea.

Y está Chiloé. O más bien, está la propia Hanna, que dejó la ciudad y se fue a vivir a Quemchi, una de las comunas más pobres de la región de Los Lagos, y que desde ahí me describió la brecha digital no como abstracción de política pública sino como algo que tiene al lado de su casa. Mujeres de su misma edad que no manejan un teléfono con fluidez. Que viven donde la conectividad es intermitente. Que están quedando completamente afuera de la economía digital no porque no quieran entrar, sino porque esa economía está diseñada asumiendo condiciones que ellas no tienen. Hanna no se quedó en el diagnóstico: trabaja con una escuela de artesanas de la que es parte —teje, hila, sabe esquilar— y se puso, en silencio, a subir los productos de sus compañeras a internet. Vendieron unas setecientas lucas. Recién entonces, con la evidencia sobre la mesa, le pidieron que les enseñara, y en dos clases de hora y media mujeres de cuarenta y cinco, cincuenta años terminaron manejando Instagram. A eso le llama cooperación, y distingue: no es solidaridad, no es empatía, no es asistencialismo. Es enseñar sin ser condescendiente, valorando lo que la otra persona ya sabe. Eso me parece admirable y necesario, y al mismo tiempo insuficiente si no viene acompañado de una pregunta más de fondo sobre por qué la brecha existe en primer lugar.

Mirko Macari, que dejó los medios y se fue a Pichilemu, le puso a todo esto una palabra que se me quedó pegada: cortisol. El estrés crónico, el estado de sobrevivencia como condición basal de la vida contemporánea, sobre todo para quien vive en la precariedad. Lo llamó “el mal de nuestro tiempo”: la hormona que inflama, que está en la base de casi todos los malestares con que la gente llega a la farmacia. Y de ahí saltó a una etimología que también se me quedó: el trabajo como tripalium, un caballete de tortura romano, dos palos cruzados en X donde se ataba al condenado. El trabajo que mutila. La idea de que la palabra lleva inscrita, desde su origen, la violencia de la obligación, del no tener alternativa, del hacer porque si no hacís no comís. Hasta el calendario, decía Mirko, viene de calenda, que en latín tenía que ver con los impuestos: organizamos el tiempo, de nueve a cinco, de lunes a domingo, para pagarle a otro. La automatización, en ese contexto, podría ser liberación si viniera con redistribución. No viene. Al menos no todavía. Y sin redistribución, la automatización es nomás una manera más eficiente de dejar a la gente sin plata.

Acá aparece el dato más paradojal que me topé investigando para este libro. El 62% de las empresas chilenas reporta escasez de talento. Tecnología y TI encabezan ese déficit con un 83%. Y al mismo tiempo, hay trabajadores que no encuentran pega. Gente con capacitación, con experiencia, que queda afuera no porque no haya empleos sino porque los empleos disponibles piden competencias que ellos no tienen y que nadie está pagando para que desarrollen. El mismatch es estructural. No es problema de oferta ni de demanda por separado. Es la distancia entre las dos, una distancia que el mercado por sí solo no cierra porque no tiene ningún incentivo para hacerlo.

Argentina —dato curioso y doloroso a la vez— está expulsando científicos hacia Chile. La crisis de financiamiento a la ciencia allá está empujando a investigadores formados con plata del Estado argentino a buscar trabajo afuera, algunos en Chile. La fuga de cerebros tiene dirección, y esa dirección dice algo sobre qué sistema de incentivos arma cada país para su gente. Chile recibe. Argentina pierde. Pero Chile recibe en un contexto en que su propio sistema de formación científica es insuficiente. Recibe lo que no formó. Es decir, nos beneficiamos de un drama ajeno mientras no resolvemos el propio, y eso tampoco lo digo con superioridad: lo digo medio incómodo, porque me incluye.

El ingreso básico universal aparece en casi todas las conversaciones sobre automatización como el elefante en la pieza. Hanna lo daba casi por inevitable: si la automatización deja un excedente de gente que la economía no puede ocupar en nada, en algún momento el Estado va a tener que solventar el costo de vida de esa gente. Chiong lo miraba desde el otro lado, más distópico: ve un país de bonos, de cuatrocientas lucas mensuales que mantienen a una masa cómoda pero desenganchada, y ve al 10% que se saca la mugre preguntándose por qué paga impuestos por los demás hasta que decide irse. Nadie lo propone con convicción plena. Nadie lo descarta del todo. Lo que parece cada vez más inevitable es que la pregunta no se va a poder esquivar mucho más. Si la automatización borra empleos en masa y el sistema de protección social sigue amarrado al empleo formal como condición de acceso, la ecuación no cuadra. En algún punto, algo tiene que ceder.

Y entonces llego a la pregunta que no puedo esquivar. La que Harari dejó incrustada en esa palabra incómoda y que no he podido sacarme de encima desde que Hanna Back la citó con esa calma que yo no tuve.

¿Quién decide quién es útil?

Porque esa decisión no es técnica. No la toma el algoritmo. La toman personas con intereses, con posiciones en la estructura social, con definiciones particulares de lo que vale y lo que no. En el pasado, esa decisión se legitimó vía mercado: útil es lo que alguien paga por recibir. Pero si el mercado se reconfigura por la automatización de un modo que excluye a las mayorías, entonces la legitimidad de ese criterio se vuelve una pregunta política. Una pregunta sobre qué tipo de sociedad queremos ser. Y esa pregunta no la responde ninguna empresa de tecnología, aunque algunas actúen como si pudieran.

Las mujeres de Chiloé no son inútiles. Los repositores de precio desplazados por etiquetas electrónicas no son inútiles. Los trabajadores mayores que no alcanzan a re-entrenarse en el plazo que el mercado les exige no son inútiles. Tienen capacidades, experiencias, formas de conocimiento que no aparecen en ningún benchmark de productividad pero que son reales y que importan. Hanna lo decía a su manera, contando cómo en sus talleres lo primero que hace es valorizar lo que el otro sabe: esa señora que sobrevive con su familia con doscientas lucas al mes no merece lástima, merece que reconozcas que sabe gestionar recursos como casi nadie.

El problema no es que sean inútiles. El problema es que vivimos en un sistema que cada vez tiene menos paciencia para lo que no se puede medir en los términos que ese sistema entiende.

Eso, más que la automatización en sí, me parece el verdadero problema. Lo único que tengo es esto: que el día que el sistema deje de tener paciencia conmigo —porque algún día la deja con todos— voy a querer que alguien haya hecho antes la pregunta de quién decide.