La ciencia, arte y tecnología detrás de un podcast
Cap. 09 · 11 min de lectura

El espacio entre las estrellas y las neuronas

El hierro que corre por tu sangre se cocinó en el núcleo de una estrella que explotó hace miles de millones de años. Carl Shneider lo trajo a la conversación citando a Carl Sagan, con esa calma de físico que convive hace rato con escalas que no caben en la cabeza, y yo me quedé mirando el techo. No es metáfora. El hierro se sintetiza adentro de las estrellas, y cuando esas estrellas estallan en supernova lo liberan al espacio; lo que tenemos en la sangre es, literalmente, ceniza estelar reciclada. Es una de esas verdades que cuando las escuchas por primera vez tu cerebro hace el movimiento raro de fingir que ya las sabía. Porque si de verdad la procesara entera, tendrías que parar lo que estás haciendo. Y nadie quiere parar.

Lo que Carl añadió después es lo que de verdad se me quedó prendido. Estaba enumerando los números que no se pueden imaginar —diez elevado a no sé cuánto de estrellas en una galaxia, diez elevado a no sé cuánto de galaxias en el universo— y en medio de esa enormidad concluyó que somos, al mismo tiempo, muy insignificantes y muy significativos. Las dos cosas, juntas, sin que una cancele a la otra. La enormidad del universo no nos achica. Nos complica. Y prefiero mil veces estar complicado que estar achicado.

Pienso en el Dr. Seuss. En Horton Hears a Who!, específicamente. Un elefante escucha voces en un grano de polvo. Adentro del grano hay una civilización entera gritando “¡Somos!” al cosmos, y nadie les cree, todos quieren quemar y destruir esa mota porque están convencidos de que Horton inventó la voz; nadie puede oírlos salvo él, que tiene la delicadeza de prestarle atención a lo pequeño. Shneider usó esa analogía sin ningún pudor de citar una película de niños —con el elefante que dobla Jim Carrey— en una conversación sobre astrofísica, y lo había traído precisamente desde donde se ponía cósmico: un sistema solar entero, decía, podría ser un grano de polvo flotando por el universo, igualito al de Horton. Yo lo anoté como el gesto de alguien que entendió que la mejor manera de hablar de lo enorme es a través de lo sencillo. Tal vez toda la física teórica debería volver al Dr. Seuss. Tal vez ya está ahí y no nos dimos cuenta.

Algo se me fue armando mientras Carl hablaba, y lo voy a llamar, para entendernos, la falacia de la escala: creemos que lo más grande es lo más importante. Que trece mil ochocientos millones de años pesan más que lo que ocurre en una neurona de una persona en Santiago un martes a las cinco de la tarde. Y no. La escala no implica jerarquía. Eso es lo que no termino de digerir.

Antonia González, en el episodio sobre el cerebro, le puso palabras a esa intuición que yo tenía suelta, aunque por un camino más honesto que el mío. Yo le tiraba la idea grandilocuente —que el cerebro y el universo se parecen— y ella la aterrizaba: lo que de verdad comparten, me dijo, es la proporción de lo que ignoramos. Del cerebro sabemos un montón, y nos queda por descubrir un montón más; del universo, igual. El espacio que queda entre una neurona y otra es, a su escala, tan misterioso como el espacio intergaláctico. Ahí, en ese intersticio, vive el título de este capítulo: el espacio entre las estrellas y las neuronas, que es el mismo espacio, mirado con dos zooms distintos.

Lo que no sabemos, dicho sea de paso, es la parte más honesta de cualquier conversación científica. Es la única que nunca miente.

Antonia hablaba de organoides. Esas estructuritas de tejido que se cultivan en laboratorio a partir de células no diferenciadas —células que todavía pueden llegar a ser cualquier cosa— y que, organizadas de cierta forma, terminan siendo algo así como un mini cerebro. Sirven para hacer pruebas que de otro modo habría que hacer en animales. No son cerebros. Pero tampoco son nada simple. Y la pregunta que flota sobre ese laboratorio, sin que nadie la diga en voz alta porque decirla da vértigo, es: ¿en qué momento algo empieza a tener experiencia? ¿Hay alguien ahí adentro? ¿Le importa estar ahí?

Le pregunté a Antonia, directo, cuál era la diferencia entre cerebro, mente y consciencia. Y lo más valioso que me dio no fue una definición: fue que no la tenía. Me dijo, con todas sus letras, que desde su área no podía trazarme esa línea, que entre los científicos esos temas casi no se conversan, que ella sentía que la diferencia existía pero no sabía nombrarla. Esa incomodidad suya, ese “no sé” dicho sin sonrisita defensiva, me pareció la pregunta más urgente del siglo. Más urgente, incluso, que la de la IA, porque la IA la incluye. Si no sabemos qué es la consciencia en nosotros, no vamos a saber si la estamos creando en otra cosa. Y la vamos a crear igual.

Retomando lo cósmico. Carla Muttoni dijo algo que me parece de las intervenciones más honestas que me tocó grabar. Estábamos hablando de exploración espacial, de la carrera privada hacia Marte, de la romantización del espacio como última frontera humana, y Carla, que trabaja en robótica espacial y por tanto tiene todas las credenciales para romantizar si quisiera, no romantizó ni una. Me dijo que muchas de las startups y muchos de los emprendedores de la industria espacial están, en el fondo, repitiendo lo que ya hicimos en la Tierra: explotar por explotar, por el solo afán de llegar primero y sacar plata. Que ya hay basura orbital, desecho espacial acumulándose, y que seguimos mandando satélites y cohetes sin preguntarnos cómo estamos contaminando allá afuera. Que el espacio no está vacío. Y que la falta de una regulación internacional efectiva —me contó que Estados Unidos ya tiene una ley donde los recursos del espacio son del primero que los tome, y que Luxemburgo atrae startups con una estrategia puramente comercial, sin un solo requisito sobre el daño— nos está dejando repetir los mismos errores, pero con más velocidad y más escala.

Y lo dijo desde un lugar que me rondó varios días: no estamos calculando qué seres, qué formas de vida, qué maneras de existir podríamos estar dañando al poner un cohete en la Luna o un rover en Marte. Lo seguimos pensando desde el ego, desde la arrogancia del ser humano. Era una pregunta que yo nunca me había hecho —si acaso deberíamos quedarnos en el espacio, no solo visitarlo— y que abrió en mi cabeza toda una discusión que hoy casi no existe: la de una ética espacial. Cómo expandirnos siendo, en teoría, más conscientes que Cristóbal Colón.

Me carga cuando la ciencia se presenta como la solución automática a los problemas que la misma ciencia ayudó a crear. No es una crítica a la ciencia —yo la admiro, la consumo, hice un podcast entero corriendo detrás de ella—; es una crítica a cierta arrogancia que a veces la rodea, y de la que, seamos honestos, yo también participo cada vez que pongo cara de fascinación frente a una promesa tecnológica que no terminé de entender.

Hay un concepto que encontré por mi cuenta, casi de chiripa, buscando otra cosa que no tenía nada que ver, y que terminó dándole nombre al episodio de Carla: lo posible adyacente. La idea de que nada ocurre en un vacío de antecedentes, de que lo que puede pasar ahora está determinado por lo que existe ahora, y de que la innovación avanza por las posibilidades que están justo al borde de lo que ya hay. Cuando se lo planté a Carla, calzó perfecto con su historia: una mujer de Latinoamérica que se metió a la robótica espacial cuando la gente todavía se reía como si fuera ciencia ficción, y que avanzó moviéndose siempre por el borde de lo que tenía al alcance —una visita de curiosa al MIT Media Lab que terminó en su primera empresa tecnológica, un viaje que le abrió la cabeza, una conversación que le transfirió el conocimiento que de otro modo no le habría llegado. No hay salto sin un trampolín previo. Me parece una idea hermosa y perturbadora a la vez, porque implica que la innovación no es tan libre como nos gusta creer, y también que lo que hagamos hoy delimita los bordes de lo que se podrá hacer mañana. No es determinismo. Pero tampoco es libertad absoluta. Es algo más interesante que las dos, algo intermedio que no tiene buen nombre todavía.

Y después está Andrés Moreno y la bacteria que aprendió a comer plástico. La enzima se llama PETasa, y la produce una bacteria —Ideonella sakaiensis— que evolucionó, de forma natural, para descomponer PET; el mismo plástico de las botellas de agua. Lo hizo porque la inundamos de ese material. Moreno me lo contó con una incomodidad que no quiso disimular: le parecía triste, dijo, que hayamos cambiado tanto la naturaleza que una bacteria tuviera que evolucionar un mecanismo para comerse nuestra basura. Cambiamos la naturaleza de tal manera que la naturaleza tuvo que adaptarse a nosotros. Por lo tanto —y esto es lo que no me puedo sacar de encima— ya no somos solo los que influyen sobre la naturaleza. Somos una presión evolutiva para ella. No somos externos al sistema. Somos parte del sistema que modifica el sistema, que a su vez nos modifica de vuelta.

Le pregunté a Andrés, directo, si la tecnología nos iba a sacar de esta. Y él me lo devolvió mejor: no lo sé, me dijo. No lo sé. No de corto plazo, capaz que de mediano o largo, porque trabajar con biología es meterse en un universo donde muchas cosas ni siquiera sabemos por qué pasan; a veces sigues el protocolo al pie de la letra, cruzas los dedos, y no funciona, y no sabes por qué. Esa honestidad me pareció más valiosa que cualquier proyección optimista de las que abundan en LinkedIn, donde todo se va a resolver el próximo trimestre.

Ramanujan aparece acá porque no puede no aparecer. El matemático indio que desarrolló, autodidacta, una rama entera de las matemáticas, inspirado por los mitos de su tradición hindú —no a pesar de ellos, sino a través de ellos. Carl lo trajo a la conversación como ejemplo de que la creatividad en la ciencia no siempre sigue el camino esperado, de que a veces uno necesita esas perturbaciones, esas narrativas poderosas, para no quedarse repitiendo lo que ya sabe. Que la inspiración no es un lujo literario sino una perturbación real del pensamiento, un empujón que te dice “hay más, hay mucho más, y ni siquiera sé cómo”. La forma importa. El marco cultural importa. De dónde vienes importa, incluso cuando estás calculando números que, en teoría, no le deben nada a nadie.

Si junto todo esto —Shneider y la estrella, Antonia y el organoide, Carla y la basura orbital, Andrés y la bacteria, Ramanujan y sus dioses— lo que aparece no es un mapa de la ciencia. Es una sola intuición vestida de cinco maneras: que no estamos afuera mirando. Que el observador es parte de lo observado, esté mirando una galaxia o una neurona o un grano de polvo donde alguien grita “¡Somos!”.

Carl lo dijo de otra forma, casi al final, y se me quedó: el lenguaje, los modelos, la mitología, la ciencia, son todos intentos de mapear la realidad en algo que podamos entender. Y ningún modelo es perfecto. Todos los modelos son útiles, pero todos son una aproximación. La realidad siempre queda un poco afuera del mapa.

No tengo la respuesta. Pero sospecho que la mejor ciencia no esquiva esa pregunta: la incluye. Y que el espacio entre la estrella y la neurona, ese intersticio oscuro que no sabemos llenar, es exactamente donde seguimos siendo, todavía, una cosa que vibra y se pregunta por sí misma.