La ciencia, arte y tecnología detrás de un podcast
Cap. 07 · 9 min de lectura

Curiosidad como tecnología

Si tuviera que elegir un solo hilo que aguanta los 22 episodios sin que se desarme ninguno, no sería el talento. No sería la credencial. No sería el capital. Sería la curiosidad. Y lo digo después de comprobarlo conversación tras conversación, con la sensación medio incómoda de estar documentando algo que tiene mucho menos que ver con la inteligencia formal y mucho más con una disposición específica hacia lo que uno no entiende todavía.

Acá conviene que diga de entrada de qué lado estoy parado, porque este es el capítulo donde más riesgo corro de hablar de mí creyendo que hablo de los demás. Soy un curioso crónico, de los que entran a buscar una cosa y salen tres horas después con otra entre las manos.

Carla Muttoni venía estudiando un diploma muy tradicional en la Universidad de Washington —estrategia, Balanced Scorecard, esas cosas que, según me dijo, la mandaban cincuenta años atrás apenas las nombraba— cuando decidió, por pura curiosidad, ir a meterse al MIT Media Lab a ver qué estaba pasando. No como estudiante aceptada. No como investigadora invitada. Fue a visitar. Recorrió, jugó con los robots, conversó con los científicos y con un par de profesores que andaban por ahí. Y ese gesto —tan simple, tan completamente improbable para quien fue criado en culturas institucionales donde el acceso está regulado de antemano— me parece uno de los actos más radicales que describió alguien en este podcast. La audacia de asumir que el conocimiento es accesible. Que los espacios del saber no son exclusivos por principio. Que si te asomas con la pregunta correcta, alguien te contesta.

De esa visita salió su primera empresa tecnológica, armada con cabros del MIT y de Harvard. Tenía 33 años. Y ahí, según me lo contó, le dijo chao al scorecard, chao a la estrategia tradicional, chao a la forma tradicional de ver la vida. La curiosidad genuina opera sin garantías. No es la búsqueda de confirmación de lo que ya sabes —eso es otra cosa, se llama ego— sino la disposición a entrar en un espacio donde podrías quedar en ridículo, donde podrías no entender nada, donde la distancia entre lo que sabes y lo que necesitas saber es abismal y aun así avanzas. Carla lo hizo de adulta, en plena reinvención, con todo el costo emocional que implica ponerse en posición de principiante a esa edad, cuando socialmente se supone que ya eres alguien. Recién a los 37 se metió de lleno en la industria espacial, mientras a su alrededor le preguntaban cuándo se iba a casar y cuándo iba a tener hijos. “¿Qué sabéis qué? No”, respondía. La edad no era un tema. El tema era seguir la curiosidad.

Javiera Canales aprendió computación cuántica sola. Online. Con libros, con papers, con páginas y páginas de ejercicios que hacía a las tres de la mañana, con la terquedad de quien se niega a creer que hay conocimiento que no se puede alcanzar sin un intermediario institucional que te dé permiso. Estudió ingeniería civil en materiales, no computación cuántica, en ninguna universidad, porque no había dónde estudiarla. “Soy bien autodidacta, me gusta estudiar bien sola”, me dijo, casi pidiendo disculpas por algo que en realidad era su mayor mérito. La escena en que era la única persona de una sala —en un evento global de AWS— que había escrito código cuántico de verdad ya la conté en otro capítulo, así que no la voy a repetir. Lo que me importa acá es lo de antes de esa sala: las madrugadas, los ejercicios, la beca que se ganó para formalizar un poco lo que ya venía masticando sola. El conocimiento llegó primero. El reconocimiento, después, casi por accidente.

Eso me sacude. No porque sea un dato extraordinario, aunque lo es. Me sacude porque revela algo sobre cómo construimos el acceso al conocimiento avanzado que es, en el fondo, absurdo. Diseñamos rutas de décadas —carrera, postgrado, post-doctorado, laboratorio, publicaciones— para llegar a ciertos conocimientos, y una mujer sin ninguna de esas rutas llega al mismo lugar por curiosidad sostenida. No digo que las rutas sean inútiles. Digo que la curiosidad hace cosas que las rutas no hacen, y que confundir la ruta con el destino es un error de categoría que sale carísimo.

Ángela Bastías inventó el bordado fungifloral. No adaptó una técnica existente. No mejoró algo anterior. Inventó. Con hongos, con plantas, con pedrería, con cuatro años bordando todos los días sin parar en un taller, sin nadie que le dijera si iba bien o mal, porque no había precedente con que compararse. Me contó que la gente que veía sus piezas googleaba la técnica buscando un curso, un texto, un maestro, y no encontraba nada: solo llegaban a su Instagram, donde ella misma le había puesto nombre a lo que estaba haciendo. La ausencia de referentes que podría haberla dejado paralizada —no hay manual, no hay maestro, no hay tradición de la que ser parte— se le transformó en libertad. “No tuve ningún referente de bordado”, me dijo, casi con orgullo. Cuando no hay camino marcado, cualquier dirección es posible. Y la curiosidad es lo que te hace moverte en vez de quedarte quieto esperando que aparezca el mapa.

Salfate [la institución] se describe a sí mismo, con una imagen que no he podido soltar, como un viejo del saco. Un saco sin fondo donde acumula cada cosa que alguna vez le interesó y nunca soltó. Va por las casas, dijo, robando información, se queda a vivir un rato donde algo le importa, y después sigue viaje repartiendo a escondidas, como un viejo pascuero, los regalitos que cree que a alguien le pueden servir. Conspiraciones, crítica de cine, Advaita Vedanta, el reino fúngico como mente colectiva, el lila de la tradición india: el tema cambia pero el gesto es el mismo. El gesto de quien no acepta como definitiva ninguna versión oficial de las cosas. Eso puede irritar. También puede ser, a mi juicio, la forma más honesta de habitar el pensamiento: sin instalarse cómodo en ninguna certeza.

Lo que me pareció notable de su episodio no fue el contenido de sus teorías —con algunas coincido, con otras no, con varias no sé qué hacer— sino su relación con la incertidumbre. Me lo dijo casi con esas palabras, citando a Rumi: cuando dejo de verme cercado por la incertidumbre, empiezo a jugar en la aventura. Para él la vida es un juego —lila— y un juego solo es juego si uno no sabe lo que va a pasar; jugar con las cartas abiertas no tiene chiste. Salfate vive en la pregunta, y no lo hace con angustia sino con algo que se parece bastante a la alegría. La incertidumbre como hábitat, no como problema a resolver. Me cuesta admitirlo porque tengo el prejuicio puesto, como casi todos, pero pasé el episodio entero envidiándole esa comodidad con el no saber.

Javier Traslaviña me dio el marco más útil para pensar todo esto: la metáfora de las tres cajas. La caja del pasado: lo que ya conoces, lo que ya funciona. La caja del futuro: lo que todavía no conoces. Y la caja del medio, la que él llama la fundamental, esa zona “media líquida, media temporal”, el puente donde vive la incertidumbre y donde —según él— ocurre la innovación de verdad. No el ejercicio pirotécnico de declararse innovador de un día para otro, sino el trabajo gradual y sistemático de entrar y salir de esa caja a voluntad.

Y la curiosidad es la única herramienta que funciona ahí adentro. No el plan, porque no sabes suficiente para planear. No el proceso, porque no hay proceso establecido. La curiosidad. La disposición a hacer la siguiente pregunta aunque no sepas adónde lleva.

Traslaviña también dijo algo del celular en la sala de clases que me parece más profundo de lo que suena: el teléfono en el aula va a terminar siendo como el cigarro. Me hizo acordar que no hace tantos años profesores y alumnos fumaban en clase y a nadie le parecía raro, y que en algún momento eso se volvió impensable. Su apuesta es que con las pantallas en contextos de aprendizaje va a pasar lo mismo: hoy nos parece normal estar metidos en WhatsApp en plena clase, y en unos años nos va a parecer tan extraño como prender un cigarro sobre el pupitre. La curiosidad crítica incluye dar vuelta la mirada hacia las herramientas mismas.

Lo que más me interesa de todo esto, y donde creo que hay algo de verdad importante, es la pregunta sobre qué es la curiosidad en relación con la tecnología. Usualmente pensamos la tecnología como herramienta: algo externo que usamos para hacer cosas. El teléfono. El algoritmo. El CRISPR. Pero la curiosidad también es tecnología, en un sentido anterior y más fundamental. Es el mecanismo interno que produce conocimiento, que genera el deseo de entrar en territorios desconocidos, que hace posible que alguien deje el scorecard y se meta a un laboratorio del MIT a jugar con robots solo para ver qué pasa.

Antes del fuego había curiosidad. Antes de la escritura había curiosidad. Antes de cualquier inteligencia artificial tuvo que haber alguien que se preguntara si las máquinas podían pensar. La curiosidad no es el complemento blando de la tecnología dura. Es su condición de posibilidad. Es la tecnología original, la que no tiene versión, la que no se actualiza porque no necesita actualizarse. Por lo tanto —y este es el salto que me permito—, todo lo que llamamos avance no es más que curiosidad ejecutándose en hardware distinto.

Acá me acuerdo de una frase que arrastro hace años, de un texto viejo mío sobre el aburrimiento: que en cierto punto el tedio se transforma en curiosidad, se esfuma el cansancio y se abren las alamedas. Lo escribí en una de esas instancias filosóficas que en Chile se conocen como vola’, sin tener idea de que un día iba a hacer un podcast que probaría, episodio por episodio, exactamente eso. Que las alamedas no las abre el método. Las abre la pregunta que nadie te pidió que hicieras.

La preocupación que tengo —y no la voy a resolver acá— es si la curiosidad se puede enseñar o solo se puede proteger. Porque los sistemas educativos, en Chile y en general, no parecen optimizados para protegerla. Parecen optimizados para redirigirla hacia preguntas con respuesta correcta, hacia conocimientos evaluables, hacia formas de curiosidad que no incomoden demasiado. Y lo digo sabiendo que yo pasé por esos sistemas, los aproveché, me beneficié de sus credenciales, y recién después, ya grande, me puse a desconfiar de la ruta. Tarde, como casi todo lo que entiendo.

Javiera Canales, Carla Muttoni, Ángela Bastías: ninguna de las tres aprendió lo más importante de lo que sabe dentro de un aula. ¿Coincidencia o síntoma?