La ciencia, arte y tecnología detrás de un podcast
Cap. 05 · 12 min de lectura

Chile sin sueño

Hay frases que escuchas en una conversación y se te quedan pegadas en la guata. No porque sean elegantes —casi siempre no lo son— sino porque nombran algo que ya sabías y nunca te habías atrevido a decir en voz alta. Arturo Herrera la soltó así, casi de pasada, después de irse por las ramas hablando del hidrógeno verde en Magallanes: “para mí el primero es que nos falta un sueño como país. ¿Cuál es el sueño de Chile?” Y se quedó en silencio.

La pregunta me persiguió después de grabar ese episodio —no me dejó tranquilo mientras editaba los otros veinte— en una versión que a lo mejor es peor que la suya. Arturo se pregunta si Chile tiene un sueño. A mí me empezó a rondar otra cosa: si Chile es un país que no sueña, o un país que sueña pero no cree en sus propios sueños. Y la diferencia no es de palabras. Un país que no sueña está dormido, nomás, hay que despertarlo. Un país que sueña pero no se cree el cuento está, a lo mejor, en algo peor: desencantado de sí mismo. Y yo escribo este capítulo desde adentro de ese desencanto, no mirándolo desde la galería; soy tan chileno como el resto, igual de desconfiado, igual de cómodo en la queja.

Mauricio Chiong me habló de algo que en Chile no nombramos bien: la rigidez del dinero viejo. Me lo dijo desde una escuela de negocios cerca de Boston, donde estaba haciendo un programa intensivo y a una hora en tren del MIT, así que hablaba con un pie en cada mundo. “La plata en Chile es una plata muy antigua, es plata industrial”, me dijo, casi con cariño y con rabia a la vez. En Estados Unidos, me explicó, el nuevo dinero legitima al que viene atrás: el que tuvo un exit invierte en el siguiente. A él mismo, sin haber levantado un peso todavía, un tipo que había vendido una compañía de inteligencia artificial le ofreció plata a una valorización de diez o doce millones de dólares. Acá el dinero viejo cierra la puerta. No por maldad, necesariamente —eso sería demasiado fácil—, sino por estructura. Las redes de confianza son endogámicas. Los fondos se mueven entre conocidos, entre primos, entre ex-alumnos del mismo colegio. El riesgo de verdad —apostar por alguien que no conoces, que no es de los tuyos, que no tiene los apellidos correctos— ese riesgo casi no existe. Me carga admitirlo, porque suena a resentimiento, pero Chiong tenía razón.

Lo interesante es que Chiong no venía de ese lado. Estudió en el Instituto Nacional, un colegio público, y entró por selección, “100% por mi mérito”, me lo repitió como tres veces, no por vanidad sino porque le importaba el dato. Y ahí estaba la herida: ese camino que él recorrió —colegio bueno, prueba buena, universidad buena— ya no existe con la misma nitidez. “Hoy en Chile ese camino no está claro”, me dijo. “¿Cuál es el camino para los niños?” Y se quedó pensando en voz alta, enumerando alternativas cada vez más feas, hasta una que me dejó frío: meterse a traficar, o meterse en política, “porque en política tienes trabajos asegurados que te pagan bien y no tienes mucho que hacer.” El sistema educativo chileno, ese que durante los noventa y los dos mil prometió ser el gran ecualizador, se construyó sobre una deuda que las familias de menos recursos todavía están pagando. No metafóricamente. Pagando con plata. La promesa era que la educación abría puertas. Lo que nadie dijo en voz alta fue a qué precio, ni quién se comía los intereses cuando la puerta resultaba ser de cartón piedra.

Claudio Salvatore estudia el poder como un problema de confianza. Me dijo que los chilenos somos malísimos para formar equipos funcionales, “una cultura altamente desconfiada. Nosotros somos tan desconfiados que confiamos en la mamá.” Y cuando lo cuestiona desde sus propios estudios, el caso extremo, el que está sobreestudiado en la literatura de capital social, es China: “los chinos son horrorosamente desconfiados”, y por eso —me explicó— les baja la capacidad de cooperar, no tejen alianzas, quedan débiles, viven asustados como un conejo. Lo que me dejó tiritando fue darme cuenta de que estaba describiéndonos a nosotros sin nombrarnos. Si la confianza es la infraestructura invisible de toda economía creativa, de todo ecosistema, de toda apuesta que se hace en conjunto, entonces el problema no es de superficie. Es de cimientos. Está cagado abajo, donde no se ve.

Antonia González y Carla Muttoni lo dijeron de otra forma, sin coordinarse: para llegar más lejos, hay que irse. Antonia lo planteó derecho, como una realidad que duele pero que no tiene caso negar. Ella es ingeniera biotecnóloga, investiga el Alzheimer y las adicciones, y me confesó que en la academia chilena “Chile es bien pobre” —no tanto de recursos, me corrigió, sino de algo más jodido: de importancia, de la posibilidad de escalar lo que descubres más allá del laboratorio. “Si tú ves su currículum”, me dijo de los pocos científicos chilenos que logran algo grande, “todos se fueron a Estados Unidos, todos se fueron a Europa.” Y ella misma lo tenía clarísimo: “Sí o sí. Yo eso lo tuve claro desde que entré a estudiar.” Sabía, desde el primer día, que aplicar lo que sabe iba a ser “el triple más difícil en Chile que en otra parte.” Carla lo vivió en el cuerpo: economista de origen, después ingeniera aeroespacial, se metió al MIT sin ser estudiante formal —fue a curiosear, literalmente, a jugar con los robots y conversar con los profesores— y de esa visita salió con su primera empresa tecnológica armada. En Chile, me imagino, alguien le habría pedido el carnet. En MIT golpeó una puerta y le dijeron que pasara, que se sentara, que contara qué andaba buscando.

El informe de ManpowerGroup de 2026 dice que el 62% de las empresas chilenas reporta escasez de talento. En tecnología el número se va al 83%. Ochenta y tres por ciento. Y al mismo tiempo tenemos desempleo estructural, jóvenes titulados que no pegan en sus áreas, un sistema universitario que sigue produciendo profesionales para mercados que ya no existen. Chiong lo vio desde el otro lado del mostrador: puso un aviso para una vendedora en su empresa chilena y le llegaron doscientos cincuenta currículums en una semana. “Nadie sabe hacer nada”, me dijo, y le dio risa amarga que tantos pusieran como habilidad que vendían cosas por Instagram. Hasta había contadores auditores, me contó, que no sabían hacer una declaración de impuestos. La paradoja no es abstracta: hay empleos sin gente y gente sin empleos, y el puente entre los dos se llama confianza, mentoring, redes de acceso. Es decir, exactamente las mismas cosas que el dinero viejo dejó con candado.

María José Martabit lo formuló de la manera más esperanzadora que me tocó escuchar. Es abogada, fundadora de Teodora —una empresa que usa inteligencia artificial para detectar sesgos en los datos de las organizaciones, y que lleva ese nombre por la emperatriz Teodora, una figura que en Occidente nadie estudia y que en Oriente es considerada santa, rescatada del olvido por un mosaico en una iglesia de Rávena—. Esa historia, la de alguien borrado de la versión oficial y devuelto por el arte, es su obsesión, y la traslada al país: “no solo como los productores de cobre o de la agricultura”, me dijo, “¿cómo exportamos nuestra inteligencia, nuestro software, nuestras patentes, nuestras invenciones? Tenemos que creer realmente que somos ese país.” Y remató con algo que se me quedó: “si no lo creemos en el colegio, y tú te dices, oye, yo quiero trabajar en Google —hay un chileno, imposible que vaya a trabajar en Google—, ya cortas las alas de toda esa generación.” Esa frase merece que uno se detenga. Chile tiene, por razones que tienen que ver con la geografía y con la herencia geológica que nos tocó, una dependencia histórica del subsuelo. Cobre, litio, salitre antes. Recursos que se sacan, se venden en bruto, y cuyo valor agregado termina engordando a otro, en otra parte del mundo. La pregunta de Martabit —y es tan política como económica— es si podemos hacer lo mismo con el capital humano, pero al revés: agregar el valor acá, exportar la inteligencia ya procesada y no la materia prima.

Es ahí donde la frase de Herrera recién cobra su peso de verdad. No es solo que “nos falte un sueño.” Es que los sueños que sí tenemos los formulamos siempre en términos de lo que ya sabemos hacer. Soñamos con más cobre, no con menos dependencia del cobre. Soñamos con más universidades, no con un sistema educativo distinto. Y mientras tanto perdemos las oportunidades concretas que sí tenemos enfrente: Arturo me contó, todavía con el sabor amargo en la boca, que había vuelto de Magallanes —tierra que se supone va a multiplicar por diez su PIB con el hidrógeno verde— y no había nada. Permisos que llevan años trabados, una empresa que sacó antes la autorización en Uruguay que en Chile, un proyecto de Colbún de mil cuatrocientos millones de dólares, energía limpia, bombear agua con sol, rechazado. “No hay sueño, no hay líder, no hay ejecución”, me dijo. Y lo que le quedó fue la peor de todas las sensaciones: la de la oportunidad perdida, la que tenías ahí, a la mano, y se te escurrió. Soñamos, cuando soñamos, dentro de los bordes de lo conocido, sin asomarnos al borde. Byung-Chul Han diría que somos una sociedad del cansancio, demasiado agotados para imaginar algo radicalmente otro. Yo agregaría algo menos elegante: nos creímos los jaguares de Latinoamérica, nos metieron esa “wea” a toda una generación, y cuando el jaguar no apareció nos quedamos con la soberbia y sin el salto. Apareció el ridículo de habérnoslo creído.

Hay una visión más oscura todavía, y me la dio el mismo Chiong, que no es ningún optimista. Él no ve un país que despierta: ve uno que se polariza. Una minoría que se saca la mugre, paga el cincuenta por ciento en impuestos, mira al lado y dice “yo le estoy pagando la vida a alguien que no hace nada”, y se va. Y una mayoría que se acomoda en el bono, en las cuatro lucas mensuales, “feliz, si no tiene que hacer nada.” No lo dijo con desprecio. Lo dijo con la resignación del que cree que el problema es sistémico y casi imposible de desarmar, porque arreglar la educación que destruimos en dos años toma una generación entera. Me costó escucharlo sin discutirle. Me costó más todavía no darle del todo la razón.

No obstante, algo me llama a no cerrar este capítulo tirado en la resignación, que sería lo cómodo. Porque los 22 episodios, si sirven para algo, sirven para mostrar que hay chilenos y chilenas que sueñan con la ferocidad del que no tiene alternativa. Carla Muttoni metiéndose al MIT sin pedir permiso. Javiera Canales aprendiendo computación cuántica sola, a pulso, a las tres de la mañana. Ángela Bastías inventando una técnica de bordado que antes no existía —el bordado fungifloral, que la gente googleaba sin encontrar nada porque no había nada que encontrar, solo su Instagram—. Kiko García, que después de décadas en el mundo social me dijo que él era, por sobre todo, “un tipo que eligió la alegría como su motor de vida”, cuando casi todos eligen el resultado. Son piezas sueltas, ya sé. Son excepciones, me dirá alguien. Pero las excepciones también son datos, y a mí me tocó sentarme frente a cada una de ellas.

La pregunta que no tengo cómo responder es si esas excepciones existen a pesar del sistema o en sus márgenes. Si lo que producen es inspiración individual —que se evapora— o si pueden cuajar en algo más colectivo, algo que se quede. Si Chile tiene la capacidad institucional, la confianza, el capital social, la red de redes, para convertir esas chispas en algo que no se apague al primer viento.

Tal vez lo que nos falta no es el sueño. Tal vez lo que nos falta es creer que soñar juntos es posible, que el de al lado no te va a clavar el cuchillo apenas te des vuelta. Y esa es una distancia mucho más difícil de recorrer que cualquier reforma educativa o cualquier política de innovación con power point bonito. Es una distancia interior. Colectiva, pero interior, que es lo jodido del asunto.

No sé si Chile lo va a lograr. Tampoco sé si la pregunta correcta es esa. Lo que sí sé es que me senté 22 veces a escuchar a gente que todavía se atreve, y algo se me contagió mientras editaba; salí con menos certeza y con más ganas, que a lo mejor es lo único honesto que uno puede pedirle a una conversación. (Y capaz que ese contagio —esa intranquilidad nueva que no me deja dormir— ya sea algo. No el sueño todavía. Pero las ganas, que es por donde se parte.)