Somos, la mayoría, unos cobardes. Pero…

Volví a caer, en mi fondo. Sin encontrar respuestas. Teniendo más incertidumbres que preguntas. Me he paseado por los lugares más inhóspitos de mi mente, para darme cuenta de que es esa la que escucha, pero también la que hiere.

He sido testigo de mis malas decisiones y de mis cuestionamientos infinitos ante la fealdad de mi yo interno. Me ha sido imposible trascenderme y todo esto, porque pensé que la única solución a todo aquello que nos estás pasando es… quedarse sin vida.

Envuelto en una suerte de historia romántica sobre el devenir del universo y la fantasía de ser un héroe; no encontré un argumento más potente para llevar a cabo el termino de mi antigua vida, que una pandemia.

Al escribirlo, me hace sentir como si este minuto exacto ya hubiese transcurrido años atrás. En el silencio de mi soledad. Tantas ideas extrañas y pasajeras que no han dado fruto, pero otras han castigado mi paz, creyendo en un futuro feliz que tampoco existió.

Brindando por el lujo de tener que comer y beber, donde dormir y fijandome en esa mierda de felicidad de las redes sociales, he tergiversado mi apariencia y mis actos, como un puto actor de teleserie.

Miro a la cámara y sonrío, creyéndome el personaje principal de una historia que transcurre fuera de mí. Sin prestigio ni sapiencia. Para luego, volver a mi hogar, saludar a mi señora y mi perra y seguir adelante. Día tras día, sin mediar consuelo y sin prever lo que vendría.

He comido bastante en restaurantes, he viajado con mi familia y he conocido lugares preciosos. Todo con dinero de la explotación y las manipulaciones mundanas del empresariado con tal de sentirse mejor consigo mismo. Y, a la vez, yo por mi parte, transformándome en un cínico sin perdón.

Desde pequeño soñé con ser famoso y parecerme a los animadores de la televisión. Todo por el aplauso y el reconocimientos de la gente. Sin ello, pareciera que no existo.

Del camino blanco sin calles ni edificios; ese espacio en la matrix donde todo es potencialidad, pero básicamente, no hay nada. Es un software. Un espacio en el computador. Sin sentido y desprovisto de alma.

Mi andar en el ultimo tiempo ha sido así. Vacío. Trabajo sin trabajar. Amo sin amar. Como sin comer. Porque no estoy presente. Y eso de ir un día a la vez, lamentablemente, no funciona en mi actual cotidianidad.

Existe una rabia individual. Algo así como un constante influjo de tensión y furia hacia mi mismo. Me encuentro, a veces, una mierda y otras un genio. No tengo matices y mi olvide del arcano catorce. La templanza.

Respiro poco y me doy cuenta que constantemente me estoy ahogando. Triturando mis pulmones con vaporizadores y humo de marihuana combustionando en una pipa de Pyrex.

No soy un villano, pero tampoco un héroe. Soy uno más de los tantos que pensamos en que la vida no tiene mayor sentido que este; respirar.

Todo lo que pasa a nuestro alrededor está completamente, fuera de nuestro control. Tenemos la posibilidad de influenciar nuestro devenir, pero la verdad es que no sabemos nada.

La ciencia nos nubla con estadísticas, las redes sociales con la mentira y las fake news. Los gobiernos nos manipulan para hacerle justicia a los poderosos y la elite. Y todo eso, como condición de vivir mejor. Pero, ¿qué significa vivir mejor?

Esta ha sido la promesa desde mediados de los sesenta en el mundo. Después de que llegó la televisión y se empezaron a disparar las balas de la injusticia en la guerra de Vietnam.

El despertar de los años sesenta, dicen que no fue más que una excusa para consumir drogas y escuchar música. Muchos, hicieron algo más que eso. Sin embargo, todo se perdió entre los presupuestos para “la guerra contra las drogas” y la censura de la iglesia católica.

Luego, las dictaduras de Latinoamérica comenzaron a horadar la fascinante idea de que todos éramos iguales. ¡Los humanos perdimos!

En Chile, cerca de 47 años después de la dictadura, seguimos eligiendo imbéciles para que nos gobiernen. Porque esperamos que la economía y el sistema nos levante de nuestra tumba desprovista de ideales y llena de dogmas.

Se acabo la verdad y llegó la pos verdad. Todo parece líquido. Pero no en la lógica de aquello maleable que ocupa el recipiente que lo contiene, se adapta. Sino más bien, en una triste e incesante sensación de falta de control

Nos transformamos en líquido, pero hemos destruido los cimientos de nuestra humanidad y eso, nos tiene luchando unos con otros. Odiándonos, y ahora en medio de una pandemia, desconfiando de todo aquello que hemos construido.

Tal vez, si asumiéramos nuestra sombra y lucháramos por ponerla a vista y paciencia de todos, podríamos dejar de juzgarnos y predicar con el ejemplo. No obstante, colgamos nuestros premios y “virtudes” en marcos virtuales y relatamos nuestros logros como trozos inconexos de una bitácora incompleta. Porque nada nos representa y todos nos impacienta.

La verdad es que estas casi mil palabras, no son más que un juego para mi ego. Porque escribir prefiero, en vez de seguir leyendo imbéciles que como yo creen que van a cambiar el mundo por decir lo que piensan, en vez de hacer una vez por todas aquello que sueñan y no hacen por miedo a que no los quieran.

Somos, la mayoría, unos cobardes. Pero… miremos hacia adentro; aprovechemos este tiempo para cultivar nuestra Budeidad. Porque, a pesar de que deje de creer, confío en que en dicho adentro se encuentra el coraje que necesitamos para salir de esta y de aquellas que vendrán.