Nadie te avisa que un podcast sobre arte, ciencia y tecnología te va a dejar tareas pendientes contigo mismo. El contenido es lo fácil; lo descargas, lo editas, lo subes. Lo que cuesta es haber estado ahí, presente, en veintidós conversaciones con gente que piensa de un modo que te descoloca un poco, y salir de cada una siendo casi el mismo —casi— pero con un par de certezas menos. Eso tiene un costo. Tiene también un valor que todavía ando calibrando, y que escribo este epílogo justamente para ver si lo puedo nombrar (spoiler: no del todo).
Partí pensando, con una ingenuidad que ahora me da algo de ternura, que al final iba a tener respuestas. Que hablaría con un físico, con una neurocientífica, con un investigador cuántico, con una ingeniera espacial, con una artista textil, con un filósofo, y que de todo eso emergería alguna síntesis. Un mapa que ofrecer. Un gran cuadro coherente donde la ciencia, el arte y la tecnología convergían hacia algo que yo pudiera decir en voz alta sin que me temblara la voz.
No pasó nada de eso. Pasó lo contrario.
Cada conversación agregó complejidad en vez de sacarla. Cada respuesta me dejaba con dos preguntas nuevas, como esas hidras de los cuentos. Y al final no me encontré con un mapa sino con un inventario de territorios que ni siquiera pisé, cada uno con su propio idioma, su propia manera de hacerse preguntas, su propia tolerancia a no saber. No es que no aprendí. Aprendí harto. Lo que aprendí es que la zona de no-saber es muchísimo más grande de lo que creía, y que eso no es una derrota —aunque a veces lo siento como derrota, seamos honestos— sino algo más parecido a una orientación. A saber por lo menos hacia dónde queda el norte aunque no sepas caminar.
Después de hablar con el físico, sé que el hierro de mi sangre vino de una explosión estelar, y eso me cambió la manera de pararme frente a la palabra “humano”. Después de hablar con la neurocientífica, sé que no entiendo qué es la consciencia y que probablemente nadie la entiende del todo todavía. Después del investigador de complejidad, sé que el crecimiento no siempre es desarrollo y que el PIB mide un montón de cosas equivocadas con una seguridad que asusta. Después de la ingeniera espacial, sé que el espacio no es la solución a los problemas que no queremos resolver acá abajo. Y después de la artista textil, sé que hay formas de conocimiento que no pasan por la palabra, y que yo —que vivo en el lenguaje verbal como pez en el agua, que me gano la vida hablando, que estoy escribiendo esto en vez de tejerlo— tengo un ángulo muerto del porte de un buque.
Ninguna de esas cosas la sé del todo. Pero las tengo en algún lado, moviéndose, como cosas que dejaste en remojo.
Lo que queda abierto, y que no voy a fingir que resolví, es esto.
La tensión entre lo humano y lo artificial no se resuelve definiendo qué es lo humano. Se complica. María José Martabit dijo que la inteligencia artificial es un espejo de la sociedad, y es cierto y a la vez incómodo, porque los espejos muestran lo que hay, no lo que uno querría que hubiera. Si el espejo refleja sesgos, inequidad, frivolidad —y también belleza, y rigor—, el problema no es el espejo. El problema es qué hacemos con lo que vemos. (Y acá me incluyo, porque yo también uso estas máquinas todos los días y después escribo párrafos preocupándome por ellas, como quien fuma criticando el tabaco.)
La tensión entre Chile y su potencial tampoco se arregla con optimismo declarativo, esa wea del “Chile cambió” que repetimos como mantra vacío. Martabit preguntó, con esa mezcla de rabia y esperanza que me parece el estado emocional más productivo disponible, por qué no podemos tener una NASA acá. No tengo respuesta. Tengo una hipótesis sobre la relación entre la autoestima colectiva y la capacidad de imaginar futuros ambiciosos —algo de que nos cuesta soñar grande porque primero tendríamos que creer que merecemos soñarlo— pero es solo una hipótesis y tiene más hoyos que queso suizo.
La tensión entre ciencia y espiritualidad es la que más me cuesta admitir que existe, porque durante mucho tiempo creí que era una tensión innecesaria, que las dos no se contradecían si uno era lo suficientemente sofisticado. Y tal vez no se contradicen en abstracto. Pero en la práctica, en el nivel de cómo cada tradición aborda la pregunta de qué somos y qué importa, hay fricciones que no se resuelven diciendo “ah, son complementarias” y siguiendo de largo. Salfate y Hidalgo son igualmente inteligentes y honestos, y llegan a lugares radicalmente distintos. Eso no se resume bien, y cada vez que intento resumirlo siento que le estoy mintiendo a uno de los dos.
La tensión entre la curiosidad y las credenciales es personal y profesional al mismo tiempo. No soy científico. No tengo doctorado en nada. Lo que tengo es una curiosidad que no se me apaga y una disposición a no fingir que entiendo lo que no entiendo. A veces eso alcanza para hacer preguntas que importan. A veces no alcanza para entender las respuestas en toda su hondura, y me quedo asintiendo con cara de que cacho mientras por dentro no cacho nada. Vivo en esa tensión sin resolverla. A veces me carga. A veces me parece exactamente el lugar correcto desde donde hacer este trabajo. Probablemente las dos, según el día.
La tensión entre el ego y el servicio es la que menos quiero mirar en público y la que más me ha seguido todo el proceso. ¿Hago esto porque me importa de verdad? ¿O porque me gusta la versión de mí mismo que aparece en estas conversaciones, el tipo curioso y atento que pregunta bien? ¿Cuánto es curiosidad y cuánto es performance de la curiosidad? No lo sé. Probablemente ambas, en proporciones que cambian según cómo amanecí. (Y fíjate que justo en este capítulo, el único sin invitados al frente, el único que es enteramente mío, es donde más se me nota el ego paseándose por el estudio vacío. No es casualidad.)
Lo que sí sé es que las conversaciones fueron reales. Que la gente que se sentó frente al micrófono trajo algo verdadero. Que hubo momentos —no todos, pero varios— en que algo se movió en la sala que no estaba ahí antes de que empezáramos a hablar. Eso no es poco. A mi juicio, es bastante.
Salfate citó a Galeano en el episodio dieciséis, y lo cito porque desde ese día no he encontrado mejor forma de decir lo que quiero decir. Galeano escribía sobre el origen, sobre cómo la vida sin nombre estaba sola, y el deseo la partió al medio y fue dos. Hay algo en esa imagen que contiene más ontología de la que aparenta. La soledad y el deseo como fuerzas que constituyen. El dos como consecuencia del uno que no aguanta seguir solo.
Tal vez eso es una conversación. No un intercambio de información entre dos entidades separadas, sino el deseo de entender partiéndose al medio y siendo por un rato dos personas pensando juntas algo que ninguna de las dos habría pensado sola. No sé si esa imagen la entendí yo o me la robé de Galeano sin darme cuenta. Da lo mismo. Tal vez por eso valió la pena.
No concluyo nada. No propongo un gran marco. No ofrezco síntesis. Lo que ofrezco es el mapa de lo que no sé, que es más grande que cuando empecé.
Las preguntas que me quedan son mejores que las preguntas con las que llegué. Y si eso es todo lo que produce un libro —un tipo con la guata apretada y mejores preguntas que antes—, me parece suficiente.
(Lo que no le dije a nadie, porque me dio pudor, es que todavía no sé si hice este podcast para entender el mundo o para tener una excusa de seguir conversando con gente que admiro. Capaz que nunca lo sepa. Pero sospecho que esa misma duda —no resolverla, dejarla ahí respirando— es lo más cerca que voy a estar de la respuesta. Que probablemente es el primer paso para encontrarla.)