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Cap. 05 · 8 min de lectura

Chile sin sueño

Hay frases que escuchas en una conversación y se te quedan pegadas en la guata. No porque sean elegantes —casi siempre no lo son— sino porque nombran algo que ya sabías y nunca te habías atrevido a decir en voz alta. Arturo Herrera la soltó casi de pasada, como quien comenta el clima: “nos falta un sueño como país.” María José Martabit la repitió en el episodio 22, meses más tarde, sin haber cruzado jamás una palabra con Arturo. Dos personas distintas, dos trayectorias que no se tocan, la misma frase. Eso no es coincidencia. Eso es diagnóstico.

La pregunta que me quedó dando vueltas después de grabar esos dos episodios —y que no me dejó tranquilo mientras editaba los otros veinte— es si Chile es un país que no sueña, o un país que sueña pero no cree en sus propios sueños. Y la diferencia no es de palabras. Un país que no sueña está dormido, nomás, hay que despertarlo. Un país que sueña pero no se cree el cuento está, a lo mejor, en algo peor: desencantado de sí mismo. Y yo escribo este capítulo desde adentro de ese desencanto, no mirándolo desde la galería; soy tan chileno como el resto, igual de desconfiado, igual de cómodo en la queja.

Mauricio Chiong me habló de algo que en Chile no nombramos bien: la rigidez del dinero viejo. En Estados Unidos, me explicó, existe una cultura donde el nuevo dinero legitima al que viene atrás. El que hizo fortuna quiere que el siguiente también pueda hacerla. Acá el dinero viejo cierra la puerta. No por maldad, necesariamente —eso sería demasiado fácil—, sino por estructura. Las redes de confianza son endogámicas. Los fondos se mueven entre conocidos, entre primos, entre ex-alumnos del mismo colegio. El riesgo de verdad —apostar por alguien que no conoces, que no es de los tuyos, que no tiene los apellidos correctos— ese riesgo casi no existe. Me carga admitirlo, porque suena a resentimiento, pero Chiong tenía razón.

(Y acá una confesión, porque si no esto se vuelve un sermón: yo me eduqué en uno de esos colegios. Yo soy, en parte, una de esas redes que critico. La movilidad social la analizo desde el lado cómodo del puente.)

El resultado concreto es lo que él llamó el colapso de la movilidad social. Y esto no es percepción ni mala onda: es estructura, otra vez. El sistema educativo chileno, ese que durante los noventa y los dos mil prometió ser el gran ecualizador, se construyó sobre una deuda que las familias de menos recursos todavía están pagando. No metafóricamente. Pagando con plata. La promesa era que la educación abría puertas. Lo que nadie dijo en voz alta fue a qué precio, ni quién se comía los intereses cuando la puerta resultaba ser de cartón piedra.

Claudio Salvatore —y acá me detengo, porque esto me dejó pensando más que ninguna otra cosa en 22 episodios— dijo que Chile es más desconfiado que China en los estudios de capital social. Más que China. Somos un país que desconfía de los suyos con una eficiencia digna de exportación. Y si la confianza es la infraestructura invisible de toda economía creativa, de todo ecosistema, de toda apuesta que se hace en conjunto, entonces el problema no es de superficie. Es de cimientos. Está cagado abajo, donde no se ve.

Antonia González y Carla Muttoni lo dijeron de otra forma, sin coordinarse: para llegar más lejos, hay que irse. Antonia lo planteó derecho, como una realidad que duele pero que no tiene caso negar. Si eres mujer en ciencia en Chile, las barreras institucionales son reales, no son sensación térmica. Carla lo vivió en el cuerpo: entró al MIT sin ser estudiante formal, a los 37, caminando por pasillos que no eran suyos porque nadie le había dicho de manera explícita que podía estar ahí. En Chile, me imagino, alguien le habría pedido el carnet. En MIT golpeó una puerta y le dijeron que pasara, que se sentara, que contara qué andaba buscando.

Y acá tengo una tensión que no sé resolver, así que la dejo abierta. Porque también está el dato que contradice toda la narrativa del país en fuga: Argentina está en crisis científica y sus talentos se están viniendo para Chile. Chile, para algunos, es el destino de la migración intelectual, el lugar al que se llega. Y al mismo tiempo Chile pierde a los propios, los expulsa. Somos imán y centrifugadora a la vez, según a quién le preguntes. No tengo idea qué concluir de eso, en serio. Lo dejo ahí.

El informe de ManpowerGroup de 2026 dice que el 62% de las empresas chilenas reporta escasez de talento. En tecnología el número se va al 83%. Ochenta y tres por ciento. Y al mismo tiempo tenemos desempleo estructural, jóvenes titulados que no pegan en sus áreas, un sistema universitario que sigue produciendo profesionales para mercados que ya no existen. La paradoja no es abstracta: hay empleos sin gente y gente sin empleos, y el puente entre los dos se llama confianza, mentoring, redes de acceso. Es decir, exactamente las mismas cosas que el dinero viejo dejó con candado.

(Me doy cuenta de que llevo cuatro párrafos tirando cifras y nombres de invitados como si eso por sí solo arreglara algo. No arregla nada. A mí me encanta ponerme técnico, citar el informe, sonar riguroso, cuando en el fondo la pregunta es mucho más simple y más fea: por qué no nos creemos capaces.)

María José Martabit lo formuló de la manera más esperanzadora que escuché en todo el podcast: “queremos ser el país que exporta inteligencia, no solo cobre.” Esa frase merece que uno se detenga. Chile tiene, por razones que tienen que ver con la geografía y con la herencia geológica que nos tocó, una dependencia histórica del subsuelo. Cobre, litio, salitre antes. Recursos que se sacan, se venden en bruto, y cuyo valor agregado termina engordando a otro, en otra parte del mundo. La pregunta de Martabit —y es tan política como económica— es si podemos hacer lo mismo con el capital humano, pero al revés: agregar el valor acá, exportar la inteligencia ya procesada y no la materia prima.

Y acá es donde la frase de Herrera y de Martabit recién cobra su peso de verdad. No es solo que “nos falte un sueño.” Es que los sueños que sí tenemos los formulamos siempre en términos de lo que ya sabemos hacer. Soñamos con más cobre, no con menos dependencia del cobre. Soñamos con más universidades, no con un sistema educativo distinto. Soñamos, cuando soñamos, dentro de los bordes de lo conocido, sin asomarnos al borde. Byung-Chul Han diría que somos una sociedad del cansancio, demasiado agotados para imaginar algo radicalmente otro. Yo agregaría algo menos elegante: nos creímos los jaguares de Latinoamérica, nos metieron esa wea a toda una generación, y cuando el jaguar no apareció nos quedamos con la soberbia y sin el salto. Apareció el ridículo de habérnoslo creído.

No obstante, algo me llama a no cerrar este capítulo tirado en la resignación, que sería lo cómodo. Porque los 22 episodios, si sirven para algo, sirven para mostrar que hay chilenos y chilenas que sueñan con la ferocidad del que no tiene alternativa. Carla Muttoni caminando por el MIT sin pedir permiso. Javiera Canales aprendiendo computación cuántica sola, a pulso. Ángela Bastías inventando una técnica textil que antes no existía. Kiko García eligiendo la alegría como motor cuando casi todos eligen el resultado. Son piezas sueltas, ya sé. Son excepciones, me dirá alguien. Pero las excepciones también son datos, y a mí me tocó sentarme frente a cada una de ellas.

La pregunta que no tengo cómo responder es si esas excepciones existen a pesar del sistema o en sus márgenes. Si lo que producen es inspiración individual —que se evapora— o si pueden cuajar en algo más colectivo, algo que se quede. Si Chile tiene la capacidad institucional, la confianza, el capital social, la red de redes, para convertir esas chispas en algo que no se apague al primer viento.

Tal vez lo que nos falta no es el sueño. Tal vez lo que nos falta es creer que soñar juntos es posible, que el de al lado no te va a clavar el cuchillo apenas te des vuelta. Y esa es una distancia mucho más difícil de recorrer que cualquier reforma educativa o cualquier política de innovación con power point bonito. Es una distancia interior. Colectiva, pero interior, que es lo jodido del asunto.

No sé si Chile lo va a lograr. Tampoco sé si la pregunta correcta es esa. Lo que sí sé es que me senté 22 veces a escuchar a gente que todavía se atreve, y algo se me contagió mientras editaba; salí con menos certeza y con más ganas, que a lo mejor es lo único honesto que uno puede pedirle a una conversación. (Y capaz que ese contagio, esa intranquilidad nueva que no me deja dormir, sea el primer paso para creérmelo.)

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