Hay una escena que me persigue desde el otro día. Michelle Bachelet, sentada en una entrevista, cuenta con naturalidad que Sebastián Piñera — el mismo Pinera que durante décadas fue su antagonista político por excelencia — la miro a los ojos y le dijo: “Michelle, no quieres ser la próxima secretaria general de Naciones Unidas? Yo te apoyo y te propongo.” Así, sin más. Como quien te ofrece un café.
Y yo, ingenuo de mí, me quede pegado en una sola pregunta: ¿por qué nunca supimos esto?
No me malinterpreten. No es que me sorprenda que dos personas que ocuparon la presidencia de un mismo país se lleven bien en privado. La política (chilena) tiene esa cosa medio endogámica donde todos se conocen, todos han tomado pisco sour en el mismo salón, y probablemente todos tienen el número del otro guardado en el celular con un emoji que jamás admitirían en público. Lo que me carga — y uso esa palabra con toda la carga emocional que un chileno puede ponerle — es que se nos niegue sistemáticamente esa humanidad. Que se nos robe esa imagen. Que la careta del partido sea más importante que la verdad de las personas.
La pregunta que me queda no es si la política es un teatro. Eso ya lo sabemos. La pregunta es porque seguimos aplaudiendo una obra que nos empobrece. Y, más importante aún, que pasaría si, finalmente, exigiéramos ver los ensayos.
Porque la escena es más grande de lo que parece. Piñera no era cualquier político ofreciendo un favor. Era el presidente de Chile, de derecha, empresario, el antagonista histórico de la centroizquierda, proponiéndole a Bachelet — socialista, hija de un general asesinado por la dictadura que la derecha chilena aun no termina de procesar — que fuera la cara de Chile ante el mundo. Y no lo hizo para la galería. Lo hizo en privado, en una de esas reuniones que ambos mantenían cuando ella pasaba por Santiago en Pascua o Año Nuevo. Reuniones, dicho sea de paso, que tampoco supimos que existían.
A mi juicio, ahí está el verdadero cinismo. No en que los políticos se peleen (eso es, tal vez, inevitable), sino en que escondan que no se pelean. Que construyan un teatro de antagonismo permanente para mantener contenta a su tribuna, mientras por detrás se pasan datos, se aconsejan, se apoyan. La pelea es el producto. La careta es el packaging. Y nosotros, los ciudadanos, somos los consumidores que compran un conflicto que no existe en la magnitud que nos venden.
No obstante, lo que más me inquieta no es el gesto de Piñera. Es el silencio alrededor del gesto. Porque en 2019, cuando Bolsonaro ataco a Bachelet aludiendo a la muerte de su padre bajo Pinochet, fue el mismo Piñera quien salió a defenderla públicamente. “No comparto en absoluto la alusión hecha por el presidente Bolsonaro respecto de una ex presidenta de Chile, y especialmente sobre un tema tan doloroso como la muerte de su padre”, dijo. Eso si se supo. Eso si fue noticia. Pero no porque revelara una relación humana entre adversarios políticos, sino porque calzaba en el molde: la diplomacia obliga, Chile defiende a los suyos, etc. El gesto quedo encapsulado en lógica institucional, no en lógica humana.
Y ahí es donde el teatro se vuelve perverso. Porque la narrativa política solo permite mostrar la humanidad del otro cuando sirve a un propósito estratégico. Piñera defiende a Bachelet de Bolsonaro y es “estadista”. Piñera le ofrece en privado impulsar su candidatura a la ONU y eso… no existe. No calza en ningún relato partidario. La derecha no puede admitir que su líder quería promover a una socialista. La izquierda no puede admitir que su figura histórica le debía un favor al empresario que criticaron durante veinte años.
Dicho de otra manera: la careta no es individual. Es sistémica. Es de lado y lado.
Lo que está en juego no es chico. Cuando un sistema político nos oculta la complejidad humana de sus actores, nos está empobreciendo como ciudadanos. Nos está diciendo, implícitamente, que somos demasiado tontos para entender que dos personas pueden discrepar profundamente en ideas y, al mismo tiempo, respetarse, apoyarse e, incluso, quererse. Que la política no es, necesariamente, una guerra de trincheras donde el otro es un enemigo existencial. Que, tal vez, la mayoría de los conflictos que consumimos en noticieros y redes sociales están amplificados, escenificados, casi coreografiados para mantener la ilusión de diferencia irreconciliable.
Y lo peor, lo verdaderamente imbécil del asunto (perdón por la palabra, pero no encuentro otra que le haga justicia), es que este teatro polarizado termina generando la polarización real que dice representar. De tanto fingir que se odian, convencen a sus bases de que el odio es la única relación posible con el que piensa distinto. La ficción se come a la realidad. El mapa reemplaza al territorio.
Hoy Bachelet busca ser la primera mujer en liderar la ONU. Brasil y Méjico la apoyan. Chile, bajo el gobierno de Kast, le retiro el respaldo. La razón oficial es “dispersión de candidaturas”. La razón real, a mi entender, es la misma careta de siempre: no se puede apoyar a alguien del otro bando, aunque sea la persona más calificada que tenemos. El partido manda. El teatro continúa.
Piñera ya no está para insistir. Pero su gesto, ahora revelado, queda ahí como una pequeña grieta en la escenografía. Un recordatorio de que detrás del rol había personas. Que se juntaban en Pascua. Que cantaban boleros en La Habana. Que se proponían cosas grandes sin pedir nada a cambio (o al menos eso quiero creer).
La pregunta que me queda no es si la política es un teatro. Eso ya lo sabemos. La pregunta es porque seguimos aplaudiendo una obra que nos empobrece. Y, más importante aún, que pasaría si, finalmente, exigiéramos ver los ensayos.