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Cap. 02 · 7 min de lectura

El código editable

Andrés Moreno me dijo que una célula es, en muchos sentidos, una computadora. Tiene entradas y salidas. Procesa información. Ejecuta instrucciones escritas en un lenguaje que llevamos décadas aprendiendo a leer. Y ahora, gracias a CRISPR, llegamos al punto en que no solo lo leemos: lo editamos. Lo dijo sin énfasis, como quien comenta el clima, como si fuera un hecho de todos los días. Para él supongo que lo es.

A mí me dejó callado un rato. Seguí la conversación de la boca para afuera, pero una parte mía se quedó atascada ahí, masticando la frase. Si la célula es una computadora, la vida es software. Y si la vida es software, entonces todo lo que sabemos sobre bugs, sobre updates, sobre vulnerabilidades, sobre la responsabilidad de quien escribe el código, aplica también a la biología. Así de simple. Y así de desconcertante.

(Acá conviene que confiese algo de entrada, porque si no esto se vuelve un desfile de gente brillante mirada desde la galería: yo no edito genes ni entiendo de verdad lo que pasa adentro de una pipeta. Soy el de la silla, el que pregunta. Y a mí, seamos honestos, me encanta ponerme metafísico justo cuando el invitado me está explicando algo concreto y técnico.)

La metáfora computacional de la biología no la inventamos en el episodio. Desde que Watson y Crick describieron la doble hélice en 1953, hay una tensión que tira para los dos lados entre el lenguaje de la genética y el de la informática. El ADN como código fuente, la transcripción como compilación, las proteínas como programas que se ejecutan. Lo que CRISPR cambió, hacia 2012, no fue la metáfora sino las consecuencias de tomarla en serio. Antes leíamos el código. Ahora lo editamos. Esa diferencia parece técnica. No lo es. Es filosófica, ética, política, todas esas cosas a la vez y ninguna por separado.

La pregunta que Moreno dejó abierta, tal vez sin querer, es la pregunta sobre los límites del editor. ¿Qué se edita y qué no? ¿Quién decide? ¿Con qué criterio? La biotecnología avanza con una lógica que se parece harto a la del software: si se puede hacer, se hace, y las implicancias éticas se conversan después. O no se conversan. O se vuelven una burocracia regulatoria que llega siempre diez años tarde.

(Tengo la sospecha de que ese “si se puede, se hace” es el patrón más peligroso de nuestra época. Pero no me quiero ir por ahí todavía.)

Antonia González llegó al episodio 7 desde otra orilla del mismo río. Ella trabaja en neurociencia, en el estudio de la proteína tau y su rol en el Alzheimer. Y la diferencia de fondo entre editar genes y estudiar el cerebro que envejece es una diferencia de reversibilidad. CRISPR puede, en teoría, corregir una secuencia mala antes de que haga daño. La neurona muerta no vuelve. Una vez que el tejido neuronal se pierde, ese capítulo se cierra y no se reabre. No hay commit que revierta el cambio. No hay git blame que te diga cuándo empezó el error. Y mientras Antonia lo explicaba yo pensaba, medio de costado, en mis propios viejos. En que ese código se va borrando y nadie escribió el backup.

Después Antonia habló de la meditación como neuroprotector, y lo hizo con una seriedad que me agarró desprevenido. No por escepticismo. Por sorpresa: era la primera vez que escuchaba a alguien del campo duro de las neurociencias decir algo así sin la sonrisita irónica. La idea de que las prácticas contemplativas pueden proteger la arquitectura neuronal del deterioro no es nueva en la tradición budista, que lleva siglos afirmando exactamente eso. Lo nuevo es que la neurociencia hoy tiene con qué observarlo. Que el código del cerebro se preserva mejor si uno se sienta callado un rato, todos los días. Hay algo en eso que, a mi juicio, dice más sobre la naturaleza del código que sobre la meditación.

Porque el código biológico no es como el de software en algo crucial: responde a su entorno. No es estático. Se expresa, se silencia, se modifica según lo que le pasa al organismo que lo carga. Eso que la epigenética lleva décadas documentando le pega fuerte a la metáfora computacional. Si el código fuente cambia según el contexto, entonces la arquitectura del software está equivocada como modelo. Tal vez la analogía correcta no es un programa. Tal vez es una conversación.

(De hecho, parte de mi impulso para escribir Homeostatic Alignment —vincularlo con el paper— nace de esta misma premisa: que tenemos que cambiar la arquitectura de alineación y dejar de hablar desde los mandamientos. Lo confieso medio incómodo, porque ahí estoy yo metiendo mi propia agenda en medio de la conversación de otra persona, que es justo lo que critico cuando lo hacen los demás.)

Javiera Canales llegó al episodio 13 con una historia que me pareció, honestamente, de película. Es la única persona que en la conferencia Q2B de computación cuántica había escrito código cuántico de verdad. No fue como observadora ni representando a ninguna institución. Fue porque sabía más que la mayoría. Y lo había aprendido sola, fuera de los canales formales, siguiendo la curiosidad con esa lógica no lineal con que uno aprende cualquier cosa cuando le importa en serio.

La computación cuántica es, de alguna forma, el siguiente nivel de abstracción del código. Si el código clásico opera con bits, ceros y unos, el cuántico opera con qubits, superposiciones, entrelazamientos. No es solo más rápido. Es conceptualmente otra cosa. Resuelve problemas que el código clásico no puede resolver, no porque le falte potencia sino porque no tiene las categorías para plantearlos. Y esa distinción me parece importante y subvalorada en la conversación pública, donde la computación cuántica casi siempre se vende como “computadoras más rápidas” en vez de como un cambio de paradigma en lo que significa procesar información.

Lo que Javiera representa, más allá de lo técnico, es una pregunta sobre el acceso al código. Quién puede escribirlo. Desde dónde. Con qué formación, o sin ninguna. Su historia de autodidacta que llega a la frontera del campo sin los credenciales que se supone hay que tener es, a mi juicio, tan reveladora sobre nuestro sistema educativo como sobre ella misma. El sistema no la formó. Ella se formó a pesar del sistema.

Y ahí aparece la bacteria. Moreno la mencionó casi de pasada, la bacteria que come plástico. La Petase, una enzima producida por bacterias que degrada el PET —el plástico más común— con una eficiencia que ningún proceso industrial ha logrado replicar. Es un ejemplo de código biológico que, por azar o evolución acelerada, resuelve un problema que el código humano creó. Hay algo profundamente irónico ahí que no quiero suavizar: los seres humanos, con toda nuestra capacidad de diseño consciente y planificación deliberada, generamos un problema global de contaminación plástica que termina resolviendo un microorganismo que ni siquiera sabe que está resolviendo algo.

No sé si eso dice más sobre la inteligencia humana o sobre sus límites.

La pregunta que organiza este capítulo no tiene respuesta cómoda. Si la vida es código, si podemos editarlo, si encima estamos construyendo capas adicionales de código computacional que replican y quizás superan algunas funciones del biológico, entonces en algún momento alguien tiene que preguntarse quién escribió el primer commit. No en sentido teológico, necesariamente. En sentido más técnico: ¿qué condiciones hicieron posible que el código autorreplicante surgiera en primer lugar? ¿Y qué le debemos a ese código que llevamos adentro, que no pedimos, que no diseñamos, pero que es la única razón por la que podemos diseñar cualquier otra cosa?

Hackeamos células. Estudiamos cómo mueren las neuronas. Levantamos capas nuevas de código cuántico. Y sin embargo no hemos podido hackear el sistema educativo que excluye a las Javieras Canales que no tienen recursos ni contactos. No hemos podido editar la proteína tau que le borra la memoria a nuestros viejos. No hemos podido degradar, como la bacteria, los residuos de un modelo económico que produce a una velocidad que ningún ecosistema alcanza a procesar.

Tal vez la brecha más importante no está entre lo que el código biológico puede hacer y lo que el computacional puede hacer. Tal vez está entre lo que podemos editar y lo que elegimos editar. Esa diferencia no es técnica. Es política. Y es, a mi juicio, la pregunta más urgente que nos dejó abierta la conversación con Andrés Moreno, aunque ninguno de los dos la nombramos con esas palabras.

¿Quién debiese tener acceso al editor?

(Lo que no le dije a Moreno, porque me dio algo de pudor, es que durante toda la grabación yo no estaba pensando en CRISPR. Estaba pensando en mi propio código, en lo que arrastro sin haberlo pedido, y en si alguna vez voy a tener el coraje de editar algo de eso. Capaz que preguntar tanto sobre el código de los demás sea mi manera, torpe, de empezar.)

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