La ciencia, arte y tecnología detrás de un podcast
Cap. 02 · 8 min de lectura

El código editable

Andrés Moreno me dijo que una célula es, en muchos sentidos, una computadora. Tiene entradas y salidas. Procesa información. Ejecuta instrucciones escritas en un lenguaje que llevamos décadas aprendiendo a leer. Y ahora, gracias a CRISPR, llegamos al punto en que no solo lo leemos: lo editamos. Lo dijo sin énfasis, como quien comenta el clima, como si fuera un hecho de todos los días. Para él supongo que lo es.

A mí me dejó callado un rato. Seguí la conversación de la boca para afuera, pero una parte mía se quedó atascada ahí, masticando la frase. Si la célula es una computadora, la vida es software. Y si la vida es software, entonces todo lo que sabemos sobre bugs, sobre updates, sobre vulnerabilidades, sobre la responsabilidad de quien escribe el código, aplica también a la biología. Así de simple. Y así de desconcertante.

La metáfora computacional de la biología no la inventamos en el episodio. Desde que Watson y Crick describieron la doble hélice en 1953, hay una tensión que tira para los dos lados entre el lenguaje de la genética y el de la informática. El ADN como código fuente, la transcripción como compilación, las proteínas como programas que se ejecutan. Lo que CRISPR cambió, hacia 2012, no fue la metáfora sino las consecuencias de tomarla en serio. Antes leíamos el código. Ahora lo editamos. Esa diferencia parece técnica. No lo es. Es filosófica, ética, política, todas esas cosas a la vez y ninguna por separado.

La pregunta que Moreno dejó abierta, tal vez sin querer, es la pregunta sobre los límites del editor. ¿Qué se edita y qué no? ¿Quién decide? ¿Con qué criterio? La biotecnología avanza con una lógica que se parece harto a la del software: si se puede hacer, se hace, y las implicancias éticas se conversan después. O no se conversan. O se vuelven una burocracia regulatoria que llega siempre diez años tarde.

Antonia González llegó al episodio 7 desde otra orilla del mismo río. Ella trabaja en neurociencia, en el estudio de la proteína que sostiene la estructura de la neurona y de lo que pasa cuando esa proteína se desordena: el Alzheimer. Y la diferencia de fondo entre editar genes y estudiar el cerebro que envejece es una diferencia de reversibilidad. CRISPR puede, en teoría, corregir una secuencia mala antes de que haga daño. La neurona muerta no vuelve. Una vez que el tejido neuronal se pierde, ese capítulo se cierra y no se reabre. No hay commit que revierta el cambio. No hay git blame que te diga cuándo empezó el error. Las primeras neuronas que se mueren, me explicó Antonia, son las del hipocampo, justo donde viven los recuerdos; por eso lo primero que se va es la memoria. Y mientras lo decía yo pensaba, medio de costado, en mis propios viejos. En que ese código se va borrando despacio, desde la zona de los recuerdos hacia afuera, y nadie escribió el backup.

Después Antonia habló de la meditación como neuroprotector, y lo hizo con una seriedad que me agarró desprevenido. Porque la idea de que las prácticas contemplativas pueden proteger la arquitectura neuronal del deterioro no es nueva en la tradición budista, que lleva siglos afirmando exactamente eso. Lo nuevo es que la neurociencia hoy tiene con qué observarlo. Que el código del cerebro se preserva mejor si uno se sienta callado un rato, todos los días. Hay algo en eso que, me parece, dice más sobre la naturaleza del código que sobre la meditación.

Porque el código biológico no es como el de software en algo crucial: responde a su entorno. No es estático. Se expresa, se silencia, se modifica según lo que le pasa al organismo que lo carga. Eso que la epigenética lleva décadas documentando le pega fuerte a la metáfora computacional. Si el código fuente cambia según el contexto, entonces la arquitectura del software está equivocada como modelo. Tal vez la analogía correcta no es un programa. Tal vez es una conversación.

Javiera Canales llegó al episodio 13 con una historia que me pareció, honestamente, de película. Imagínate la escena: ella sentada en un evento global de AWS, en una de las pocas charlas que había sobre computación cuántica, una chilena entre puros gringos. El expositor pregunta quién ha oído hablar de computación cuántica, y se levantan las cincuenta manos de la sala. Quién ha visto cómo se programa un computador cuántico: quedan tres manos en pie. Quién ha escrito código cuántico de verdad, ejecutado un circuito, obtenido un resultado: una sola mano. La de ella. Miró alrededor y era la única. Una autodidacta que estudió ingeniería civil en materiales, sin doctorado ni magíster, que aprendió esto leyendo y haciendo páginas y páginas de ejercicios a las tres de la mañana, era la única persona en esa sala que lo había hecho de verdad. No estaba ahí como observadora ni representando a ninguna institución. Estaba ahí porque sabía más que casi todos. Y lo había aprendido sola, fuera de los canales formales, siguiendo la curiosidad con esa lógica no lineal con que uno aprende cualquier cosa cuando le importa en serio.

La computación cuántica es, de alguna forma, el siguiente nivel de abstracción del código. Si el código clásico opera con bits, ceros y unos, el cuántico opera con qubits, superposiciones, entrelazamientos. Una partícula que puede ser cero y uno a la vez, hasta que la miras y se decide. No es solo más rápido. Es conceptualmente otra cosa. Resuelve problemas que el código clásico no puede resolver, no porque le falte potencia sino porque no tiene las categorías para plantearlos. De hecho, Javiera insistió en desarmar el mito: el computador cuántico no es un supercomputador con más músculo. Hay problemas que se resuelven con tres qubits. La gracia no es el tamaño, es que mira el problema de otra manera. Y esa distinción me parece importante y subvalorada en la conversación pública, donde la computación cuántica casi siempre se vende como “computadoras más rápidas” en vez de como un cambio de paradigma en lo que significa procesar información.

Lo que Javiera representa, más allá de lo técnico, es una pregunta sobre el acceso al código. Quién puede escribirlo. Desde dónde. Con qué formación, o sin ninguna. Su historia de autodidacta que llega a la frontera del campo sin los credenciales que se supone hay que tener es, me atrevo a decir, tan reveladora sobre nuestro sistema educativo como sobre ella misma. El sistema no la formó. Ella se formó a pesar del sistema.

Y ahí aparece la bacteria. Moreno la mencionó casi de pasada, la bacteria que come plástico. Una enzima producida por bacterias que degrada el PET —el plástico más común— con una eficiencia que ningún proceso industrial ha logrado replicar. Es un ejemplo de código biológico que, por azar o evolución acelerada, resuelve un problema que el código humano creó. Y Moreno lo contó con una incomodidad que no quiso disimular: le parecía triste, dijo, que hayamos cambiado tanto la naturaleza que una bacteria tuviera que evolucionar un mecanismo para comerse nuestra basura. Hay algo profundamente irónico ahí que no quiero suavizar: los seres humanos, con toda nuestra capacidad de diseño consciente y planificación deliberada, generamos un problema global de contaminación plástica que termina resolviendo un microorganismo que ni siquiera sabe que está resolviendo algo.

No sé si eso dice más sobre la inteligencia humana o sobre sus límites.

La pregunta que organiza este capítulo no tiene respuesta cómoda. Si la vida es código, si podemos editarlo, si encima estamos construyendo capas adicionales de código computacional que replican y quizás superan algunas funciones del biológico, entonces en algún momento alguien tiene que preguntarse quién escribió el primer commit. No en sentido teológico, necesariamente. En sentido más técnico: ¿qué condiciones hicieron posible que el código autorreplicante surgiera en primer lugar? ¿Y qué le debemos a ese código que llevamos adentro, que no pedimos, que no diseñamos, pero que es la única razón por la que podemos diseñar cualquier otra cosa?

Hackeamos células. Estudiamos cómo mueren las neuronas. Levantamos capas nuevas de código cuántico. Y sin embargo no hemos podido hackear el sistema educativo que excluye a las Javieras Canales que no tienen recursos ni contactos. No hemos podido editar la proteína que le borra la memoria a nuestros viejos. No hemos podido degradar, como la bacteria, los residuos de un modelo económico que produce a una velocidad que ningún ecosistema alcanza a procesar.

Tal vez la brecha más importante no está entre lo que el código biológico puede hacer y lo que el computacional puede hacer. Tal vez está entre lo que podemos editar y lo que elegimos editar. Esa diferencia no es técnica. Es política. Y es, a mi juicio, la pregunta más urgente que nos dejó abierta la conversación con Andrés Moreno, aunque ninguno de los dos la nombramos con esas palabras.

¿Quién debiese tener acceso al editor?