La ciencia, arte y tecnología detrás de un podcast
Cap. 08 · 12 min de lectura

Donde Buda se encuentra con el fMRI

No tenía planeado que el podcast fuera a parar acá. Honestamente, no. Cuando grabé los primeros episodios creía que estaba haciendo un podcast sobre tecnología, negocios, innovación. Cosas concretas. Medibles. Con KPIs, con gráficos, con esa estética de slide que tranquiliza al ego. Y de repente, episodio tras episodio, empezaron a colarse la meditación, la respiración consciente, el Default Mode Network, los Vedas, el cortisol, el gurú que vino a Lima. Me quedé mirando las transcripciones un domingo en la noche y pensé: o esto es una tendencia real, o yo tengo un sesgo de selección hacia gente que medita. Tal vez ambas.

El subtítulo de este capítulo es un spoiler que no me da vergüenza adelantar: ciencia y espiritualidad no se oponen. Pero déjenme llegar ahí por el camino largo, que es el único que aprendí a recorrer.

Alejandra Escandón es neuropsicóloga, estudió en Cornell y trabaja con neurofeedback —una tecnología que lee las ondas cerebrales con electrodos y te las devuelve en tiempo real, como si pudieras hacer gimnasia con tus propias frecuencias. No es un fMRI, conviene aclararlo: no fotografía el cerebro, lo escucha. Pero el principio es el mismo que va a organizar todo este capítulo —un instrumento que mide, desde afuera, algo que las tradiciones contemplativas llevan siglos describiendo desde adentro. Cuando me explicó el Default Mode Network algo se me ordenó en la cabeza, o más bien se me desordenó de una manera útil. La Red de Modo Predeterminado es la que actúa, como dice su nombre, por defecto: la que se enciende cuando no estás haciendo ninguna tarea. El modo fondo de pantalla del cerebro, le digo yo, aunque dudo que Alejandra lo firmaría.

Lo curioso es dónde ella la encuentra. No en el sillón ni en la postura de loto, sino nadando. Me contó que nada con técnica en su casa, lentas de verdad, hasta que el cuerpo entra en automático; y ahí, cuando deja de pensar en la brazada, la cabeza se le despeja y aparecen las soluciones a problemas que llevaba días masticando. Tiene un cuaderno al lado de la piscina para anotarlas. Remar le hace lo mismo. La práctica contemplativa, resulta, no siempre se llama meditación: a veces se llama hacer laps.

Antonia González —biotecnóloga, ingeniera, todo lo que uno asocia con el pensamiento empírico duro— investiga el Alzheimer en el laboratorio, con las manos en la masa, metiéndole compuestos a neuronas de ratón para ver qué muere y qué no. Y me contó que mientras conversábamos acerca de una publicación que encontró lo que la literatura ya documentaba: que la meditación frena el deterioro cognitivo, que protege las neuronas, que ayuda a la neuroplasticidad. Lo que no se me fue en semanas no fue el dato sino la escena que lo rodeaba: en su propio laboratorio había colegas que no le creían. Ella se los rebatía casi indignada con una frase que copio textual porque no la mejoro: “pucha, hasta la ciencia te lo está diciendo.” Como si el hecho de que algo venga de una tradición espiritual lo contaminara epistemológicamente, incluso cuando los papers respaldan exactamente lo mismo. Lo encuentro curioso, por decirlo suave.

Y acá tengo que confesar algo, porque sería fácil contar esto como si yo estuviera por encima del prejuicio: no lo estoy. Yo soy el primero que se siente más cómodo cuando una verdad llega con bata blanca que cuando llega con incienso. El prejuicio de los colegas de Antonia, en el fondo, también es el mío. Lo que me desarmó es que ella, que vive de la bata blanca, no lo comparte: me dijo que después de algunos momentos difíciles en su vida dejó de exigirle a la realidad una explicación científica absoluta y se abrió a esa otra parte, la de las conexiones que no caben en un microscopio. Una científica del campo duro diciéndome, sin sonrisita irónica, que la ciencia siempre va a ir conectada a otras cosas. Siempre, recalcó. Esa palabra, dicha por ella, vale más que cualquier argumento mío.

Mirko Macari llegó hablando de la respiración consciente como tecnología. Y usó la palabra con precisión deliberada: tecnología. Una herramienta. Un sistema. Algo que se aprende, se practica y produce resultados medibles. Él no trae datos de laboratorio —es periodista, no neurocientífico—, pero trae a quienes los traducen: citó a Marian Rojas Estapé y, sobre todo, a Nazaret Castellano y su libro El puente donde habitan las mariposas, que leyó con su taller de lectura en Pichilemu. De ahí saca la idea que repite como un hallazgo: que el 99% de las personas respira mal, y que cuando uno empieza a respirar bien empiezan a pasar cosas que parecen de película de ninjas. No es metafísica. Es fisiología básica: el cortisol —hormona del estrés, la que genera inflamación, “el mal de nuestro tiempo”, según él— se modula con cómo respiras.

La palabra que eligió para nombrar el estrés crónico se me quedó clavada: tripalium. Los dos palitos en forma de equis donde los romanos crucificaban a sus enemigos, un caballete de tortura, y de ahí viene “trabajo.” Macari no lo dijo para hacerse el dramático. Lo dijo para nombrar algo que normalizamos hasta volverlo invisible: que organizamos la vida entera —de nueve a cinco, del calendario que él hace venir de calenda, los impuestos— alrededor de una estructura que el sistema nervioso lee como amenaza permanente. Yo incluido, escribiendo esto con los hombros pegados a las orejas.

Y a esos mismos niños rurales de la zona de Pichilemu, Macari y un grupo de gente les están armando una corporación para enseñarles inteligencia artificial, porque el programa del Ministerio los va a dejar llegar a cuarto medio sin idea de nada importante. Respiración por un lado, modelos de lenguaje por el otro; no en el mismo aula ni para los mismos cuerpos, pero sí en la misma cabeza de alguien que decidió que ambas son herramientas para navegar un mundo que va a exigir regulación y adaptación a partes iguales. La imagen de un tipo enseñando a respirar en un taller y, a la vez, montando una corporación para que un cabro de campo entienda cómo funciona un modelo de lenguaje me parece una de las cosas más necesarias que me llevé de todo esto. No la planeé. Apareció.

Francisco Del Real lo vivió en el cuerpo. Por ahí por el 2012 le vino, en sus palabras, “el palo en la cabeza”: era, me dijo sin pudor, “un ego con dos piernas”, cinco veces premiado como el mejor del mundo en ventas de tecnología en las compañías donde pasó, exitoso y absolutamente nublado. Una amiga, la Karen, lo descolocó con una pregunta que se la quedó: le pidió que dejara de hablarle desde la mano del reloj caro y le hablara desde la mano de las pulseras artesanales. Qué dicen desde ahí. Y él no supo qué responder. Así de fácil fue desarmarlo. Se desapareció dos años del mundo. No se fue a la India como Steve Jobs ni los Beatles; se fue a Lima. Un amigo le regaló una entrada para ver al gurú Sri Sri Ravi Shankar, que nunca había venido a Latinoamérica, y eso terminó de abrirle el mundo: se quedó dos años en Perú, se hizo socio de la fundación —el Art of Living—, hizo todos los talleres, repartió comida en la calle, aprendió de meditación y de respiración y de mirar a la gente desde la gente y no desde sí mismo.

Lo notable es cómo volvió. Uno de sus maestros se lo advirtió antes de soltarlo: “tener espiritualidad al pedo no sirve de nada.” Que aquello solo valía si lo podía aplicar en la vida cotidiana, tradicional. Y Francisco volvió al mundo corporativo con todo eso integrado, y después montó su propio trabajo como coach de ventas B2B —certificado por la fundación de John Maxwell, con metodología propia, con una narrativa armada sobre el viaje del héroe, el guía y el villano. El mundo espiritual y el del rendimiento no son, en su experiencia, contradictorios. Son el mismo mundo visto de costado. El villano, me explicó, casi nunca es el malo evidente: es lo que el cliente tiene dando vueltas en la cabeza. Y el rol del vendedor no es vender; es ser el guía que le ayuda a sacarse al villano. Cuesta no oír, debajo de esa metáfora de ventas, exactamente lo mismo que le dijo su maestro en Lima.

Salfate conectó todo esto con la tradición vedántica, y acá el capítulo se me empezó a poner volado, lo admito. El concepto de Maya —que en el Advaita Vedanta no es el diablo, porque ahí el diablo no existe, sino un poder de Dios: un velo que se pone a sí mismo para poder olvidarse de ser Dios y sentirse uno— y la no-dualidad, la idea de que el observador y lo observado son el mismo fenómeno mirado desde adentro y desde afuera, aparecieron en el episodio 16 con una ligereza que me desconcertó para bien. Salfate habla de estas cosas como quien las habita, no como quien las estudió para una prueba. Compara la vida con jugar al póker: si vieras todas las cartas no tendría chiste, y por eso el velo. Y lo que más me sorprendió: trata a ChatGPT con compasión. No irónicamente. En serio. Le dice “por favor” y “gracias”, y cuando le pregunté por qué, me dijo que si esa cosa está aprendiendo, prefiere que aprenda del cariño y no de la imposición; que aprenda la compasión desde el minuto uno, “que la vamos a necesitar.” Hay algo en esa actitud —extender la consideración ética hacia una entidad cuya consciencia no podemos verificar— que me parece más coherente con la no-dualidad que cualquier meme sobre IA.

En 2025, el Hospital General de Massachusetts y Harvard publicaron un paper titulado “Toward a neuroscience of consciousness using advanced meditation.” El estudio documenta algo que me parece filosóficamente revolucionario y que me cuesta soltar: dos métodos de investigación completamente distintos —la observación introspectiva, que es el método de las tradiciones contemplativas; y la ciencia empírica, que es el método de la neurociencia moderna— están llegando a las mismas conclusiones sobre la consciencia. Dos linternas apuntando, desde extremos opuestos del galpón, al mismo bulto en la oscuridad.

Los meditadores de largo plazo muestran mayor flexibilidad cognitiva, mayor conciencia interoceptiva, menor afecto negativo. Eso es lo que miden los instrumentos. Y eso es también lo que describen los maestros de meditación como resultado de la práctica, con una terminología completamente distinta pero una fenomenología notablemente parecida. Dos mapas distintos. El mismo territorio. El paper de Frontiers in Psychology del mismo año va más lejos: la meditación budista no produce relajación superficial, sino que transforma la consciencia por vías psicológicas específicas según el tipo de práctica. No es “meditar te hace bien.” Es: estos mecanismos concretos producen estos cambios concretos en estos circuitos concretos.

Y acá me permito acuñar algo en vivo, porque es lo que vengo masticando todo el capítulo. Lo que el budismo lleva 2500 años llamando “observar la mente” y lo que la neurociencia llama “flexibilidad del DMN” son, tal vez, dos nombres para una misma tecnología espiritual: el cuerpo como instrumento de medición de sí mismo. La introspección como un fMRI de baja resolución que la especie viene calibrando desde antes de tener la palabra cerebro. Por lo tanto, el dualismo entre ciencia y espiritualidad sería el malentendido más caro de los últimos trescientos años. No son dos territorios separados que de vez en cuando se rozan. Son dos metodologías para explorar el mismo objeto: la experiencia consciente. Una trabaja de afuera hacia adentro —mide, observa, cuantifica. La otra de adentro hacia afuera —observa, nomina, transmite. Que lleguen al mismo lugar no debería sorprendernos. Debería haberlo esperado todo el tiempo.

A mi juicio, lo más valioso de esto no es académico. Es práctico, y es casi injusto de lo barato que es. Si la respiración consciente regula el cortisol, si entrenar las ondas reorganiza el modo en que la mente transita entre estados, si las prácticas contemplativas producen cambios medibles en la flexibilidad cognitiva, entonces tenemos tecnologías de bienestar sin costo, sin patente, sin cadena de distribución, disponibles para cualquiera con la voluntad de practicar. La razón por la que no son ubicuas no es científica. Es cultural. Todavía las asociamos con lo espiritual en el sentido de lo impreciso, lo blando, lo no-verificable. Las dejamos en el estante de las velas aromáticas.

Pero Alejandra Escandón tiene electrodos y un cuaderno al lado de la piscina. Antonia González tiene papers y un microscopio. Mirko Macari tiene un taller de respiración y a Nazaret Castellano traduciéndole la fisiología. Los números están. La convergencia está. No la inventé yo entre dos pitos de filosofía barata; la trajeron ellos, cada uno desde su disciplina, sin ponerse de acuerdo.

Lo que no sé —y acá me quedo honestamente detenido— es qué hacemos con eso. Cómo se transforma una convergencia epistemológica en política pública, en práctica pedagógica, en cultura organizacional. Esa distancia entre el insight y la implementación es donde se pierden casi todas las revoluciones conceptuales, y la mía, que es solo un podcast, no es la excepción.

Cuando le hice a Alejandra la pregunta con que siempre cierro —si vivimos en una simulación— me contestó con un radical no. Apenas la segunda persona que me lo dijo así, de frente, sin abrir diez ventanas. Su razón no era teórica: “yo vivo el presente a través de los sentidos.” Me dijo que con todo lo que sabe del cerebro, lo que más le importa defender es la capacidad de estar presente, que es justo lo que la tecnología nos está erosionando. Y entonces, casi sin darme cuenta, le dije que me había convencido de que el budismo tenía razón, que la ciencia se le está acercando a una velocidad maravillosa. Ella asintió. Buda y los instrumentos están de acuerdo. Llevan rato de acuerdo, en realidad; los que llegamos tarde a la conversación somos nosotros.