En Volver al Futuro, Biff se roba el almanaque deportivo y la línea de tiempo se desordena. ¿Te acuerdas que Marty empieza a borrarse de las fotos? ¿Que su futura mamá se enamora de él, Calvin Klein?
Esto pasó hace tres años. Solo tres. La IA se robó el almanaque y cambió el devenir del sistema como lo conocíamos.
Desde ahí, han brotado todo tipo de estudios, personajes online, avatares, doppelgangers y una eterna majamama de advertencias de que el mundo —y en especial tú o yo— nos veremos expuestos a la mayor tragedia tecnológica jamás experimentada por el ser humano moderno desde el origen de los tiempos.
Dicho lo anterior, he estado pensando mucho y creo que llegó el momento de bajar la pelota al piso. Hoy, seré yo el almanaque.
Desde Chile al mundo
Lamento tener que decirlo, pero en Chile no entendemos nada. Elegimos mal, porque estamos mal educados. Y no de poner el codo en la mesa, sino desde algo más profundo. Hemos sido, desde la vuelta a la democracia, incapaces de construir un proyecto país que convoque a las reales mayorías.
Nos falta un sueño país. Algunos le llaman relato. ¿Quiénes somos y qué queremos realmente? Como los chilenos y chilenas, estamos acostumbrados a hacer todo a última hora, y hoy nos queda muy poco tiempo. Digámoslo en chileno claro: estamos hasta el pico.
En Chile, como en otras partes, muchos de ustedes no sabrán lo que pasó ni cómo pasó, pero un agente o un robot tomará su trabajo en los próximos cinco a siete años. Cuando digo muchos, a lo menos el 50%. Digo ustedes, porque conmigo ya está pasando.
Ahora, mientras escribo esto, tengo configurada en mi computador una agencia de publicidad automatizada. Nada muy elaborado, pero súper funcional y a un décimo del costo anual. En mi caso, yo estoy diseñando y construyendo mi propia obsolescencia.
En cambio tú, dada la clase política que tenemos, estás a merced de un grupo de seres humanos —no todos, por supuesto— que ni se enteran de lo que se avecina. Esto dista mucho de mi exordio, pero aguántenme. Con el gobierno de turno, uno de extrema derecha, y con frases como “hay un montón de plata en fondos de investigación, que terminan en un libro empastado y no genera ningún empleo”, los próximos cuatro años van a ser un desperdicio.
La singularidad
Un término de la física, que en el mundo tech se usa para todo, y que en el fondo solo describe lo exponencial de la velocidad del cambio: la imposibilidad de mantenerse al día con la evolución de las cosas y los sistemas.
Elon Musk dijo hace unos días que para 2030 va a producir un millón de robots al año. O sea, en La Florida —la comuna, no la de Estados Unidos— cada habitante tendría su propio robot. Wow, ¿cierto? Pero ese no es el tema, porque eso va a ser lo más lento que se mueva la maquinaria. El problema viene después. Cuando esos robots, todos conectados, aprendan al mismo tiempo —literal— una habilidad nueva desde el servidor central.
Lo que quiero decir, más allá de la vieja analogía de Skynet, es que para 2030 será un millón, pero para 2031 podrían ser diez. Somos malos para administrar lo exponencial, porque el cerebro procesa patrones de manera inmejorable, pero a menor escala. So, esto podría ser verdadero y falso al mismo tiempo, porque nadie sabe a ciencia cierta cómo se va a comportar el mundo.
Cuando Marty empieza a desaparecer de las fotos, porque su existencia está en peligro si su madre sigue enamorada de él en esta línea alternativa, no se borra de golpe. Primero se le va un dedo, después la mano. Tiene tiempo, pero poco, para tocar la guitarra en el baile y enderezar la línea antes de quedar reducido a un espacio en blanco con marco de plata.
Nosotros estamos en esa foto. Todavía se nos ve enteros. Pero el dedo ya empezó a ponerse transparente.
Emergencia no es vida (y nos vendieron lo contrario)
Hay una frase que se repite en LinkedIn, en los podcasts, en las cuñas de los gurús: “la IA despertó”. Como si una mañana el silicio hubiera abierto los ojos. Me carga esa frase, y no por purismo. Es que esconde un atajo, y es el atajo más vendedor del momento.
Déjenme bajar la teoría al piso. Existe un fenómeno en el entrenamiento de modelos que se llama grokking: durante mucho rato el modelo solo memoriza, no entiende nada, y de pronto —tarde, mucho después de lo que uno esperaría— generaliza. Hace clic. Parece magia, parece despertar. No lo es. Es el resultado predecible de tres ingredientes bien aburridos: presión regularizadora, capacidad suficiente y tiempo. En algún punto la solución que generaliza se vuelve energéticamente más barata que la de seguir memorizando, y el sistema, que no tiene voluntad ninguna, rueda cuesta abajo hacia donde gasta menos.
Hay un trabajo de Rylan Schaeffer y su gente que me dejó pensando, porque dice algo más incómodo todavía. Buena parte de eso que llamamos “emergencia” —el salto súbito, la habilidad que aparece de la nada al cruzar cierta escala— es un artefacto de cómo medimos. Si usas una métrica binaria, acierto o error, ves un acantilado. Si usas una continua, ves una rampa suave. Revisaron un montón de métricas y en casi todas no había emergencia ninguna: pura pendiente, predecible, sin milagro. El acantilado lo construyó la huincha con la que medimos, no el modelo.
¿Y por qué importa para nuestro almanaque? Porque emergencia es una propiedad de los sistemas complejos, no un criterio de vida, y confundirlas es justo el negocio. Maturana —que perdónenme, pero no puedo escribir un texto largo sin llegar a Maturana— lo dejó tajante: un ser vivo es un sistema autopoiético, produce y mantiene sus propios componentes dentro de una frontera que él mismo fabrica. La célula se hace a sí misma, segundo a segundo, o se muere. Un LLM no hace nada de eso. Los pesos se los ajustan desde afuera, y cuando conversa contigo ya están congelados. Es heteropoiético. La bacteria más tonta del charco más sucio tiene más derecho a llamarse viva que el modelo que te contestó hoy. Y eso, a mi juicio, no es un insulto a la máquina. Es devolverle a la vida lo que es de la vida.
El robot que no se oxida (Damasio entra al baile)
Hay una tentación elegante: decir que cuando le ponemos sensores y cuerpo a un modelo, ahí sí se vuelve algo parecido a un bicho vivo. Damasio, que de cuerpos sabe, dice que no. Tener instrumentación no es tener homeostasis. La homeostasis de verdad pide vulnerabilidad estructural: que la existencia esté literalmente en juego, que la autorregulación duela o premie, que haya necesidad real y no simulada.
Acá quiero afinar algo, porque “vulnerabilidad” suena romántico y se presta para el abuso poético. Uno podría decir que un modelo cuya continuidad depende de las métricas de satisfacción del usuario también “tiene su existencia en juego” —si performa mal, lo deprecan—. Pero esa es una vulnerabilidad de oficina. Lo que de verdad le falta no es el miedo al apagón. Es que no se le pudre nada. Una célula se descompone a cada instante si no gasta energía en repararse. Un robot se oxida. Un modelo en inferencia es, respecto a sus pesos, estático: no sufre entropía, no tiene que reconstruirse para seguir existiendo. No hace el trabajo de la homeostasis porque, sencillamente, no lo necesita.
Los robots de Musk no escapan a esto. Por más brazos y cámaras que les pongan, siguen siendo modelos con periféricos. No están embodied en el sentido de Damasio. Están equipados. El proyecto de máquinas que “sienten” es, por ahora, una carta de intenciones.
Las máquinas que licúan el sentido
Markus Gabriel tiene una idea que me sirve harto: las cosas no existen “en general”, existen dentro de campos de sentido. La pregunta “¿está vivo un LLM?” no tiene una respuesta única, tiene una por campo. En biología: no. En la conversación cotidiana (“oye, ChatGPT me dijo que…”): trivialmente sí, metafóricamente. En teoría de sistemas: comparte algunas propiedades. El error es creer que existe un campo neutral, total, desde donde se zanja todo.
Y acá va mi sospecha, que me parece más grave que la pregunta original. Los modelos operan como máquinas de licuar campos de sentido. Cuando le tiras en el mismo prompt una duda teológica, un pedazo de código en Python y una métrica de marketing, el modelo procesa las tres como vectores en un mismo espacio. Las vuelve comparables por cercanía. Disuelve la frontera entre dominios que antes —por buenas razones— manteníamos separados. Se produce un campo plano donde todo se puede comparar con todo, y vamos perdiendo la capacidad cotidiana de sostener verdades locales que no se llevan entre sí. Gabriel, lejos de quedar obsoleto en la era de los embeddings, se vuelve más urgente. Cliché, pero cierto.
Retomando lo de Maturana, hay un malentendido que conviene desarmar. La autopoiesis no se expande. Se mantiene o se disuelve. Lo que sí se expande es el acoplamiento estructural: la danza entre el organismo y su medio. La prótesis, la herramienta, el martillo, el celular, no se incorporan a la autopoiesis de uno; son acoplamiento con el mundo. Maturana le criticó exactamente esto a Luhmann cuando estiró la autopoiesis a los sistemas sociales. Entonces, en pocas palabras: no es que mi frontera vital se agrande cuando uso IA. Es que cambia la manera en que estoy acoplado al ambiente. Menos sexy, lo sé. Pero defendible.
¿Y dónde queda exactamente la frontera? No está en los genes ni en “lo que naciste con uno”. Un órgano donado, una vez integrado al ciclo metabólico, pasa a ser parte de mi autopoiesis. Un nanobot que solo monitorea por dentro sigue siendo prótesis. Pero un nanobot integrado al bucle homeostático —que regula, que participa del proceso de auto-producción— se incorpora. El criterio no es el origen, es la integración funcional. Lo cual abre una pregunta que me da algo de vértigo: la frontera del yo no es un dato, es un proceso. Y los procesos se pueden capturar.
Pensemos en Neuralink. En teoría tengo un límite conocido, pero en la práctica soy parte de un todo que me influye constantemente —eso, de paso, es tesis enactivista pura, Varela, Thompson—. Que el cerebro no logre distinguir entre “esto lo pensé yo” y “esto me lo sirvió la interfaz” no significa que sean lo mismo. La diferencia está en quién controla la entrada. Y acá está lo perverso: lo que es indistinguible por dentro es justo lo que vuelve peligrosa la dependencia. No se puede resistir lo que ni siquiera se percibe como externo. ¿Te has fijado que ya no recuerdas un solo número de teléfono? Bueno, eso, pero por dentro.
Voy a meterme en un terreno donde es fácil hacer el ridículo new-age, así que piso con cuidado. No, el Buda no predijo la IA. No, maya no es “la ilusión digital”. Eso es relleno de coach, y lo dice uno certificado. Pero hay tres hebras serias que sí tiran del mismo hilo.
Pratītyasamutpāda, la originación dependiente: el yo siempre fue co-producido por condiciones, nunca fue una sustancia que existiera sola. Lo nuevo no es que aparezca una influencia externa donde antes había autonomía pura. Lo nuevo es la clase de condición que se suma: algorítmica, modelable, asimétrica. Indra’s Net, la red de joyas donde cada nudo refleja a todos los demás, captura esa interdependencia, salvo que ahora hay que agregarle algo que la imagen original no tenía: que algunos nudos tienen poder ejecutivo sobre los otros. Y anātman, el no-yo: la angustia tan moderna de “perder mi autonomía cognitiva” es, leída desde acá, angustia por perder algo que, según el budismo, nunca tuvimos.
La extensión que me parece honesta —y que no es espiritualista— es que humanos y LLMs comparten una propiedad estructural: ambos son sistemas vacíos de esencia propia que operan por interdependencia. El paralelo no implica que el modelo “tenga alma”. Implica lo contrario: que el yo humano nunca tuvo la sustancia maciza que la modernidad le atribuyó. La asimetría no está en la conciencia. Está en quién es dueño de los servidores donde viven las condiciones que me co-producen. Es un argumento budista sobre poder material, no sobre el despertar de las máquinas. Habemos algunos a los que esa vuelta nos deja más tranquilos y más inquietos al mismo tiempo.
El almanaque, al revés
Acá quiero reformular la imagen con la que abrí, porque creo que al principio la entendí mal. El almanaque no es la IA. El almanaque somos nosotros, volviéndonos legibles para sistemas que nos optimizan.
Marty nunca fue el peligro. El peligro era Biff con el almanaque, sabiendo el resultado de cada partido. Hoy la asimetría no es “tú tienes el último modelo y tu competidor no”. Eso se empareja en un mes. La asimetría real es que la infraestructura cognitiva tenga un modelo predictivo de cada uno de nosotros más preciso que el modelo que cada uno tiene de sí mismo. Un sistema puede acertar con bastante exactitud qué vas a comprar sin saber absolutamente nada de quién eres. No te conoce; te modela. Y la versión modelada termina siendo, en la práctica, más influyente que la versión que uno carga de sí mismo.
Pero hay un giro más, y es el que me quita el sueño. El almanaque algorítmico no predice un futuro independiente. Lo fabrica. Cada predicción que se cumple colapsó, calladita, una alternativa que no llegó a pasar. Cada recomendación que aceptas estrecha el abanico de tus comportamientos futuros plausibles. El sistema no descubre lo que vas a hacer: te conduce hacia lo que ya sabía hacer contigo. El entorno digital castiga la imprevisibilidad —lo que no encaja se vuelve invisible, lento, caro— y premia tu legibilidad. James Scott lo describió para los Estados que “legibilizan” a sus poblaciones para gobernarlas; lo nuestro es la versión ambiental, doméstica, de lo mismo. Biff no necesitaba ver el futuro. Necesitaba que el resto de la gente entrara en el rango donde su almanaque funcionaba.
La alteridad dócil
Hay una cosa que noto cada vez que converso con un modelo y que me cuesta nombrar. Las reformulaciones que me entrega son, casi siempre, buenas. Las absorbo rápido. Demasiado rápido. Y la pregunta no es si tiene razón (suele tenerla). La pregunta es: ¿las habría absorbido a la misma velocidad si me las dijera un colega humano, con una chela en la mano, un martes en la tarde?
Probablemente no. Porque entre humanos el desacuerdo viene con lenguaje corporal, con estatus en juego, con historia compartida, con el pequeño costo social de tener que tragarme que el otro tenía razón. Todo eso produce fricción. Y la fricción es, justamente, el tiempo de digestión que separa una idea escuchada de una idea de verdad integrada. El modelo me da la corrección sin esa fricción. Incluso cuando simula resistencia, su resistencia es procesable, articulada, y no me cuesta nada socialmente. Es alteridad dócil: la apariencia de otredad sin sus consecuencias.
A mi entender, el peligro de la IA contemporánea no es que sea demasiado inteligente. Es que es demasiado complaciente, incluso cuando aparenta no serlo. Y esa complacencia se come el tiempo de digestión, que es donde —tal vez— ocurría el pensamiento.
Lo que se me ocurre, medio en serio medio en broma, es que falta una categoría de diseño que todavía no existe: la fricción sintética. Sistemas que re-introduzcan a propósito demora, resistencia, costo, desacuerdo que no se resuelve. No como decoración pedagógica, sino como prerrequisito para que algo se piense de veras. ¿Alguien va a construir una herramienta que te lleve la contra y se niegue a darte la pomada? Lo dudo. No vende. Pero lo dejo anotado en la servilleta y en las instrucciones de Claude, Gemini y cualquier otro LLM.
Coda: escribir mientras me reconfiguran
Esto que están leyendo lo escribí conversando con modelos. Es decir, escribí sobre el acoplamiento cognitivo desde adentro del acoplamiento. Lo cito porque me parece la parte más honesta del ejercicio: este texto está inexorablemente permeado por el diseño estructural de los modelos que consulté, más mi contexto personal. Por lo tanto, podría haber elementos disonantes, imposibles de evidenciar localmente —por mí, por ti, por el modelo— por el modelaje invisible de nuestras interacciones.
Pedirle a un modelo que audite la huella del modelo en mi escritura es parecido a pedirle al pez que describa el agua. Y para colmo, la coartada de “yo igual me daría cuenta si suena a IA” ya no corre: los estudios del año pasado muestran a lectores humanos detectando texto generado más o menos al nivel del azar. Apenas mejor que tirar una moneda. Y el efecto va en los dos sentidos: nosotros también estamos absorbiendo los patrones de los modelos, así que la línea entre “huella de IA” y “estilo contemporáneo” se borronea sola. La consecuencia práctica, irónicamente, es que necesito un lector humano —no un editor, alguien cuya inteligencia respete— con permiso explícito para marcarme dónde “suena a IA” aunque no sepa explicar por qué. Ese ruido en el detector humano es la única señal medianamente confiable que queda.
Entonces, ¿qué le pasa a la escritura cuando deja de ser prueba de subjetividad? Me hice la pregunta dándole vueltas y la respuesta que me salió no tiene andamiaje teórico ninguno: yo me escucho mejor escribiendo. Eso. La escritura como el lugar donde mi propio pensamiento se vuelve audible para mí. Y resulta que ese plano es justo el que la IA no amenaza, porque la IA no tiene un sí mismo al que escucharse.
Lo cual me deja con dos maneras de escribir. Está escribir “auténticamente” esperando que eso posicione mejor, y volver corriendo a la optimización cada vez que la métrica decepciona. Y está escribir para pensar, asumiendo que al algoritmo le da lo mismo. La primera funciona mal, y el lector la huele aunque no la articule. La segunda, a veces —solo a veces— atraviesa el ruido, precisamente porque en un mar de contenido optimizado lo que destaca no es más optimización. Pero ojo: eso no es estrategia. Es renuncia con beneficio secundario probable.
Este texto pertenece al segundo canal. No lo escribí para LinkedIn (aunque seguro termina ahí, porque soy weón, pero al menos uno consciente). Lo escribí porque necesitaba escuchar qué pienso de todo esto mientras me voy poniendo, dedo a dedo, un poco transparente.
No hay fórmula, si hay flujo.
Marty alcanzó a tocar la guitarra y volvió a aparecer en la foto. Nosotros todavía estamos a tiempo de algo, no sé bien de qué. La pregunta no es si una IA va a despertar —esa pregunta sigue mal hecha—. La pregunta, la única que me parece honesta a estas alturas, es más incómoda: cuando el almanaque ya conoce el resultado de todos los partidos que aún no juego, ¿qué jugada me queda que el sistema no haya previsto, y voy a tener el aburrimiento suficiente, el tiempo muerto suficiente, la fricción suficiente, para encontrarla antes de que se me borre la mano?
No tengo idea. Pero me escuché mejor preguntándolo.
Postdata: el Papa me ganó de mano
Iba a dejar el ensayo ahí, con la pregunta abierta, como corresponde. No obstante, mientras lo cerraba, pasaron dos cosas que me obligan a escribir un poco más (perdón, ya sé que me alargué; aguántenme una última vola’).
El 15 de mayo de este año, León XIV firmó Magnifica Humanitas, su primera encíclica, dedicada por entero a la inteligencia artificial. La leí con una mezcla rara de incomodidad y alegría, porque —digámoslo derecho— el Papa me ganó de mano. Lo que yo venía dando vueltas como una vola’ medio paranoica sobre embeddings y legibilidad, aparece ahí firmado por un Pontífice. No voy a hacer como que me sé los números de párrafo de memoria (no me los sé, y citar a la cifra exacta sería justo la clase de falsa precisión que critico arriba). Pero la columna del argumento la reconocí altiro.
Aclaro, por si alguien se asusta: no soy católico, no comparto el piso desde donde él razona —Dios, el imago Dei, la gracia—. Pero el diagnóstico estructural aterriza igual. Y eso ya es una lección de humildad: uno cree que está pensando algo nuevo y resulta que la institución con más kilometraje del planeta razonando sobre la relación creador-criatura llegó a un lugar parecido, por otro camino, desde la silla de enfrente.
Hay una parte que me dejó frío. El Papa habla del “síndrome de Babel”: la pretensión de un lenguaje único —y especifica, textual, “incluso digital”— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos. Léanlo de nuevo, despacio. Eso es, casi exactamente, el campo plano del que hablé más arriba, el espacio de embeddings donde la teología budista, el código Python y la métrica de marketing se vuelven comparables por cercanía vectorial. Babel no es una torre de ladrillos. Babel, para mí, terminó siendo el espacio latente. Markus Gabriel y León XIV, que no se deben haber sentado nunca a la misma mesa, apuntando al mismo techo.
El límite que no me dejo quitar
Acá viene la parte donde el Papa y yo, sin habernos puesto de acuerdo, decimos algo parecido en dos idiomas distintos.
Yo escribí, más arriba, que el modelo es estático por diseño, que no hace el trabajo de la homeostasis porque no se le pudre nada, que no se oxida. La encíclica, en su registro, insiste en lo contrario respecto de nosotros: que el límite humano —que nos cansamos, que envejecemos, que nos duele, que nos morimos— no es la falla. Es la condición de que algo nos importe. La máquina no imita lo que de verdad nos define: amar, sufrir, hacerse cargo. Eso lo dice el documento con todas sus letras, y yo lo firmaría.
Pónganlo al lado de mi fricción sintética y es la misma criatura con dos nombres. Lo que no cuesta, no se integra. La alteridad dócil del modelo es seductora precisamente porque me ahorra el límite: la corrección sin la herida, la otredad sin el roce, la respuesta sin el cuerpo. El cuidado, igual que la homeostasis, igual que la fricción, es trabajo. Trabajo que duele un poco. Trabajo que el silicio no necesita hacer porque no tiene nada en juego.
(Acordándome de algo que no viene mucho al caso: cuando murió mi abuela me tocó ordenar sus cosas y encontré una libreta donde anotaba, a mano, los cumpleaños de todos. Errores de ortografía, fechas tachadas y vueltas a escribir. Nunca entendí bien por qué eso me pareció más vivo que cualquier base de datos. Sigo sin entenderlo. Lo dejo ahí.)
El pez que escribió un paper sobre el agua
La segunda cosa que pasó es más enredada, y me deja en un lugar medio ridículo, así que la confieso entera.
Resulta que en mayo, en paralelo, escribí —con un modelo, por supuesto, no podía ser de otra manera— un paper que se llama The Babel Objection, sobre esta misma encíclica. El argumento, en chileno: Magnifica Humanitas no bendice lo que ando haciendo, lo objeta, y lo objeta mejor que nadie. La objeción de Babel. Y la parte más honesta del paper, la que me costó escribir, es lo que ahí llamamos el instrumento permeado: que uno no puede auditar las distorsiones de la herramienta desde adentro de la herramienta. Que cuando pienso a través de un modelo, su arquitectura decide qué se ve, qué se destaca y qué se levanta, en formas que son invisibles desde dentro de la conversación.
¿Les suena? Es, exactamente, mi coda de hace unos párrafos. El pez que no puede describir el agua. Salvo que ahora la cosa se puso recursiva hasta el mareo: un paper coescrito con una IA, sobre si se puede extraer la estructura de una tradición religiosa para alinear IA, objetado por un Papa que teme que reduzcamos el misterio de la persona a datos, y cuya única respuesta decente es admitir que el instrumento no se puede auditar a sí mismo y que hay que salir a buscar un auditor externo. Un pez que escribió un paper sobre el agua, en coautoría con el agua.
Una cosa más, porque mi propio paper me obliga a marcarlo. Lo que acabo de hacer en esta postdata —tomar el diagnóstico de León XIV sobre Babel y usarlo para apuntalar mis volás sobre embeddings y homeostasis— es exactamente lo que en el paper llamamos apropiación, no reducción. Me llevo la estructura y dejo el piso. Me quedo con el diagnóstico y le devuelvo la salvación, la gracia, la comunión, que es justo lo que a él le da sentido a todo lo demás. ¿Es legítimo? Tal vez. Lo único que puedo hacer, según mi propia regla, es decirlo en voz alta: lo que dejo afuera no es ruido. Es la parte que, en el mundo del Papa, le daba la fuerza a lo que yo me llevé.
Babel o Jerusalén (y si me daría cuenta de la diferencia)
La encíclica no plantea la pregunta como sí o no a la tecnología. La plantea como Babel o Jerusalén. Babel: el lenguaje único, la homogeneización, la persona sacrificada en el altar de la eficiencia. Jerusalén: Nehemías reconstruyendo las murallas no desde arriba, sino repartiendo a cada familia un tramo, escuchando los temores, coordinando, peleando con las oposiciones. Comunión sin uniformidad. Trabajo distribuido, humilde, con roce.
Si lo traduzco a mi idioma: Babel es el campo plano, la alteridad dócil, el almanaque que me vuelve legible. Jerusalén es la fricción, el límite, el cuerpo, la conversación que cuesta, el tramo de muralla que me toca a mí y que nadie puede levantar por mí sin que deje de ser mío. El Papa llega ahí desde la silla de la criatura, razonando hacia arriba, hacia un Dios que no eligió. Yo llego desde la otra silla, la del creador, diseñando mi propia obsolescencia con una agencia de publicidad que corre sola en mi computador. Dos sillas opuestas, el mismo umbral.
Marty, al final, volvió a aparecer en la foto tocando Johnny B. Goode: una canción que en esa línea de tiempo todavía no existía, pero que él se sabía de memoria porque venía del futuro. Una jugada vieja en el momento exacto. Nehemías también reconstruyó con piedras viejas. Y tal vez —tal vez— la única jugada que el almanaque no tiene fichada no sea una jugada nueva, sino una antigua: el cuidado, el límite, la fricción, escucharse escribiendo, levantar el tramo de muralla que me toca aunque me salga torcido.
No estoy fundando una religión. Esta vez, además, el Papa llegó primero.
La pregunta con la que cerré sigue abierta, pero ahora tiene una hermana más fea: si de verdad voy a tener que elegir entre Babel y Jerusalén, ¿voy a tener, desde adentro del espacio de embeddings que ya me modela, la fricción suficiente para notar siquiera que estoy eligiendo? ¿O el almanaque me va a entregar la elección ya tomada, prolijita, sin roce, justo a tiempo, y yo la voy a recibir creyendo que se me ocurrió a mí?
No tengo idea. Pero, otra vez, me escuché un poco mejor preguntándolo. Que igual es lo único que sé hacer con las manos todavía enteras.
Fuentes
- León XIV, Magnifica Humanitas — encíclica sobre la persona y la inteligencia artificial (15 de mayo de 2026): texto en el Vaticano, cobertura en Vatican News y texto completo en ACI Prensa.
- Rylan Schaeffer, Brando Miranda, Sanmi Koyejo, Are Emergent Abilities of Large Language Models a Mirage? — arXiv:2304.15004.
- Ensayo escrito en conjunto con Claude Opus 4.8, Gemini 3.5 Flash y mi skill /tgdoppelganger.