¿Cómo armar una sociedad?

Nos juntábamos cinco días a la semana y descansábamos uno. Porque nuestras semanas solo tenían seis días.

Compartíamos valientes discusiones sobre nuestros objetivos y visiones. Desaparecimos del mapa por cinco años y un día. Y salimos, con lo que creíamos era la idea perfecta.
Lo que nunca supimos, ni quisimos ver, era lo que necesitaba y quería el resto.
Levantábamos el dedo del medio para mencionar nuestro descontento. Tirábamos y tirábamos escupitajos a las modestas estatuas del “sistema”.

Fuimos reyes sin guarida y profetas en nuestra propia tierra, y no quisimos alcanzar nuestra más alta cumbre.
Sucumbimos ante la rabia. La empatía sospechó de nosotros. Barrimos con el teatro de lo absurdo y observamos desde lejos la desaparición de nuestra especie.

¿Cuánto pudimos hacer nosotros? ¿Cuánto, hiciste tú?

Creamos un concepto. Sustituimos lo uniforme por lo simple y lo auténtico. Disfrazamos de poetas a delincuentes y sin quererlo, eternizamos nuestras mentiras en mundos virtuales.
Hasta acá, nada nuevo aparece. El llano.

En algunos momentos nos quedamos sin ideas. Pero las interrupciones del bullicio nos conectaron con la forma.
Creamos una ciencia para entender cómo asignar nuestros recursos. Asumiendo que eran nuestros.

Definimos los axiomas de un método para calcular cifras. Y postergamos la ilusión de compartir.
Todo se fija como una baranda en la escalera.

Debimos partir por hablar de nosotros. Y dejar de pintar las paredes con tintas, mediante utensilios. Recolectamos y plantamos nuestras expectativas y le dimos color a la esperanza.

Supimos que necesitábamos una nueva fuente de energía.