La ciencia, arte y tecnología detrás de un podcast
Cap. 10 · 12 min de lectura

La pregunta de la simulación

En algún punto de la temporada, sin haberlo planeado del todo, se volvió ritual. Casi al final de cada conversación, cuando ya habíamos dicho lo que veníamos a decir, yo soltaba la misma pregunta: ¿crees que vivimos en una simulación? No era trampa. O no era solo trampa. Era curiosidad genuina mezclada con las ganas de ver qué hacía cada persona con eso. Y lo que apareció no fue una respuesta sobre la naturaleza de la realidad. Fue un retrato de veintidós maneras distintas de pararse frente a lo que no se sabe.

Eso no lo anticipé. Y es lo más interesante que tiene este capítulo.

César Hidalgo fue el más claro. “No, para nada”, me dijo, antes incluso de que yo terminara de formularla. Que la hipótesis no le hace sentido, que es una premisa de películas de ciencia ficción —la Matrix, la Guerra de las Galaxias— interesante como premisa, pero que no tiene por qué ser cierta solo porque sea interesante. César piensa con una velocidad y una precisión que intimidan, hasta que te detienes a notar que detrás de esa velocidad hay algo genuinamente curioso. Su rechazo no era desdén. Era el rechazo del empirista puro: no está dentro de su paradigma de lo plausible, no hay mecanismo, no hay forma de falsarla, y entonces la pregunta no aporta nada operacionalmente útil. Puede ser un juego mental. No una descripción de lo real. Posición honesta. No la comparto del todo, pero la respeto.

Javiera Canales llegó a un lugar parecido por un camino propio. Ella se declara, con todas sus letras, súper cuadrada y súper cuestionadora. “Estas cosas medio esotéricas, medio poladas, no me entran en la cabeza”, me dijo, y enseguida lo llevó al terreno donde se siente cómoda: el de la prueba. “Si a mí me dicen que vivimos en una simulación, te voy a tener cuatro días dándome pruebas de la cuestión, y te voy a estar refutando la cuestión.” A mi juicio, eso no es falta de imaginación. Es disciplina. La capacidad de decir “no sé” y no taparlo con especulación cómoda es una virtud que muchas veces se confunde con estrechez. Y lo más lindo es que la misma Javiera que exige pruebas para la simulación se permite, dos minutos después, una “volada” preciosa sobre el entrelazamiento cuántico y los presentimientos de las madres con sus hijos: las partículas que alguna vez fueron una sola y quedan vinculadas a la distancia. La diferencia es que esa la marca como hipótesis, no como certeza. Sabe exactamente dónde termina lo que puede defender.

Y empezó a pasar algo que recién entendí editando estas conversaciones, ¿me siguen? Cada respuesta era menos sobre el universo y más sobre el que respondía. La pregunta era un espejo y yo, ingenuo, creía estar preguntando por el cosmos.

Alejandra Escandón también me contestó con un “no” radical, pero su no venía de otra parte. No del laboratorio ni de la exigencia de evidencia, sino del cuerpo y del presente. “Yo me siento cada día súper presente y trabajo para estar muy presente”, me dijo. Podemos simular muchas cosas, nuestro cerebro puede simular muchas cosas, pero el aquí y ahora —el ejercicio de hacer grounding, de volver a los sentidos— nos ancla en algo que para ella no necesita demostración porque se vive. “Es un absoluto no para mí porque la vivo, vivo el presente a través de los sentidos.” No es la disciplina del empirista que pide pruebas. Es casi lo contrario: la certeza de quien decide que la pregunta, sea cual sea su respuesta, no cambia nada del único lugar donde se puede habitar, que es este. Me quedé con que su “no” y el de César, idénticos en la palabra, no podían ser más distintos en la raíz.

Arturo Herrera fue al lado opuesto, pero con rigor. Siguió el argumento probabilístico —“hay un tipo, un sueco, que escribió un paper de eso”, me dijo, sin acordarse del nombre; el sueco es Nick Bostrom, aunque Arturo lo cita por la boca de Elon Musk. El argumento es básicamente este: mira los gráficos del Atari del año 87 y mira los juegos de hoy; proyéctalo cien, mil, diez mil años hacia adelante, y en algún punto la realidad y el juego se vuelven indistinguibles. Si eso ya ocurrió alguna vez, entonces existen millones de mundos virtuales y un solo mundo real, y la probabilidad de ser el original es estadísticamente pequeña. No es fe. Es un argumento bayesiano aplicado a la existencia. Y sin embargo Arturo no se entrega del todo: “siguiendo ese razonamiento, yo no voy a hacer nada loco para tratar de demostrar que estoy en lo correcto. Prefiero pensar que estamos en la realidad.” Esa última frase me gusta mucho. La lógica lo empuja hacia el sí, y él elige plantarse en el no, no por refutación sino por voluntad de vivir como si esto fuera lo único que hay. Me pregunté si la filosofía contemporánea encontró en la probabilidad una nueva forma de metafísica, una que la mente científica acepta solo porque viene en formato matemático. La fe regresa, disfrazada de cálculo, por la puerta de atrás. Tal vez siempre estuvo ahí.

Richi García, a su modo, llegó al “sí”, pero desde otro ángulo. Para Richi somos un patrón. “Somos un patrón que tiene un curso y que se repite, no hay nada especial.” La conciencia es un fenómeno emergente de la materia suficientemente compleja, y si eso es así, nada impide que ese patrón emerja en un sustrato computacional igual que emergió en carbono. Lo dijo después de contarme una anécdota mínima y perfecta: iba en auto con su pareja y vieron a dos tipos en una rotonda, uno echando tierra a un hoyo y el otro sacándola, en un loop sin sentido. Un error de la Matrix, pensaron, medio en broma. Pero lo que de verdad lo inquieta no es el loop, es lo que viene después: “lo que sentimos a nivel emocional no tiene la trascendencia que creemos que tiene.” Hay algo que me gusta y algo que me inquieta en esto, a partes iguales. Me gusta su honestidad radical, su negativa a colocarnos en un lugar privilegiado de la jerarquía de lo real. Me inquieta que “nada especial” puede deslizarse, si uno no tiene cuidado, hacia un nihilismo que se siente como lucidez y funciona como anestesia. La misma frase puede ser un acto de humildad o un sedante. Depende de la mano que la sostenga.

Y después está Salfate.

Salfate llegó a la pregunta desde el Advaita Vedanta, la filosofía no-dualista que entiende el mundo material como un velo sobre la realidad última. Dijo que sí, “pero no como una conspiración” —y esa precisión lo es todo. Para esa tradición, la pregunta de si vivimos en una simulación no es nueva ni escandalosa. Es la versión tecnológica de algo que los místicos vienen diciendo hace milenios: que el mundo de las formas no es el mundo definitivo, que el yo individual es una construcción y no una entidad. Me explicó que en el Advaita ni siquiera existe el diablo; lo que nosotros llamaríamos el engaño es Maya, un poder más de Dios, un velo que Dios se pone a sí mismo para poder sentirse “tú” olvidando que es Dios, y así jugar el juego. No estamos atrapados porque alguien nos atrapó. Estamos atrapados en lo que nuestros instrumentos nos dejan ver —“las abejas ven de otra manera”, me dijo—, y a eso lo llamamos realidad. Los dos vocabularios se tocan ahí sin pedir permiso: lo que el ingeniero llama “sustrato computacional” el vedanta lo llama “Maya”, y por un segundo, en el estudio, fueron la misma palabra. Salfate citó a Galeano —el uruguayo, su texto “De Deseo Somos”—, que no es el movimiento obvio en una conversación sobre ontología computacional, pero funcionó de un modo que todavía no sé explicar bien. Hay algo en la poesía que carga más verdad comprimida que muchos argumentos formales. Comprimida. Esa es la palabra. Como si el poema fuera el único formato capaz de guardar lo que el dato pierde al abstraerlo.

Carla Muttoni se quedó en el umbral, y lo dijo sin maquillarlo. “Yo creo que no es una simulación —me dijo—, pero sinceramente, cuando me he metido en estos temas, me ha quedado la duda de si lo es o no.” Se inclina por el no, pero no lo cierra, porque “nada es absoluto y nada es completamente real”. Esa respuesta me parece más honesta que la mayoría de las de los dos extremos. No es evasión. Es reconocer que el límite de tu epistemología es un límite real, no un defecto tuyo. Quedarse en el umbral y no fingir que viste el otro lado. Y lo cerró con una imagen que no me ha soltado: el día en que un personaje de GTA se pregunte si existe algo más allá de lo que experimenta, ¿en qué se va a distinguir de nosotros preguntándonos lo mismo?

Pero la respuesta que cambió todo fue la de Claudio Salvatore. No porque resuelva nada. Porque cambia la pregunta misma.

Claudio dijo que todas las culturas han asociado la estructura de la realidad a su paradigma tecnológico más fuerte. En el siglo XVI el universo era un reloj —“la maquinaria de relojería celestial”, me dijo—, porque la gran maravilla de la época era el reloj. Hoy jugamos juegos de simulación online, entrenamos inteligencias en mundos virtuales, y entonces la hipótesis que emerge es que la realidad es una simulación. “Y después va a ser otra cosa.” No porque la realidad haya cambiado. Porque cambiamos nosotros, y el espejo con el que miramos al cosmos cambió con nosotros. A esto lo llamaremos, para entendernos, el espejo de la época: cada generación no descubre el universo, lo describe con las herramientas que tiene a mano y después confunde la descripción con la cosa. Y Claudio fue más lejos todavía: lo verdaderamente interesante, dijo, no es qué es la realidad —“obviamente no sé qué es”—, sino si podemos llegar a saberlo. Esa es la pregunta que lo desvela. Lo demás son metáforas de la época.

Claudio lo dijo aún más llano: “soy una pulga encima de un perro.” Una pulga, ¿qué idea de perro tiene? No en sentido depresivo. En sentido calibrador. Desde ahí la pregunta de la simulación no desaparece, pero se relativiza. Deja de ser una pregunta sobre la naturaleza última de lo real y pasa a ser una pregunta sobre el momento histórico en que vivimos. La pulga no puede ver al perro entero. Pero puede saber que es pulga, y eso ya es algo. Eso, a mi entender, es casi todo lo que podemos saber.

Me parece uno de los insight que más me abrió la cabeza. Y no viene de un físico. Viene de alguien que piensa desde las humanidades y que tiene la serenidad de no dejarse arrastrar por el hype de los marcos contemporáneos.

Lo que produce la pregunta de la simulación, si uno la escucha despacio, no es una respuesta sobre el universo. Es una clasificación de las almas según cómo se paran frente a lo que no saben. Los empiristas la cierran con elegancia. Los probabilistas la convierten en cálculo, y después, como Arturo, eligen igual la realidad. Los nihilistas la absorben con una ecuanimidad que perturba. Los místicos la incorporan sin drama, como quien escucha que alguien redescubrió algo que ya estaba en sus textos. Los que viven en el cuerpo, como Alejandra, la dejan pasar porque el presente no se les mueve. Y los meta-analistas, como Salvatore, la usan de espejo para mirarnos a nosotros mismos. Tantas maneras de sostener el mismo vacío.

¿Cuál de todas esas posiciones es la correcta? Ninguna. Todas. Depende de qué problema estás tratando de resolver con la pregunta. La pregunta no tiene una respuesta; tiene tantas respuestas como necesidades de certeza hay en la sala.

Lo que sí me parece claro, y esto lo defiendo sin demasiadas reservas, es que la pregunta tiene un valor que trasciende su respuesta. Preguntarle a alguien si cree que vivimos en una simulación es, en el fondo, preguntarle qué tipo de certezas necesita para vivir. Qué lugar le da a la incertidumbre. Si la metafísica le parece un lujo o una necesidad. Y si está dispuesto a coexistir con una pregunta que no tiene respuesta verificable. La pregunta no mide el universo. Mide al que la escucha.

Veintidós personas. Veintidós respuestas. Cero consenso. Y sin embargo la conversación fue siempre fluida, nunca estéril. Eso me dice algo sobre qué preguntas vale la pena hacer. No las que cierran, sino las que abren. No las que entregan una verdad, sino las que devuelven al que pregunta su propia forma de buscarla.

Tal vez ahí está lo único que aprendí en veintidós intentos: que no preguntamos para saber dónde vivimos. Preguntamos para saber quién es el que vive preguntando. La respuesta nunca llega, y está bien que no llegue; la pregunta, mientras viva, nos mantiene despiertos. Y mientras haya alguien dispuesto a quedarse en el umbral sin cerrar la puerta, el velo —llámenlo Maya, llámenlo simulación, llámenlo como quieran— sigue temblando apenas, lo justo para dejar pasar un poco de luz.