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Demasiados dormidos

En Chile sí se está discutiendo la IA: hay boletín en el Senado, ley marco y Plan Nacional de Data Centers. El problema es que ocurre en una frecuencia que el ciudadano de a pie no sintoniza. Sobre el 84% de los especialistas en políticas públicas, los 50 litros por segundo de Quilicura y un despertar que va a llegar por correo.

Llegó el momento de hablar de política. Por lo tanto, disclaimer: lo que escribo acá no representa, necesariamente, a la empresa en la que trabajo. Representa a alguien que pasa demasiadas horas mirando modelos de lenguaje y bastante menos durmiendo. Dicho lo anterior, procedo.

Los latidos del corazón. La mega reforma, o como se llame esta semana. La pelea con un menor de edad. Los disclosures de la ex vocera. El presidente y su equipo están dejando mucho que desear, y uno mira la secuencia con esa mezcla de vergüenza ajena y resignación que a estas alturas ya es un estado civil en este país.

Pero quedarme ahí sería demasiado fácil.

Los últimos veinte años de discusión política han sido inservibles. Tan brutal y lastimoso como suena. Hoy Chile, además de estar carente de sueño, está desprovisto de políticos que asuman la intensidad del desafío y —peor todavía— desprovisto de los conocimientos y capacidades para hacerle frente. Que son dos carencias distintas. La primera se arregla con voluntad. La segunda no.

Iba a escribir que acá nadie está hablando de IA. Nada, cero. Después fui a mirar y me tuve que tragar la mitad de la frase (me carga cuando me pasa eso, pero me carga más cuando no me pasa, porque significa que tenía razón). Sí hay discusión. El boletín 16821-19 está en segundo trámite en el Senado, en la Comisión de Desafíos del Futuro, con su clasificación de riesgos —inaceptable, alto, limitado, sin riesgo evidente— copiada con cariño del modelo europeo. En mayo, la ministra Lincolao fue a presentar una ley marco de seis pilares y a insinuar que no, que el modelo europeo mejor no, que miremos a Japón, a Singapur, a Corea. Y desde diciembre de 2024 existe un Plan Nacional de Data Centers, con hoja de ruta, comité y todo.

O sea, la discusión existe. Ocurre en una frecuencia que el ciudadano de a pie no sintoniza.

Y ahí está el problema, a mi juicio. Es una conversación técnica, en lenguaje técnico, sobre un futuro que le va a llegar a gente que jamás en su vida va a abrir un boletín de tramitación legislativa. Es la política hablándole al inversionista sobre certeza jurídica mientras el tipo del mesón, la secretaria, el profesor de enseñanza media y el ejecutivo de seguros descubren solos, un martes cualquiera, que buena parte de lo que hacen ya no requiere que ellos lo hagan.

Y acá viene el dato que me tiene dando vueltas hace días. El CENIA con Sofofa, el SENCE y gente de Stanford midieron la oportunidad de aceleración por IA generativa en los cien empleos más comunes de Chile. Casi seis millones de personas, el 62% de la fuerza laboral, descompuestos en más de 200 mil tareas. Promedio: 48% de las tareas de cada trabajo se pueden acelerar. Más de 1,2 millones de puestos están sobre el 60%.

¿Y qué ocupación aparece segunda en el ranking, con 84%, justo detrás de los desarrolladores de software?

Los especialistas en políticas públicas.

Léelo de nuevo. La gente cuyo oficio es diseñar cómo el Estado responde a la IA es, según la evidencia, de lo más acelerable por la IA. No es ironía. Es recursión: el sistema tiene que rediseñarse a sí mismo usando exactamente la herramienta que lo está rediseñando.

Me quedé pegado un buen rato con eso de las 200 mil tareas, en realidad. Descomponer un trabajo en tareas interdependientes y ponerle un número a cada una tiene algo de hermoso y algo de aterrador; alguien decidió que “atender a un apoderado enojado” es una unidad discreta y medible. Los docentes de enseñanza media salen con 75%. No sé qué hacer con esa cifra. La dejo ahí.

Hoy, Héctor Bravo mencionaba que una de las cosas más difíciles hoy en día es estar al día con los cambios multisectoriales que está generando la IA. Tiene toda la razón, con un agravante: los que trabajamos en esto todos los días tampoco estamos al día. Estamos menos atrasados, que no es lo mismo y es un consuelo bastante barato.

Entonces, ¿qué haremos como país? ¿Cuál es nuestra política de data centers, más allá del folleto de certeza jurídica y estabilidad económica para el inversionista? Chile es el segundo de la región en capacidad instalada, unos 242,7 MW operativos, y con la entrada de Santiago 3 en Quilicura llegamos a 258,7. Cuarenta y tres data centers concentrados en la Región Metropolitana. Google está entre las cuatro empresas no mineras que más energía consumen del sistema eléctrico nacional: declaró 30 MW, el Coordinador le registró 31,7.

Y en Quilicura hay vecinos que llevan años preguntando por el agua. Cincuenta litros por segundo, que es lo que consumen unos 8.500 hogares, en una zona que arrastra más de catorce años de sequía. El Bosque Urbano de Quilicura, que era la compensación ambiental, está abandonado y sin mantención. En Cerrillos los vecinos frenaron una expansión completa. La concejala Arancibia pide algo tan escandaloso como que estos proyectos pasen por un estudio de impacto ambiental.

En buen chileno: ¿cómo va el ciudadano de a pie ahí?

Hace un tiempo que ando diciendo que “diseño mi obsolescencia”. Suena a frase de LinkedIn (y sí, la he usado en LinkedIn, así que no tengo mucho piso para reclamar). El problema real es otro: algunos ni se van a dar cuenta cuando eso ya haya pasado. Y muy probablemente yo tampoco. La obsolescencia no llega con un memo. Llega como llegan las cosas importantes en la vida adulta: de a poco, sin aviso, y un día caes en cuenta de que pasó hace rato.

Siempre está el argumento de que esto ya ocurrió con la electricidad, con internet, con cada oleada. Cliché, pero cierto. No obstante, hay un detalle incómodo: en las oleadas anteriores el país tenía tiempo para llegar tarde. Esta vez la ventana es de seis a doce meses para lo urgente y de veinticuatro a treinta y seis para lo estructural. Tal vez me equivoque en los plazos. No tengo certezas, pero tampoco dudas.

Y mientras tanto, la mitad de los chilenos declara sentirse nerviosa con la IA y un 46% entusiasmada, casi el mismo grupo de personas sintiendo las dos cosas a la vez. Solo un 43% confía en que las empresas que usan IA protejan sus datos personales; el más bajo del continente. Ahí está la parte que me duele: la ciudadanía ya despertó, pero despertó con miedo y sin datos, que es la peor forma de despertar.

Los que siguen durmiendo son los que tenían la pega de estar despiertos. Los políticos, las asociaciones gremiales, buena parte de las ONG. Y —seamos honestos— varios de nosotros que sí entendemos el tema y preferimos escribir posts como este en vez de golpear puertas.

Durante el estallido se vociferaba “Chile despertó”. Fue un despertar con cacerolas, con calle, con épica. Este no va a tener nada de eso. Este va a ser silencioso, va a llegar por correo, va a decir “reestructuración” y lo va a firmar alguien que tampoco entendió del todo lo que estaba firmando.

Este es el momento real para despertar y veo a demasiados dormidos. Incluyéndome, probablemente, porque llevo años anunciando mi obsolescencia sin ninguna evidencia de que vaya a reconocerla cuando me toque.


Fuentes y referencias

Tramitación legislativa

Empleo e IA generativa

Data centers, energía y agua

Percepción ciudadana

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