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Cap. 09 · 8 min de lectura

El espacio entre las estrellas y las neuronas

El hierro que corre por tu sangre se cocinó en el núcleo de una estrella que explotó hace miles de millones de años. Carl Shneider lo dijo con esa calma de físico que convive hace rato con escalas que no caben en la cabeza, y yo me quedé mirando el techo. No es metáfora. Es química, es astrofísica, es una de esas verdades que cuando las escuchas por primera vez tu cerebro hace el movimiento raro de fingir que ya las sabía. Porque si de verdad la procesara entera, tendrías que parar lo que estás haciendo. Y nadie quiere parar.

Yo paré. Me quedé mirando el techo, en serio, como un weón.

Lo que Carl añadió después es lo que de verdad me dejó dando vueltas: que somos, al mismo tiempo, insignificantes y significativos. Las dos cosas, juntas, sin que una cancele a la otra. La enormidad del universo no nos achica. Nos complica. Y prefiero mil veces estar complicado que estar achicado.

(Acá tengo que confesar algo, porque si no esto se vuelve un desfile de científicos brillantes mirados desde la galería, y yo soy el de la silla, el que pregunta. A mí me encanta ponerme cósmico justo cuando lo que tengo pendiente es algo chiquitito y terrestre. Lo digo y sigo.)

Pienso en el Dr. Seuss. En Horton Hears a Who, específicamente. Un elefante escucha voces en un grano de polvo. Adentro del grano hay una civilización entera gritando “¡Somos!” al cosmos, y nadie les cree, nadie puede oírlos salvo Horton, que tiene la delicadeza de prestarle atención a lo pequeño. Shneider usó esa analogía sin ningún pudor de citar un libro de niños en una conversación sobre astrofísica, y yo lo anoté como el gesto de alguien que entendió que la mejor manera de hablar de lo enorme es a través de lo sencillo. Tal vez toda la física teórica debería volver al Dr. Seuss. Tal vez ya está ahí y no nos dimos cuenta.

Y acá hay algo que se me fue armando mientras Carl hablaba, y que voy a llamar, para entendernos, la falacia de la escala: creemos que lo más grande es lo más importante. Que trece mil ochocientos millones de años pesan más que lo que ocurre en una neurona de una persona en Santiago un martes a las cinco de la tarde. Y no. La escala no implica jerarquía. Eso es lo que no termino de digerir.

Antonia González, en el episodio sobre el cerebro, le puso estructura a esa intuición que yo tenía suelta. Dijo que el cerebro se parece al universo no solo en la imagen —esa foto que circula, el cerebro y la red de filamentos galácticos casi calcados— sino en la morfología misma. Las redes neuronales y las redes cósmicas tienen una forma casi idéntica. Y lo que no sabemos de uno es proporcional a lo que no sabemos del otro. El espacio que queda entre una neurona y otra es, a su escala, tan misterioso como el espacio intergaláctico. Ahí, en ese intersticio, vive el título de este capítulo: el espacio entre las estrellas y las neuronas, que es el mismo espacio, mirado con dos zooms distintos.

Lo que no sabemos, dicho sea de paso, es la parte más honesta de cualquier conversación científica. Es la única que nunca miente.

Antonia hablaba de organoides. Esas estructuritas de tejido cerebral que se cultivan en laboratorio y que, con el tiempo suficiente, empiezan a desarrollar algo parecido a actividad eléctrica espontánea. No son cerebros. Pero tampoco son nada simple. Y la pregunta que flota sobre ese laboratorio, sin que nadie la diga en voz alta porque decirla da vértigo, es: ¿en qué momento algo empieza a tener experiencia? ¿Hay alguien ahí adentro? ¿Le importa estar ahí? La distinción entre cerebro, mente y consciencia, que Antonia planteó con una precisión que a mí me faltaba, es tal vez la pregunta más urgente del siglo. Más urgente, incluso, que la de la IA, porque la IA la incluye. Si no sabemos qué es la consciencia en nosotros, no vamos a saber si la estamos creando en otra cosa. Y la vamos a crear igual.

(Pongo esto acá medio al lote: hace años que arrastro la sospecha de que somos información que se agrupó como cuerpo. Que el cuerpo es un traje. No tengo ningún fundamento para sostenerlo, es un ejercicio personal de entendimiento, pero los organoides de Antonia le echaron bencina. Algo se prende cuando hay suficiente materia organizada de cierta forma. Y eso, no sé, me parece la cosa más espiritual y más mecánica al mismo tiempo. Sigo.)

Retomando lo cósmico. Carla Muttoni dijo algo que me parece de las intervenciones más honestas de toda la temporada. Estábamos hablando de exploración espacial, de la carrera privada hacia Marte, de la romantización del espacio como última frontera humana, y Carla, que trabaja en robótica espacial y por tanto tiene todas las credenciales para romantizar si quisiera, no romantizó ni una. Dijo que le preocupa que estemos llevando al espacio los mismos patrones extractivistas que usamos acá. Que ya hay basura orbital. Que el espacio no está vacío, y que la falta de una regulación internacional efectiva nos está dejando repetir los mismos errores, pero con más velocidad y más escala.

Me carga cuando la ciencia se presenta como la solución automática a los problemas que la misma ciencia ayudó a crear. No es una crítica a la ciencia —yo la admiro, la consumo, hice un podcast entero corriendo detrás de ella—; es una crítica a cierta arrogancia que a veces la rodea, y de la que, seamos honestos, yo también participo cada vez que pongo cara de fascinación frente a una promesa tecnológica que no terminé de entender.

Carla introdujo el adjacent possible, el concepto que Stuart Kauffman desarrolló para explicar que la evolución no da saltos arbitrarios, sino que avanza por las posibilidades que están justo al borde de lo que ya existe. Lo que puede pasar ahora está determinado por lo que existe ahora. Nada ocurre en un vacío de antecedentes. Y a esto, mientras lo escuchaba, lo bauticé en mi cabeza como el borde de lo posible: no hay salto sin un trampolín previo. Me parece una idea hermosa y perturbadora a la vez, porque implica que la innovación no es tan libre como nos gusta creer, y también que lo que hagamos hoy delimita los bordes de lo que se podrá hacer mañana. No es determinismo. Pero tampoco es libertad absoluta. Es algo más interesante que las dos, algo intermedio que no tiene buen nombre todavía.

Y después está Andrés Moreno y la bacteria que aprendió a comer plástico. La Petase. Una bacteria que evolucionó, de forma natural, para descomponer PET; el mismo plástico de las botellas de agua. Lo hizo porque la inundamos de ese material. Cambiamos la naturaleza de tal manera que la naturaleza tuvo que adaptarse a nosotros. Por lo tanto —y este es el salto que no me puedo sacar de encima— ya no somos solo los que influyen sobre la naturaleza. Somos una presión evolutiva para ella. No somos externos al sistema. Somos parte del sistema que modifica el sistema, que a su vez nos modifica de vuelta. El CRISPR va en la misma dirección: editar el código de lo vivo como si fueran líneas de software, y la pregunta no es si podemos hacerlo, sino si entendemos lo suficiente como para hacerlo sin meter la pata de un modo que después no se pueda deshacer.

Le pregunté a Andrés, directo, si la tecnología nos iba a sacar de esta. Y él me lo devolvió convertido en una pregunta mejor: no lo sé, me dijo. No lo sé. Y esa honestidad me pareció más valiosa que cualquier proyección optimista de las que abundan en LinkedIn, donde todo se va a resolver el próximo trimestre.

Ramanujan aparece acá porque no puede no aparecer. El matemático indio que desarrolló algunas de las fórmulas más complejas de la historia, sin entrenamiento formal, a partir de visiones que le atribuía a una diosa. Carl lo trajo a la conversación como ejemplo de que la creatividad en la ciencia no siempre sigue el camino esperado, que la inspiración no es un lujo literario sino una perturbación real del pensamiento. Ramanujan no hacía matemáticas a pesar de su mitología hinduista. La hacía a través de ella. La forma importa. El marco cultural importa. De dónde vienes importa, incluso cuando estás calculando números que, en teoría, no le deben nada a nadie.

Si junto todo esto —Shneider y la estrella, Antonia y el organoide, Carla y la basura orbital, Andrés y la bacteria, Ramanujan y la diosa— lo que aparece no es un mapa de la ciencia. Es una sola intuición vestida de cinco maneras: que no estamos afuera mirando. Que el observador es parte de lo observado, esté mirando una galaxia o una neurona o un grano de polvo donde alguien grita “¡Somos!”.

(Y hay una pregunta que no le hice a ninguno de ellos, porque me dio cosa, pero que resonó episodio tras episodio: ¿estamos mirando hacia afuera, hacia el cosmos y hacia el cerebro ajeno, para no tener que mirar hacia adentro? ¿La curiosidad por lo grande no será, a veces, una huida elegante de lo pequeño, de lo inmediato, de lo que tengo pendiente conmigo mismo un domingo cualquiera? El del micrófono también andaba con esa pregunta apretada. Tal vez por eso la hizo el podcast entero, sin darse cuenta.)

No tengo la respuesta. Pero sospecho que la mejor ciencia no esquiva esa pregunta: la incluye. Y que el espacio entre la estrella y la neurona, ese intersticio oscuro que no sabemos llenar, es exactamente donde seguimos siendo, todavía, una cosa que vibra y se pregunta por sí misma.

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