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Cap. 10 · 8 min de lectura

La pregunta de la simulación

En algún punto de la temporada, sin haberlo planeado del todo, se volvió ritual. Casi al final de cada conversación, cuando ya habíamos dicho lo que veníamos a decir, yo soltaba la misma pregunta: ¿crees que vivimos en una simulación? No era trampa. O no era solo trampa. Era curiosidad genuina mezclada con las ganas de ver qué hacía cada persona con eso. Y lo que apareció no fue una respuesta sobre la naturaleza de la realidad. Fue un retrato de veintidós maneras distintas de pararse frente a lo que no se sabe.

Eso no lo anticipé. Y es lo más interesante que tiene este capítulo. (Lo confieso de entrada, porque después se me olvida: yo lanzaba la pregunta como quien tira una piedra al pozo solo para oír cuánto demora en sonar.)

César Hidalgo fue el más claro. Dijo que no, así de simple, que la hipótesis no tiene sentido para él, que es una premisa de ciencia ficción vestida con lenguaje filosófico. César piensa con una velocidad y una precisión que intimidan, hasta que te detienes a notar que detrás de esa velocidad hay algo genuinamente curioso. Su rechazo no era desdén. Era el rechazo del empirista puro: si no hay evidencia, si no hay mecanismo, si no hay forma de falsarla, la pregunta no aporta nada operacionalmente útil. Puede ser un juego mental. No una descripción de lo real. Posición honesta. No la comparto del todo, pero la respeto.

Alejandra Escandón y Javiera Canales llegaron a lugares parecidos por caminos distintos. Las dos necesitan prueba. Las dos vienen de marcos donde la afirmación sin evidencia es exactamente eso, una afirmación sin evidencia, no un argumento. Javiera fue más explícita todavía: no es que la idea no le parezca interesante, es que sin sustento empírico no sabe qué hacer con ella. A mi juicio, eso no es falta de imaginación. Es disciplina. La capacidad de decir “no sé” y no taparlo con especulación cómoda es una virtud que muchas veces se confunde con estrechez.

Y acá empieza a pasar algo que recién entendí editando estas conversaciones, ¿me siguen? Cada respuesta era menos sobre el universo y más sobre el que respondía. La pregunta era un espejo y yo, ingenuo, creía estar preguntando por el cosmos.

Arturo Herrera fue al lado opuesto, pero con rigor. Siguió el argumento probabilístico de Nick Bostrom, que es básicamente este: si las civilizaciones avanzadas pueden crear simulaciones de sus antecesores, y si esas simulaciones son numerosas, entonces la probabilidad de ser un ser “base” es estadísticamente pequeña. Ergo, probablemente somos simulados. No es fe. Es un argumento bayesiano aplicado a la existencia. Me quedé pensando si la filosofía contemporánea encontró en la probabilidad una nueva forma de metafísica, una que la mente científica acepta solo porque viene en formato matemático. Por lo tanto la fe regresa, disfrazada de cálculo, por la puerta de atrás. Tal vez siempre estuvo ahí.

Richi García, a su modo, llegó al “sí” pero desde otro ángulo. Para Richi somos un patrón que se repite. Nada especial. La conciencia es un fenómeno emergente de la materia suficientemente compleja, y si eso es así, nada impide que ese patrón emerja en un sustrato computacional igual que emergió en carbono. Hay algo que me gusta y algo que me inquieta en esto, a partes iguales. Me gusta su honestidad radical, su negativa a colocarnos en un lugar privilegiado de la jerarquía de lo real. Me inquieta que “nada especial” puede deslizarse, si uno no tiene cuidado, hacia un nihilismo que se siente como lucidez y funciona como anestesia. La misma frase puede ser un acto de humildad o un sedante. Depende de la mano que la sostenga.

Y después está Salfate.

Salfate llegó a la pregunta desde Maya y Advaita Vedanta, la filosofía no-dualista hinduista que entiende el mundo material como una ilusión, un velo sobre la realidad última. Para esa tradición, la pregunta de si vivimos en una simulación no es nueva ni escandalosa. Es la versión tecnológica de algo que los místicos vienen diciendo hace milenios: que el mundo de las formas no es el mundo definitivo. Que hay algo detrás del velo. Que el yo individual es una construcción y no una entidad. Y acá los dos vocabularios se tocan sin pedir permiso: lo que el ingeniero llama “sustrato computacional” el vedanta lo llama “Maya”, y por un segundo, en el estudio, fueron la misma palabra. Salfate citó a Galeano, que no es el movimiento obvio en una conversación sobre ontología computacional, pero funcionó de un modo que todavía no sé explicar bien. Hay algo en la poesía que carga más verdad comprimida que muchos argumentos formales. Comprimida. Esa es la palabra. Como si el poema fuera el único formato capaz de guardar lo que el dato pierde al abstraerlo.

Carla Muttoni dijo que no puede descartarlo. Esa respuesta me parece más honesta que la mayoría de las de los dos extremos. No es evasión. Es reconocer que el límite de tu epistemología es un límite real, no un defecto tuyo. Quedarse en el umbral y no fingir que viste el otro lado.

Pero la respuesta que cambió todo fue la de Claudio Salvatore. No porque resuelva nada. Porque cambia la pregunta misma.

Claudio dijo que cada era proyecta su tecnología dominante sobre la realidad. En el siglo XVI el universo era un reloj. Dios era el relojero. La mecánica de precisión era lo más sofisticado que existía y, naturalmente, el cosmos tomó esa forma en la imaginación humana. Hoy jugamos videojuegos, levantamos simulaciones, entrenamos inteligencias artificiales en mundos virtuales, y entonces la hipótesis que emerge es que la realidad es una simulación. No porque la realidad haya cambiado. Porque cambiamos nosotros, y el espejo con el que miramos al cosmos cambió con nosotros. Y a esto lo llamaremos, para entendernos, el espejo de la época: cada generación no descubre el universo, lo describe con las herramientas que tiene a mano y después confunde la descripción con la cosa.

Claudio lo dijo aún más llano: “soy una pulga encima de un perro.” No en sentido depresivo. En sentido calibrador. Desde ahí la pregunta de la simulación no desaparece, pero se relativiza. Deja de ser una pregunta sobre la naturaleza última de lo real y pasa a ser una pregunta sobre el momento histórico en que vivimos. La pulga no puede ver al perro entero. Pero puede saber que es pulga, y eso ya es algo. Eso, a mi entender, es casi todo lo que podemos saber.

Me parece uno de los insight más fértiles de toda la temporada. Y no viene de un físico. Viene de alguien que piensa desde las humanidades y que tiene la serenidad de no dejarse arrastrar por el hype de los marcos contemporáneos. (A mí, seamos honestos, me cuesta esa serenidad: yo soy de los que se entusiasman con el marco nuevo y recién después se preguntan si era el espejo o el cosmos lo que estaban mirando.)

Lo que produce la pregunta de la simulación, si uno la escucha despacio, no es una respuesta sobre el universo. Es una clasificación de las almas según cómo se paran frente a lo que no saben. Los empiristas la cierran con elegancia. Los probabilistas la convierten en cálculo. Los nihilistas la absorben con una ecuanimidad que perturba. Los místicos la incorporan sin drama, como quien escucha que alguien redescubrió algo que ya estaba en sus textos. Y los meta-analistas, como Salvatore, la usan de espejo para mirarnos a nosotros mismos. Cinco maneras de sostener el mismo vacío.

¿Cuál de todas esas posiciones es la correcta? Ninguna. Todas. Depende de qué problema estás tratando de resolver con la pregunta. La pregunta no tiene una respuesta; tiene tantas respuestas como necesidades de certeza hay en la sala.

Lo que sí me parece claro, y esto lo defiendo sin demasiadas reservas, es que la pregunta tiene un valor que trasciende su respuesta. Preguntarle a alguien si cree que vivimos en una simulación es, en el fondo, preguntarle qué tipo de certezas necesita para vivir. Qué lugar le da a la incertidumbre. Si la metafísica le parece un lujo o una necesidad. Y si está dispuesto a coexistir con una pregunta que no tiene respuesta verificable. La pregunta no mide el universo. Mide al que la escucha.

Veintidós personas. Veintidós respuestas. Cero consenso. Y sin embargo la conversación fue siempre fluida, nunca estéril. Eso me dice algo sobre qué preguntas vale la pena hacer. No las que cierran, sino las que abren. No las que entregan una verdad, sino las que devuelven al que pregunta su propia forma de buscarla.

Tal vez ahí está lo único que aprendí en veintidós intentos: que no preguntamos para saber dónde vivimos. Preguntamos para saber quién es el que vive preguntando. La respuesta nunca llega, y está bien que no llegue; la pregunta, mientras viva, nos mantiene despiertos. Y mientras haya alguien dispuesto a quedarse en el umbral sin cerrar la puerta, el velo —llámenlo Maya, llámenlo simulación, llámenlo como quieran— sigue temblando apenas, lo justo para dejar pasar un poco de luz.

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