Saltar al contenido
13 min read

Budismo y el camino medio en la Gestión de las Organizaciones

El camino medio, según el budismo, es una vía que evita los extremos de la autoindulgencia y la autonegación. En la gestión de organizaciones, esto se traduce en encontrar un equilibrio entre el crecimiento y la sustentabilidad, la velocidad y la calidad, el control y la autonomía.

Budismo y el camino medio en la Gestión de las Organizaciones

Siddhartha Gautama casi muere de hambre.

Esto no suele aparecer en los libros de management que citan al budismo. Pero es, tal vez, la parte más importante de la historia. Antes de sentarse bajo el árbol de Bodhi y alcanzar la iluminación, el príncipe que lo tenía todo pasó seis años reduciendo su ingesta hasta sobrevivir con una nuez y una hoja verde por día. Se convirtió, literalmente, en un esqueleto. Un día fue a bañarse al río y estuvo a punto de ahogarse. Estaba tan débil que una joven aldeana llamada Sujata tuvo que ofrecerle un tazón de arroz con leche y miel para que no se muriera ahí mismo.

(Imaginen al CEO de una startup después de su tercer pivot fallido, aceptando por fin un café de la recepcionista. No es tan distinto.)

De esa experiencia — no de la meditación, no del palacio, no de los maestros — nació el Camino Medio. De haber llevado el cuerpo al borde de la destrucción y haber entendido, con esa claridad que solo da casi morirse, que ni el exceso ni la privación conducen a ninguna parte.

Y acá es donde se pone interesante para quienes gestionamos organizaciones.

1. El toggle switch que no existe

Me carga la lógica binaria en la gestión. Me carga porque llevo años viéndola operar como si fuera una ley natural y no lo que realmente es: una limitación cognitiva disfrazada de estrategia.

Control o autonomía. Crecimiento o sustentabilidad. Resultados o bienestar. Velocidad o calidad. Agile o waterfall. Centralizar o descentralizar.

Hace unos años, en una reunión de directorio donde el café ya estaba frío y las diapositivas llevaban cuarenta minutos de “alineamiento estratégico” (porque todo tiene que estar alineado, como si la organización fuera una columna vertebral y no un ecosistema), un gerente general dijo: “Necesitamos ser más ágiles, pero sin perder el control.”

Lo dijo con esa convicción de quien cree estar enunciando un insight original.

No obstante, eso mismo venía diciendo Siddhartha Gautama unos dos mil quinientos años antes. Con bastante menos PowerPoint, claro. Y con la ventaja de haberlo aprendido casi muriéndose.

El Camino Medio — Majjhima Patipada, si uno quiere ponerse técnico (y a mí, seamos honestos, me encanta ponerme técnico cuando no corresponde) — no es un punto intermedio entre dos extremos. Eso sería tibieza con nombre exótico. Es algo más radical: un rechazo a la estructura misma de la pregunta. Cuando alguien te dice “¿priorizamos velocidad o calidad?”, la respuesta budista no es “un poco de cada una”. Es: “¿por qué asumes que son opuestas?”

Y esa pregunta, que parece inocente, desarma el 80% de las discusiones estratégicas que he presenciado en mi vida.

Así de simple.

2. Schumacher y la economía del no-más

En 1955, un economista británico-alemán llamado E.F. Schumacher viajó a Birmania como consultor del Primer Ministro U Nu. Ahí se juntó con monjes budistas. Y de esas conversaciones — que imagino infinitamente más interesantes que cualquier retiro corporativo en un hotel cinco estrellas — nació el ensayo “Buddhist Economics”, publicado en 1966 y luego empaquetado en su clásico “Small is Beautiful”.

La tesis central era casi ofensivamente simple: una economía sana debería buscar el máximo bienestar con el mínimo consumo.

No el mínimo esfuerzo. El mínimo consumo.

La diferencia es abismal. El mínimo esfuerzo es flojera disfrazada de eficiencia. El mínimo consumo es sabiduría disfrazada de frugalidad. Schumacher estaba sugiriendo que la obsesión con maximizar — maximizar producción, maximizar eficiencia, maximizar shareholder value, maximizar todo lo maximizable — es, en términos budistas, una forma de apego. Y el apego, como cualquier meditador de fin de semana que pagó treinta dólares por una app sabe, es la raíz del sufrimiento.

Aplicado a la gestión: la organización que maximiza una sola variable inevitablemente genera sufrimiento en todas las dimensiones que decidió ignorar. El área de ventas que celebra sus números mientras operaciones colapsa no está teniendo éxito; está acumulando karma organizacional que eventualmente la alcanzará.

(Karma acá no en el sentido new age de “el universo te devolverá lo que das”. Karma en el sentido estrictamente budista de: cada acción tiene consecuencias, y las consecuencias no piden permiso.)

Yvon Chouinard, el fundador de Patagonia, parece haber entendido esto de manera casi intuitiva. Se describe a sí mismo como “un budista al respecto de todo esto”, y decidió que su empresa crecería solo al ritmo que pudiera sostener durante cien años. Cien años. No el próximo quarter. No el próximo IPO. Cien años. Tituló su libro “Let My People Go Surfing” y lo presentó como un manual filosófico, no como un libro de management.

Tal vez la diferencia es esa.

3. El Camino Medio no es el camino tibio

Acá hay un malentendido que necesito despejar antes de seguir, porque si no lo hago, todo lo que escriba después se va a leer como una apología de la mediocridad con incienso.

El Camino Medio no es la mediocridad dorada. No es “hagamos un poquito de todo y no nos comprometamos con nada.” Eso no es budismo. Eso es gestión por comité.

Hay una resonancia profunda acá con algo que nuestro Humberto Maturana planteaba desde la biología. Su concepto de autopoiesis — esa capacidad de los sistemas vivos de producirse y mantenerse a sí mismos — implica que un organismo sano no elige entre estabilidad y cambio. Los integra. Un sistema autopoiético mantiene su organización precisamente a través de la transformación continua de sus componentes. Si deja de cambiar, muere. Si cambia su organización fundamental, también muere.

(Maturana, por cierto, insistía en que jamás usaría el concepto de “auto-organización”. Porque si la organización de algo cambia, la cosa cambia. Un detalle que a los consultores de “transformación organizacional” les vendría bien meditar un rato. Sin app.)

La cuestión es que el Camino Medio, al igual que la autopoiesis, no es un punto en un continuo. Es la disolución del continuo mismo. Las polaridades que usamos para gestionar — y con las que alimentamos decenas de frameworks con acrónimos de cuatro letras — son construcciones útiles para pensar, pero peligrosas para actuar.

Es como el Principio de Incertidumbre, pero para gerentes: en el momento en que fijas una variable, pierdes de vista la otra. Y si intentas medir ambas al mismo tiempo, el acto mismo de medirlas las distorsiona.

4. McMindfulness, o cuando Buda entra a la oficina y le piden un KPI

Ahora, antes de que esto suene a apología del budismo corporativo, necesito dar la lata con algo incómodo. Porque habemos algunos que cada vez que vemos una tradición milenaria entrar al mundo corporativo, nos sale un tic en el ojo.

En las últimas dos décadas, el mindfulness se convirtió en el arma secreta del management. Google tiene su programa “Search Inside Yourself” (que suena a algo que diría Morpheus en The Matrix, pero lo dice un ingeniero de Mountain View cobrando stock options). Ray Dalio, el fundador de Bridgewater Associates, lleva practicando Meditación Trascendental desde 1969 y la describe como “probablemente la razón más importante de cualquier éxito que haya tenido.” Llegó a ofrecerla a 700 de sus empleados. En una empresa que él mismo describe como “un Navy SEALs intelectual.”

Pensándolo bien, hay algo perturbador en esa combinación. Meditación trascendental para empleados sometidos a un régimen de transparencia radical y presión extrema. Es como darle un masaje a alguien mientras le aprietas el cuello. La ecuanimidad como herramienta de supervivencia en un entorno diseñado para quebrarte.

Ronald Purser lo llamó McMindfulness. La comparación con McDonalds no es casual: comida rápida espiritual. Versión descafeinada de la meditación, diseñada no para liberar al individuo de sus ataduras, sino para hacerlo más resistente a entornos laborales que, por su propia estructura, generan ansiedad. En vez de cuestionar por qué el trabajo enferma, le enseñamos a la gente a respirar mejor para tolerar la enfermedad. La responsabilidad del bienestar se transfiere enteramente al individuo.

Si estás estresado, medita más. Si estás quemado, descarga una app. Si la organización te tritura, el problema es tu falta de resiliencia.

Byung-Chul Han lo articula con esa precisión suya que da un poco de escalofrío. En “La Sociedad del Cansancio”, describe cómo hemos pasado de una sociedad disciplinaria a una sociedad del rendimiento. Ya no necesitamos un jefe que nos explote: nos auto-explotamos con entusiasmo, porque la auto-explotación viene acompañada de una sensación engañosa de libertad. “La violencia de la positividad no priva, satura; no excluye, agota.”

(Han, por cierto, publicó “La Filosofía del Budismo Zen” bastante temprano en su carrera. No es un turista del tema. Lo que hace su crítica aún más incisiva: conoce la tradición y sabe exactamente cómo se la está vaciando.)

Y acá está la paradoja que me desvela. El budismo genuino diagnostica exactamente el problema que Han describe. El apego al logro, la ilusión del yo separado, la confusión entre actividad y propósito — todo eso tiene un nombre en pali: dukkha. No “sufrimiento” en el sentido dramático de la palabra, sino algo más sutil y más devastador: insatisfacción crónica. La incapacidad de las cosas condicionadas de darnos felicidad duradera. Viparinama-dukkha: la frustración que aparece cuando lo placentero cambia a lo desagradable. Que es, básicamente, la descripción técnica de lo que siente un equipo cuando le cambian la estrategia por tercera vez en el año.

No obstante, cuando el budismo entra en la empresa, se lo despoja de su filo crítico. Se queda la técnica (respirar, estar presente) y se descarta la ética (cuestionar qué estamos haciendo y por qué).

Es como tomar un bisturí y usarlo para untar mantequilla.

5. El arroz con leche de Sujata

La historia de Sujata — la aldeana que le ofreció arroz con leche a un Siddhartha esquelético — es más que una anécdota biográfica. Es el momento fundacional del Camino Medio. Siddhartha había vivido ambos extremos: el palacio y el ayuno. Y lo que descubrió no fue un punto intermedio entre los dos (un ayuno moderado, una abundancia controlada), sino que ambos extremos compartían la misma estructura: el apego a una idea fija de cómo deberían ser las cosas.

A mi juicio, ahí está la lección más profunda para la gestión. No se trata de encontrar el equilibrio entre dos fuerzas opuestas. Se trata de soltar la necesidad de que sean opuestas.

La eterna guerra entre agile y waterfall, por ejemplo. La industria del software lleva décadas tratando esto como una disputa religiosa. Los agilistas miran al waterfall como una reliquia autoritaria. Los waterfallers miran al agile como el caos organizado de gente que no quiere planificar. Y la realidad — como suele pasar con las realidades que no caben en un slide — es que la mayoría de los proyectos exitosos operan en un espacio que no es ni uno ni otro.

El Camino Medio aplicado acá no dice “haz un híbrido.” Dice algo más profundo: examina la naturaleza de tu proyecto, de tu equipo, de tu contexto, y abandona la necesidad de definirte dentro de una categoría. Usa planificación predictiva donde hay certeza. Usa ejecución adaptativa donde hay aprendizaje y cambio. No porque estés mezclando dos metodologías, sino porque nunca fueron dos cosas separadas.

La rigidez no está en la metodología. Está en la mente que necesita elegir un bando.

(Es curioso que uno de los principios del Manifiesto Agile sea “responder al cambio sobre seguir un plan.” Buda habría firmado ese manifiesto. Aunque probablemente habría tachado el “sobre” y escrito “sin crear una falsa oposición entre ambos.” Y después se habría ido a meditar bajo un árbol, que es básicamente lo que hacemos todos cuando la daily se extiende más de quince minutos.)

6. Tres cosas (con perdón de Buda)

El Dalai Lama, en “La Senda del Líder” — un libro que escribió con el consultor Laurens van den Muyzenberg después de una década de conversaciones —, propone tres principios para la toma de decisiones: origen dependiente, interdependencia e impermanencia.

Dicho de otra manera:

Nada surge de la nada. La obsesión gerencial con encontrar “la causa raíz” de un problema es, paradójicamente, anti-budista. Las causas son múltiples, interconectadas, y muchas veces circulares. El bug no está en el código. Está en la especificación que nadie leyó porque la escribió alguien que no habló con el usuario porque el usuario estaba en otro timezone porque la empresa decidió contratar offshore porque alguien en finanzas optimizó una variable.

No existen departamentos aislados, como no existen individuos aislados. Maturana lo diría con lenguaje biológico: no hay células independientes, hay organismos. Y cuando una célula decide maximizar su propio crecimiento sin considerar al organismo, eso tiene un nombre médico bastante preciso.

Todo es temporal. Toda estrategia, toda estructura, todo modelo de negocio. No porque haya fracasado, sino porque ésa es la naturaleza de las cosas. Cerati cantaba “Sé que Dios es bipolar” en “Fuerza Natural” — esa aceptación de que la dualidad no es un error del sistema sino su condición de posibilidad. Las organizaciones que se aferran a lo que funcionó ayer están practicando una forma de apego que el budismo diagnosticaría como la raíz de su futuro sufrimiento.

¿Y entonces, qué?

Me gustaría cerrar con una certeza, pero eso sería traicionar todo lo que acabo de escribir.

Lo que sé es que las organizaciones están atrapadas en una forma de dukkha que el budismo diagnosticó hace milenios: la insatisfacción crónica que surge de buscar permanencia en lo impermanente, control en lo incontrolable, y un yo sólido donde solo hay procesos interdependientes. Cada reorganización, cada nuevo framework, cada “transformación digital” es, en algún sentido, un intento de resolver esa insatisfacción agregando más. Más estructura. Más procesos. Más dashboards. Más meditación corporativa para tolerar todo lo anterior.

Lo que no sé es si el budismo puede ayudar a resolverlo sin ser cooptado en el intento. Cada vez que una tradición contemplativa entra en contacto con el capitalismo, el capitalismo tiende a digerirla, quedarse con las técnicas y excretar la ética. Pasó con el yoga (que ahora es básicamente ropa deportiva cara). Pasó con el mindfulness (que ahora es básicamente una feature de Apple Watch). Y tal vez — tal vez — la pregunta no es cómo aplicar el budismo a la gestión, sino si la gestión está dispuesta a dejarse transformar por el budismo.

Eso implicaría, entre otras cosas, cuestionar la premisa fundamental de que una organización existe para maximizar algo.

Tal vez existe para equilibrar. Para sostener tensiones sin resolverlas. Para estar presente en la complejidad sin reducirla a un slide con tres bullet points y un call to action.

O tal vez estoy romantizando una tradición de 2500 años para evitar la incomodidad de admitir que no tengo idea de cómo se gestiona bien una organización.

(Que probablemente es el primer paso para aprenderlo.)