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Cap. 03 · 8 min de lectura

El alma que no se automatiza

Le pregunté a Ángela Bastías si usaba inteligencia artificial en su proceso creativo, y le pregunté seguro de la respuesta que iba a recibir. El bordado fungifloral que ella hace —esas texturas de hongos y vida orgánica cosidas en la tela con una paciencia que a mí me resulta casi incomprensible— me parecía justo el tipo de práctica que se beneficiaría de una herramienta generativa. Para la ideación, al menos. Para explorar variantes. Ella me miró y dijo que no. Y después dijo algo que me quedó dando vueltas semanas: “nadie va a poder sentir lo que está dentro de mí.”

No lo dijo con soberbia. Lo dijo con la calma de quien ya reflexionó harto sobre esa pregunta y llegó a un lugar que no necesita más discusión. Había una certeza tranquila ahí, sin filo, que me pareció más interesante que cualquier argumento técnico sobre las limitaciones actuales de los modelos. Ángela no estaba diciendo que la máquina no puede copiar su estilo. Estaba diciendo que el estilo no es el punto. El punto es lo que hay adentro de eso que el estilo expresa. Y eso, según ella, no se transfiere.

(Y acá tengo que confesar algo, porque si no esto se vuelve un desfile de gente sabia mirada desde la galería: yo fui el de la silla, el del micrófono, el que pregunta. Hago un podcast sobre la creación y no bordo, no produzco, no fundo nada. Todo lo que sigue lo escribo más como paciente que como médico. Y a mí, seamos honestos, me encanta ponerme a teorizar sobre el alma justo cuando la mía anda media subcontratada.)

Richi García llegó desde otro mundo, la producción musical, con una versión distinta del mismo argumento. Él trabaja con clonación de voz, con síntesis de audio, con todas las herramientas que están redefiniendo qué significa “sonar como alguien”. Y aun así, con ese conocimiento técnico de primera mano, con esa familiaridad con lo que la IA hace en el sonido, llegó a la misma conclusión: “una máquina nunca va a poder tener esa alma.” La palabra que eligió, sin haberse coordinado con Ángela, sin conocerla siquiera, fue exactamente la misma. Alma.

Eso me parece significativo. No como prueba filosófica concluyente —no lo es— sino como síntoma de algo. Dos personas en campos completamente distintos, que llegaron a sus conclusiones por caminos distintos, usando la misma palabra para nombrar lo que perciben como el límite de la automatización. Puede ser coincidencia lingüística. Puede ser que “alma” es la palabra que el español te presta cuando no hay otra más precisa a mano. Pero también puede ser que están apuntando a algo real que todavía no tenemos mejor manera de nombrar.

César Hidalgo lo formuló más técnico, más alineado con su vocabulario de economista de la complejidad: las máquinas resuelven problemas, pero no se hacen preguntas. Pueden optimizar una función de costo con una eficiencia que ningún humano iguala. Pero para optimizar necesitan que alguien haya definido primero qué es lo que se optimiza. La pregunta sobre qué vale la pena optimizar no viene de la máquina. Viene de otro lado.

“Las máquinas no hacen preguntas.” Esa frase, dicha con esa brevedad, encierra lo que a mi juicio es el argumento más sólido sobre los límites de la IA que escuché en todo el podcast. No es un argumento sobre capacidad técnica. No es sobre si los modelos pueden o no generar texto coherente, imagen realista, audio convincente —pueden, cada vez mejor, y ese no es el punto—. Es un argumento sobre la arquitectura misma de la inteligencia. La pregunta genuina, la que no nace de una instrucción sino de una incomodidad propia, de una curiosidad no solicitada, de una molestia con cómo están las cosas, esa no tiene origen en el sistema que fue entrenado para responder. Tiene origen en algo que todavía no sabemos cómo formalizar.

(Lo digo y me río un poco, porque yo me gano la vida haciendo preguntas y la mitad de las veces no sé de dónde me salieron. Las mejores nunca las preparé. Aparecieron en medio de la conversación, casi como un tropiezo. No sé si eso prueba lo de Hidalgo o solo prueba que improviso mal, pero ahí estaba la pregunta igual.)

Claudio Salvatore lo dijo de otra manera, desde la estrategia creativa: la IA es excelente para evaluar, terrible para originar. Puede comparar opciones, puntuar alternativas, identificar cuál de dos caminos es más consistente con un set de criterios dados. Pero ponerle nombre a un problema que nadie había visto, formular la pregunta que reorganiza el campo entero, eso sigue siendo territorio humano. Por ahora. Y creo que por más tiempo del que el hype sugiere, aunque ahí ya estoy especulando.

Y acá hay que ser honesto con algo que incomoda. Porque si el argumento es que el alma, la pregunta genuina, el potencial de originar, son lo que los humanos tienen y las máquinas no, entonces la pregunta que viene pegada es: ¿cuántos humanos realmente ejercen eso? Byung-Chul Han tiene una tesis que me parece perturbadoramente precisa para este momento: vivimos en una sociedad del rendimiento donde el sujeto se auto-explota voluntariamente. No porque alguien lo obligue, sino porque internalizó la lógica del rendimiento hasta el punto en que ya no la distingue de su propia voluntad. El cansancio que eso produce no es el de quien fue forzado. Es el de quien se forzó solo y no tiene a quién pedirle cuentas.

En esa lógica, ¿cuánta gente tiene el espacio real para hacer la pregunta genuina que las máquinas no pueden hacer? ¿Cuánta gente, entre las jornadas y los feeds y las notificaciones y la administración cotidiana de existir, se sienta a originar algo desde la incomodidad propia? Porque si el alma humana existe pero no se ejercita, si la capacidad de originar está ahí pero se atrofia por falta de uso, entonces la diferencia entre el humano y la máquina se vuelve teórica. En la práctica, el humano optimizado opera igual que el modelo: recibe inputs, produce outputs, evalúa según criterios dados.

(Y no me excluyo de esto, ese sería el truco fácil. Yo edito los episodios un domingo a las once de la noche mirando métricas de retención, calculando dónde se cae la audiencia, y en esas estoy operando exactamente como la máquina que digo que no nos puede reemplazar. Recibo inputs, produzco outputs. La crítica me incluye y por eso me cuesta escribirla.)

No lo digo para hacerme el pesimista. Lo digo porque creo que esa es la tensión real, la que importa. No la pregunta de si la IA va a superar al humano en creatividad. La pregunta de si el humano, en las condiciones actuales de la cultura digital, mantiene vivas las capacidades que lo distinguen de la IA.

Ángela, al negarse a usar herramientas generativas, no está siendo ludita ni nostálgica. Está, a mi lectura, ejerciendo exactamente la capacidad que Han describe como amenazada: la capacidad de no rendir, de no optimizar, de insistir en un proceso lento y manual no porque sea más eficiente sino porque la lentitud y la manualidad son parte del contenido de lo que hace. El tiempo cosido en la tela no es un costo de producción. Es el producto.

Richi me habló de la voz clonada con un matiz que me parece importante no perder. El problema no es que la clonación exista. El problema es qué le hace esa tecnología a la escasez que le daba valor a ciertas voces. Cuando la voz de un artista se puede replicar infinitamente, ¿qué pasa con la economía del talento vocal? ¿Qué pasa con el cantante que pasó veinte años desarrollando un timbre, una manera de respirar, un quiebre específico en la octava alta? Richi no tiene respuesta. Yo tampoco. Pero la pregunta ya dejó de ser hipotética.

Tal vez la palabra “alma” que Ángela y Richi usaron por separado apunta a algo que tiene que ver con la irreductibilidad de la trayectoria. El alma de un artista no es un estado final. Es la suma de todos los callejones sin salida, los intentos fallidos, las influencias absorbidas y rechazadas, los años de práctica que cambiaron no solo la habilidad sino la percepción. Una máquina puede imitar el resultado de esa trayectoria. No puede tener la trayectoria. (No sé si esa distinción la entendí yo o me la fueron armando ellos cuatro mientras los escuchaba; sospecho lo segundo.)

La pregunta que me queda es si esa distinción va a importarle a alguien. Si en un mercado que paga por resultados y no por procesos, la trayectoria va a seguir valiendo. O si vamos hacia un mundo donde el alma es un lujo estético que las mayorías no pueden pagar ni los mercados reconocer.

No sé la respuesta. Pero Ángela Bastías sigue bordando, lento, hongo por hongo, y eso —por ahora, que es lo único que tengo— me parece evidencia suficiente de que la pregunta todavía vale la pena. (Y de que, capaz, sentarme a escuchar a alguien coser durante una hora ya fue mi manera torpe de no automatizarme yo.)

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