La ciencia, arte y tecnología detrás de un podcast
Cap. 03 · 11 min de lectura

El alma que no se automatiza

Le pregunté a Ángela Bastías si usaba inteligencia artificial en su proceso creativo, y le pregunté seguro de la respuesta que iba a recibir. El bordado fungifloral que ella hace —esas texturas de hongos y flores cosidas en pedrería con una paciencia que a mí me resulta casi incomprensible, capa sobre capa, cada elevación distinta de la anterior— me parecía justo el tipo de práctica que se beneficiaría de una herramienta generativa. Para la ideación, al menos. Para explorar variantes. Ella me miró y dijo que no. Tiene ChatGPT, lo usa para otras cosas, pero para generar imágenes no. Y después dijo algo que me quedó dando vueltas semanas: por mucho que el prompt sea perfecto, “nadie va a poder sentir lo que está dentro de mí.”

No lo dijo con soberbia. Lo dijo con la calma de quien ya reflexionó harto sobre esa pregunta y llegó a un lugar que no necesita más discusión. Había una certeza tranquila ahí, sin filo, que me pareció más interesante que cualquier argumento técnico sobre las limitaciones actuales de los modelos. Ángela no estaba diciendo que la máquina no puede copiar su estilo. Estaba diciendo que el estilo no es el punto. El punto es lo que hay adentro de eso que el estilo expresa. Y eso, según ella, no se transfiere.

Vale la pena detenerse en cómo Ángela llegó a ese no. Su técnica no la heredó ni la copió: no tuvo ningún referente de bordado. Se pasó cuatro años bordando todos los días, sin parar, hasta encontrar una forma de coser que se desbordara del bastidor, que sobresaliera, que dejara de parecerse a lo que ya existía. Cuando el Textile Arts Center de Brooklyn la encontró por Instagram y la gente del centro vio sus piezas, la pregunta que se repetía era siempre la misma: ¿qué es esta técnica, de dónde salió? Googleaban y no encontraban nada, porque no había nada que encontrar. La fabrica ella, incluso los materiales: moldea sus propios hongos en cerámica en frío, los pinta capa por capa con la paleta del momento que está viviendo. “Cuando transito cambios, los colores que trabajo cambian”, me dijo, “y por eso mis materiales también cambian.” Esa es la trayectoria que ninguna herramienta generativa puede entregarle ya hecha. Por eso, cuando dice que nadie va a poder sentir lo que está dentro de ella, no está haciendo una declaración mística. Está describiendo, con bastante precisión, de dónde viene su trabajo.

Richi García llegó desde otro mundo, la producción musical, con una versión distinta del mismo argumento. Él lleva quince años haciendo música para publicidad, y trabaja con clonación de voz, con síntesis de audio, con todas las herramientas que están redefiniendo qué significa “sonar como alguien”. Me mostró sus experimentos en vivo: había tomado una canción cantada por una mujer, separado las pistas, pasado la voz por una plataforma que clona timbres y la había transformado en un dúo de hombre y mujer sin grabar una sola nota nueva. También se había grabado a sí mismo cantando armonías completas de los Beach Boys y convertido cada capa en una voz femenina distinta. Funciona. “Para un oído promedio”, me dijo, “perfectamente puede ser engañado.” Y aun así, con ese conocimiento técnico de primera mano, con esa familiaridad con lo que la IA hace en el sonido, llegó a la misma conclusión que Ángela: “una máquina nunca va a poder tener esa alma, aunque sea perfecta y pueda imitar algo.” La palabra que eligió, sin haberse coordinado con ella, sin conocerla siquiera, fue exactamente la misma. Alma.

Eso me parece significativo. No como prueba filosófica concluyente —no lo es— sino como síntoma de algo. Dos personas en campos completamente distintos, que llegaron a sus conclusiones por caminos distintos, usando la misma palabra para nombrar lo que perciben como el límite de la automatización. Puede ser coincidencia lingüística. Puede ser que “alma” es la palabra que el español te presta cuando no hay otra más precisa a mano. Pero también puede ser que están apuntando a algo real que todavía no tenemos mejor manera de nombrar.

Lo interesante de Richi es que el límite no lo pone por ignorancia ni por miedo a la herramienta. Lo pone justo donde la herramienta lo deja desnudo. Cuando le pregunté dónde se nota la falla, fue preciso: para la música urbana más mainstream, donde la voz ya pasa por mil procesos, la clonación pasa colada. Pero “si necesitas hacer algo como esto, que necesita más interpretación, más matices, más dinámica, se delata al tiro.” Hay algo en la interpretación, dijo, una energía que “no se alcanza a traspasar.” Le tiré una hipótesis medio en broma: que el alma pesa veintiún gramos y es lo primero que se va cuando el sonido se comprime para pasar por el túnel de la máquina. Se rió, pero no la descartó. “Si nos ponemos metafísicos, sí, yo creo que sí.” Es la misma intuición de Ángela, formulada desde el ingeniero de sonido: lo que la máquina ejecuta bien técnicamente queda, al final, plano.

César Hidalgo lo formuló más técnico, más alineado con su vocabulario de economista de la complejidad. Las máquinas, me dijo, son cada vez mejores resolviendo problemas —eso es lo que asociamos a la inteligencia en el contexto de la IA—, pero los humanos somos capaces de algo más: de hacernos preguntas, de tener motivaciones, de tener, en sus palabras, “una agencia desde un punto de vista filosófico”. Y ahí trazó la distinción que a mí me hizo ruido: una cosa es el cómo hacer algo, y otra muy distinta es el qué hacer. El cómo está lleno de dilemas y problemas, y la máquina cada vez lo resuelve mejor. Pero el qué hacer, el punto de partida, de dónde sale que valga la pena resolver esto y no aquello, “es una chispa que sigue siendo muy humana.” Las máquinas optimizan, pero para optimizar necesitan que alguien haya definido primero qué se optimiza. Esa definición no viene de la máquina. Viene de otro lado.

No usó la frase “las máquinas no hacen preguntas” con esas palabras exactas, pero es la forma más corta que encuentro de destilar lo que dijo, y a mi juicio encierra el argumento más sólido sobre los límites de la IA que me tocó escuchar en estos meses. No es un argumento sobre capacidad técnica. No es sobre si los modelos pueden o no generar texto coherente, imagen realista, audio convincente —pueden, cada vez mejor, y ese no es el punto—. Es un argumento sobre la arquitectura misma de la inteligencia. La pregunta genuina, la que no nace de una instrucción sino de una incomodidad propia, de una curiosidad no solicitada, de una molestia con cómo están las cosas, esa no tiene origen en el sistema que fue entrenado para responder. Tiene origen en algo que todavía no sabemos cómo formalizar.

Hay un corolario en Hidalgo que me gustó porque va en la misma dirección sin que él lo buscara: me dijo que un buen artículo científico abre más preguntas de las que responde. Que mientras más entendemos, más se abre el espacio de lo que no entendemos. Si eso es cierto, la pregunta no es un residuo de la ignorancia que la ciencia va a terminar liquidando. Es el motor. Y es justo lo que la máquina, que responde, no genera por sí sola.

Claudio Salvatore lo dijo de otra manera, desde la estrategia creativa, y con la autoridad de quien lo probó en carne propia. Escribió un libro peleando con la máquina: le pasaba el manuscrito, la máquina lo destrozaba —“esto no va a volar”—, él corregía, volvía, lo destrozaba de nuevo. Un año así. “La máquina nunca escribió la cuestión”, me dijo, “porque escribir es muy difícil. El ser capaz de crear algo es súper difícil. El ser capaz de evaluar algo razonablemente bueno es un problema de magnitud más fácil.” La IA es buenísima diciéndote que algo está bien escrito; es horrorosa a la hora de escribirlo. Cuando él, harto, le pedía “si lo escribo tan mal, hazlo tú”, la máquina lo hacía, y el resultado no servía. Lo que terminó teniendo, dijo, no fue un autor: fue un editor. Un editor que uno empieza a odiar, pero que te obliga a subir de nivel. Puede comparar, puntuar, identificar cuál de dos caminos es más consistente con un set de criterios. Pero ponerle nombre a un problema que nadie había visto, formular la pregunta que reorganiza el campo entero, eso sigue siendo territorio humano. Por ahora. Y creo que por más tiempo del que el hype sugiere, aunque ahí ya estoy especulando.

Hay algo acá que incomoda y que sería trampa saltarme. Porque si el argumento es que el alma, la pregunta genuina, el potencial de originar, son lo que los humanos tienen y las máquinas no, entonces la pregunta que viene pegada es: ¿cuántos humanos realmente ejercen eso? Byung-Chul Han tiene una tesis que me parece perturbadoramente precisa para este momento: vivimos en una sociedad del rendimiento donde el sujeto se auto-explota voluntariamente. No porque alguien lo obligue, sino porque internalizó la lógica del rendimiento hasta el punto en que ya no la distingue de su propia voluntad. El cansancio que eso produce no es el de quien fue forzado. Es el de quien se forzó solo y no tiene a quién pedirle cuentas.

En esa lógica, ¿cuánta gente tiene el espacio real para hacer la pregunta genuina que las máquinas no pueden hacer? ¿Cuánta gente, entre las jornadas y los feeds y las notificaciones y la administración cotidiana de existir, se sienta a originar algo desde la incomodidad propia? Porque si el alma humana existe pero no se ejercita, si la capacidad de originar está ahí pero se atrofia por falta de uso, entonces la diferencia entre el humano y la máquina se vuelve teórica. En la práctica, el humano optimizado opera igual que el modelo: recibe inputs, produce outputs, evalúa según criterios dados.

No lo digo para hacerme el pesimista. Lo digo porque creo que esa es la tensión real, la que importa. No la pregunta de si la IA va a superar al humano en creatividad. La pregunta de si el humano, en las condiciones actuales de la cultura digital, mantiene vivas las capacidades que lo distinguen de la IA.

Ángela, al negarse a usar herramientas generativas, no está siendo ludita ni nostálgica. Está, a mi lectura, ejerciendo exactamente la capacidad que Han describe como amenazada: la capacidad de no rendir, de no optimizar, de insistir en un proceso lento y manual no porque sea más eficiente sino porque la lentitud y la manualidad son parte del contenido de lo que hace. Ella lo dice mejor que yo: vivimos en un mundo de inmediatez, de ansiedad, donde todo es un clic y que aparezca ya, y lo suyo es lo contrario, un trabajo pausado, una pieza que puede tomarle cuatro o cinco meses. El tiempo cosido en la tela no es un costo de producción. Es el producto. Y hay algo más, que ella nombra sin ninguna solemnidad: para Ángela el bordado es terapéutico, una manera de transitar duelos y separaciones y transformarlos en algo bello. Sentir, soltar, sanar, en ese orden. Una máquina puede saltarse las tres.

Richi me habló de la voz clonada con un matiz que me parece importante no perder. El problema no es que la clonación exista. El problema es qué le hace esa tecnología a la escasez que le daba valor a ciertas voces. Cuando la voz de un artista se puede replicar infinitamente, ¿qué pasa con la economía del talento vocal? ¿Qué pasa con el cantante que pasó veinte años desarrollando un timbre, una manera de respirar, un quiebre específico en la octava alta? Richi no tiene respuesta. Yo tampoco. Pero la pregunta ya dejó de ser hipotética.

Tal vez la palabra “alma” que Ángela y Richi usaron por separado apunta a algo que tiene que ver con la irreductibilidad de la trayectoria. El alma de un artista no es un estado final. Es la suma de todos los callejones sin salida, los intentos fallidos, las influencias absorbidas y rechazadas, los años de práctica que cambiaron no solo la habilidad sino la percepción. Ángela lo decía sin teorizarlo: lo más difícil no es la técnica, es encontrar un lenguaje propio, una manera de expresarte que sea reflejo de ti, y eso cuesta años. Una máquina puede imitar el resultado de esa trayectoria. No puede tener la trayectoria. (No sé si esa distinción la entendí yo o me la fueron armando ellos cuatro mientras los escuchaba; sospecho lo segundo.)

La pregunta que me queda es si esa distinción va a importarle a alguien. Si en un mercado que paga por resultados y no por procesos, la trayectoria va a seguir valiendo. O si vamos hacia un mundo donde el alma es un lujo estético que las mayorías no pueden pagar ni los mercados reconocer.

No sé la respuesta. Pero Ángela Bastías sigue bordando, lento, hongo por hongo, capa sobre capa, y eso —por ahora, que es lo único que tengo— me parece evidencia suficiente de que la pregunta todavía vale la pena. (Y de que, capaz, sentarme a escuchar a alguien coser durante una hora ya fue mi manera torpe de no automatizarme yo.)