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Cap. 07 · 9 min de lectura

Curiosidad como tecnología

Si tuviera que elegir un solo hilo que aguanta los 22 episodios sin que se desarme ninguno, no sería el talento. No sería la credencial. No sería el capital. Sería la curiosidad. Y lo digo después de comprobarlo conversación tras conversación, con la sensación medio incómoda de estar documentando algo que tiene mucho menos que ver con la inteligencia formal y mucho más con una disposición específica hacia lo que uno no entiende todavía.

Acá conviene que confiese de entrada de qué lado estoy parado, porque si no esto se vuelve un señor admirando curiosos desde la galería. Yo soy un curioso crónico. De los que abren quince pestañas para responder una pregunta y terminan en otra cosa. (Y a mí, seamos honestos, me encanta convertir mi propio defecto en virtud justo cuando me conviene para el argumento.) Así que esto lo escribo más como paciente que como médico.

Carla Muttoni tenía 37 años cuando caminó al MIT. No como estudiante aceptada. No como investigadora invitada. Caminó. Entró por la puerta, recorrió los pasillos, buscó una oficina que se ocupaba de robótica espacial, y golpeó. Le abrieron. Ese gesto —tan simple, tan completamente improbable para quien fue criado en culturas institucionales donde el acceso está regulado de antemano— me parece uno de los actos más radicales que describió alguien en este podcast. La audacia de asumir que el conocimiento es accesible. Que los espacios del saber no son exclusivos por principio. Que si golpeas, alguien abre.

Carla no tenía certeza de que le abrirían. Eso es lo importante. La curiosidad genuina opera sin garantías. No es la búsqueda de confirmación de lo que ya sabes —eso es otra cosa, se llama ego— sino la disposición a entrar en un espacio donde podrías quedar en ridículo, donde podrías no entender nada, donde la distancia entre lo que sabes y lo que necesitas saber es abismal y aun así avanzas. A los 37. Con todo el costo emocional que implica ponerse en posición de principiante a esa edad, cuando socialmente se supone que ya eres alguien.

Y acá me corto, porque mientras la escuchaba pensaba en mí entrando a salas donde no me toca, con esa mezcla de impostor y guata apretada que conozco de memoria. La diferencia es que Carla golpeó. Yo muchas veces me quedé en el pasillo ensayando lo que iba a decir. (Esa es la confesión: que admiro en otros exactamente la cuota de coraje que a mí me falta, y que escribir sobre ella es mi forma barata de pedirla prestada.)

Javiera Canales fue a la conferencia Q2B de computación cuántica. Para quien no lo sabe: Q2B es probablemente la reunión más técnica del mundo en ese campo, donde se juntan los equipos de Google Quantum, IBM, los laboratorios de física teórica más avanzados del planeta. Javiera fue sin haber estudiado computación cuántica en ninguna universidad. La había aprendido sola. Online. Con libros, con papers, con la terquedad de quien se niega a creer que hay conocimiento que no se puede alcanzar sin un intermediario institucional que te dé permiso. Y resultó ser, según ella misma lo contó con una mezcla de orgullo y sorpresa, la única persona en la sala que había escrito código cuántico real.

Eso me sacude. No porque sea un dato extraordinario, aunque lo es. Me sacude porque revela algo sobre cómo construimos el acceso al conocimiento avanzado que es, en el fondo, absurdo. Diseñamos rutas de décadas —carrera, postgrado, postdoctorado, laboratorio, publicaciones— para llegar a ciertos conocimientos, y una mujer sin ninguna de esas rutas llega al mismo lugar por curiosidad sostenida. No digo que las rutas sean inútiles. Digo que la curiosidad hace cosas que las rutas no hacen, y que confundir la ruta con el destino es un error de categoría que sale carísimo.

Ángela Bastías inventó el bordado fungifloral. No adaptó una técnica existente. No mejoró algo anterior. Inventó. Con hongos, con plantas, con hilos, con horas sola en un taller sin nadie que le dijera si iba bien o mal, porque no había precedente con que compararse. La ausencia de referentes que podría haberla dejado paralizada —no hay manual, no hay maestro, no hay tradición de la que ser parte— se le transformó en libertad. Cuando no hay camino marcado, cualquier dirección es posible. Y la curiosidad es lo que te hace moverte en vez de quedarte quieto esperando que aparezca el mapa.

(Reconozco que esto último lo digo con la facilidad de quien ha esperado el mapa más de una vez. Tengo carpetas enteras de proyectos detenidos en la frase “todavía no sé bien cómo se hace”. Ángela bordó. Yo guardé el borrador. Anoto la diferencia y sigo, porque tampoco me voy a curar acá mismo.)

Salfate —y acá quiero ir con cuidado, porque Salfate genera reacciones fuertes y a mí me interesa ir más allá de la reacción— es lo que yo llamaría el viejo del saco sin fondo. No en sentido peyorativo. En el sentido de que tiene una capacidad aparentemente infinita para sacar preguntas de adentro. Conspiraciones, historia oculta, Advaita Vedanta, termodinámica del Universo: el tema cambia pero el gesto es el mismo. El gesto de quien no acepta como definitiva ninguna versión oficial de las cosas. Eso puede irritar. También puede ser, a mi juicio, la forma más honesta de habitar el pensamiento: sin instalarse cómodo en ninguna certeza.

Lo que me pareció notable de su episodio no fue el contenido de sus teorías —con algunas coincido, con otras no, con varias no sé qué hacer— sino su relación con la incertidumbre. Salfate vive en la pregunta. Y no lo hace con angustia sino con algo que se parece bastante a la alegría. La incertidumbre como hábitat, no como problema a resolver. Me cuesta admitirlo porque tengo el prejuicio puesto, como casi todos, pero pasé el episodio entero envidiándole esa comodidad con el no saber.

Javier Traslaviña me dio el marco más útil para pensar todo esto: las tres cajas de Govindarajan. La caja del pasado: gestionar lo que ya funciona. La caja del futuro: crear lo nuevo. Y la caja del medio, la más incómoda y la más necesaria, donde viven las preguntas que todavía no tienen respuesta. Según Traslaviña, la innovación real ocurre en esa caja del medio, en la incertidumbre activa, en el espacio donde aún no sabes qué estás construyendo.

Y la curiosidad es la única herramienta que funciona ahí adentro. No el plan, porque no sabes suficiente para planear. No el proceso, porque no hay proceso establecido. La curiosidad. La disposición a hacer la siguiente pregunta aunque no sepas adónde lleva.

Traslaviña también dijo algo del celular en la sala de clases que me parece más profundo de lo que suena: el teléfono en el aula es como el cigarro. No porque sea adictivo, aunque lo es. Sino porque tomó décadas entender que el cigarro era tóxico, aunque las señales estaban ahí desde el principio. Y estamos en ese mismo punto con las pantallas en contextos de aprendizaje: viendo las señales, eligiendo no verlas, esperando evidencia más definitiva mientras el daño se acumula. La curiosidad crítica incluye dar vuelta la mirada hacia las herramientas mismas. (Lo escribo con el celular a veinte centímetros de mi mano, que lleva todo el capítulo vibrando. No estoy afuera del problema; estoy adentro, igual que cualquiera.)

Lo que más me interesa de todo esto, y donde creo que hay algo de verdad importante, es la pregunta sobre qué es la curiosidad en relación con la tecnología. Usualmente pensamos la tecnología como herramienta: algo externo que usamos para hacer cosas. El teléfono. El algoritmo. El CRISPR. Pero la curiosidad también es tecnología, en un sentido anterior y más fundamental. Es el mecanismo interno que produce conocimiento, que genera el deseo de entrar en territorios desconocidos, que hace posible que una persona de 37 años camine por un pasillo del MIT sin invitación y le cambie el rumbo a su vida.

Antes del fuego había curiosidad. Antes de la escritura había curiosidad. Antes de cualquier inteligencia artificial tuvo que haber alguien que se preguntara si las máquinas podían pensar. La curiosidad no es el complemento blando de la tecnología dura. Es su condición de posibilidad. Es la tecnología original, la que no tiene versión, la que no se actualiza porque no necesita actualizarse. Por lo tanto —y este es el salto que me permito—, todo lo que llamamos avance no es más que curiosidad ejecutándose en hardware distinto.

Acá me acuerdo de una frase que arrastro hace años, de un texto viejo mío sobre el aburrimiento: que en cierto punto el tedio se transforma en curiosidad, se esfuma el cansancio y se abren las alamedas. Lo escribí en una de esas instancias filosóficas que en Chile se conocen como vola’, sin tener idea de que un día iba a hacer un podcast que probaría, episodio por episodio, exactamente eso. Que las alamedas no las abre el método. Las abre la pregunta que nadie te pidió que hicieras.

La preocupación que tengo —y no la voy a resolver acá— es si la curiosidad se puede enseñar o solo se puede proteger. Porque los sistemas educativos, en Chile y en general, no parecen optimizados para protegerla. Parecen optimizados para redirigirla hacia preguntas con respuesta correcta, hacia conocimientos evaluables, hacia formas de curiosidad que no incomoden demasiado. Y lo digo sabiendo que yo pasé por esos sistemas, los aproveché, me beneficié de sus credenciales, y recién después, ya grande, me puse a desconfiar de la ruta. Tarde, como casi todo lo que entiendo.

Javiera Canales, Carla Muttoni, Ángela Bastías: ninguna de las tres aprendió lo más importante de lo que sabe dentro de un aula. ¿Coincidencia o síntoma?

(Lo que no le dije a ninguno de los cinco, porque me dio algo de pudor, es que mientras los escuchaba sentí que el del micrófono también estaba golpeando una puerta. Que preguntar en voz alta, frente a gente que sabe más que tú, es la misma audacia de Carla en el pasillo, solo que con menos riesgo y mejor edición. Que tal vez por eso hice el podcast: no para enseñar nada, sino para tener excusa de seguir preguntando. Y que si la curiosidad es de verdad la tecnología original, entonces todavía estoy aprendiendo a usarla —que probablemente es el primer paso para aprenderlo.)

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